Heidegger: proyecto de una fenomenología hermenéutica

En el capítulo V de Ser y tiempo, Heidegger propone su primera visión hermenéutica en forma de círculo, mediante un análisis existencial y ontológico del ser humano que sitúa la labor interpretadora en un plano previo al puramente psicológico. La ontología del ser humano intenta dilucidar el fenómeno de la totalidad de la naturaleza en el contexto de ser-en-el-mundo.

Desde la perspectiva de dicha totalidad es entendida la categoría heideggeriana de la “pre-comprensión”, que es la que, a su vez, posibilita la “comprensión”.

El análisis de los constitutivos de la existencia (existenciarios) pasa por tres momentos. En el primero, se describen las primeras determinaciones del Dasein, es decir, del “ser-ahí” de la existencia humana. En el segundo, se establece su estructura indiferenciada, para en el tercero presentar las dos modalidades –auténtica e inauténtica– en que dicha estructura se ofrece. La temporalidad aparece, así, como resultado de este análisis.

El “estar-ahí” o “ser-en-el-mundo” de la existencia humana revelan una relación de “pre-ocupación” por los entes no humanos y una relación de “solicitud” por los entes humanos. El mundo se presenta, así, como el campo unificado de posibilidades del Dasein, al ser éste esencialmente un ser-con-otros. Por ello, su situación original queda constituida por una apertura a todas las cosas, entre las que la existencia está arrojada y le es impuesta al hombre. Esta comprensión es la fuente de todos los modos de conocer. Según esto, la interpretación o comprensión de la existencia humana supone su “poder ser”. O lo que es lo mismo, toda interpretación es un “proyecto” o “esbozo” sintético del