Guerra De Sucesión De Austria

Esta designación del conflicto que estalló a fines del año 1740 es ya tradicional, aunque parcialmente impropia. El emperador Carlos VI había logrado en el transcurso de las décadas anteriores que se reconociera por parte de las mayores potencias la legítima sucesión de su hija María Teresa al trono de los Habsburgo. A su muerte (26 de octubre de 1740) no hubo tanto una contestación a los derechos dinásticos de la soberana como, más bien, el planteamiento hecho por varios estados de pretensiones sobre este o aquel territorio que ella heredaría de modo pacífico. El auténtico golpe de efecto lo dio el rey de Prusia que, sin justificaciones objetivas, dio un ultimátum a María Teresa para que le cediese Silesia (que no le había pertenecido nunca). Habiendo hecho entrar sus tropas en aquella región, el más desaprensivo Federico II, que acababa de suceder a su padre Federico Guillermo I, osó afirmar que a cambio de la conquista de Silesia daría su apoyo a la candidatura de Francisco, marido de María Teresa, al cargo imperial. Federico II daría otras pruebas de su proceder exento de escrúpulos, además de atrevido y no obstante muy hábil. En el interior de su país, el soberano prusiano, supo incrementar los vínculos con los Junker, a quienes reservó los máximos cargos de la administración civil, además del monopolio de la designación de cargos en el cuerpo de oficiales del ejército. Estaba convencido de que el sentido del honor se podía encontrar sólo en la nobleza feudal, con exclusión de la burguesía. Así, aceptaría a oficiales no aristócratas sólo cuando se viera obligado a ello por las peripecias acaecidas durante la siguiente guerra de los Siete Años. Esta prioridad a los aparatos militares y a los privilegios de la nobleza fue una fuerte rémora para una política de reformas liberales y cambios sociales efectivos. Ero el astuto monarca supo crearse en la opinión pública una aureola de soberano ilustrado, manifestando su simpatía por los filósofos franceses, que apoyaron su causa. Más adecuado era el juicio de su contemporáneo y súbdito Joachim Winckelmann (U 1768), cuando deploraba que toda Prusia no fuera más que una guarnición o cuartel. No obstante, la elite prusiana resultó partidaria del sistema de gobierno de su rey y la burguesía, bastante menos favorecida, también obtuvo sus beneficios especialmente en el campo de la industria y el comercio.

Las auténticas operaciones militares se iniciaron en la primavera de 1741 en el territorio de Silesia, donde los prusianos tuvieron la buena suerte de conseguir una clarísima victoria en Molwitz, cerca de Breslau (5 de abril) y que contribuyó a dar cuerpo a una alianza entre Federico II y Francia estipulada en la localidad bávara de Ninfeburg (mayo de 1741). Un ejército al mando del mariscal Belle-Isle, jefe aristócrata del partido intervensionista y armamentista francés, fue enviado a Alemania y en noviembre llegó hasta Praga. Entretanto el rey de Prusia, que se había asegurado también el apoyo de Baviera, de Sajonia y de España, firmó el 9 de octubre del mismo año la tregua de Klein-Schellendorf con Austria, a cambio de la promesa de poseer la Baja Silesia. Al año siguiente firmó con María Teresa el tratado de Berlín (28 de julio de 1742), con el a pesar suyo la soberana consintió en ceder toda Silesia.

La iniciativa de Federico II había puesto en movimiento casi todo el engranaje de las relaciones intereuropeas. Aunque se confirmaba el antagonismo continental entre los Habsburgo y los Borbones de Francia y España, no surgía menos la rivalidad de estos últimos países con Inglaterra. Caído el gabinete del whig Robert Walpole en febrero de 1742, Inglaterra de alineó a favor de María Teresa, para poder intensificar sus acciones contra España y en particular contra sus colonias americanas. Francia, para tener en el trono alemán a un hombre fiel, se alineó a favor de la elección del Elector de Baviera Carlos Alberto. Éste, después de entrar con sus fuerzas en Bohemia, se hizo coronar allí rey y luego fue investido con la dignidad imperial en Frankfurt con el nombre de Carlos VII (enero de 1742).

La guerra se convirtió en un enfrentamiento entre Inglaterra y Austria por un lado, y las potencias borbónicas por otro. Las fuerzas francesas no lograron mantenerse por mucho tiempo en Praga y la tuvieron que abandonar en enero de 1743, donde no tardaron en volver a entrar las tropas de María Teresa. En septiembre del mismo año, el rey de Cerdeña Carlos Manuel III intentó aprovechar las dificultades de la soberana aliándose con ella —tratado de Worms— pero obteniendo la cesión de una parte del Milanesado, al oeste del Ticino. Así, las operaciones se extendieron a Italia con una ataque de las fuerzas borbónicas a Saboya y su entrada en Chambéry. A pesar de la ayuda de Génova, el intento de las tropas francoespañolas de penetrar en el valle del Po no tuvo éxito y fueron los austriacos quienes llegaron hasta Liguria y Niza.

Estrechadas más la relaciones entre los Borbones de España y Francia en octubre de 1743 mediante el primer «pacto de familia», firmado en Fontainebleau, el conflicto europeo se reanudó en 1744 cuando los franceses se propusieron como primer objetivo los Países Bajos austriacos y se apoderaron de Cambrai, Ypres y otras localidades, pero en junio se encontraron con el cuerpo de expedición inglesa y fueron derrotados en Dettingen. Fue inútil el intento de desembarcar en Inglaterra, bastó un tempestad para destruir la flota preparada. Pasado el verano, el ejército austriaco al mando de Carlos de Lorena, cuñado de María Teresa, penetró en Alsacia y llegó hasta Lorena. Los franceses intentaron entonces una atrevida maniobra de rodeo, haciendo desembarcar en Escocia a Carlos Eduardo Estuardo que, con el apoyo de muchos escoceses, se apoderó de Edimburgo y proclamó rey a su propio padre Jacobo VII. Habiendo logrado derrotar en Preston-Pan a las tropas procedentes de Londres ocupó inmediatamente Manchester. No obstante, abandonado por los franceses, su tentativa fracasó el 27 de abril de 1745 en Culloden (Escocia) donde fue claramente derrotado.

En cambio, en el frente flamenco Francia logró resarcirse ampliamente, después de dar el mando de sus tropas al mariscal Mauricio de Sajonia que el 11 de mayo de 1745 desbarató por primera vez en Fontenoy al ejército angloholandés mandado por el duque de Cumberland y cerró los caminos de Flandes y de Bruselas. El 11 de octubre de 1746, consiguió una nueva victoria en Rocoux, otra vez contra los angloholandeses a los que se habían unido las tropas austriacas capitaneadas por Carlos de Lorena. Finalmente, el mariscal sajón venció de nuevo a sus adversarios guiados por el duque de Cumberland cerca de Maastricht, en julio de 1747.

Hacía poco se habían iniciado los tratados de paz entre los contendientes. Desde diciembre de 1745 se había firmado, por mediación inglesa, el tratado de Dresden entre Federico II y el Elector de Sajonia, soberano de Polonia. El rey de Prusia había persuadido a los británicos para que le reconocieran la posesión de Silesia y consiguió que Inglaterra no apoyase financieramente a María Teresa si ésta se obstinaba en recuperarla. Al firmar el tratado de Dresden, la soberana renunciaba definitivamente a su territorio. La paz general fue firmada el 28 de octubre de 1748 en Aquisgrán. Todos reconocieron como emperador a Francisco de Lorena, elegido ya oficialmente en Frankfurt en 1745 tras la muerte de Carlos VII. María Teresa renunció a Parma y Piacenza que, junto con el principado de Guastalla, pasaron al infante Felipe de Borbón, hermano del rey de España.

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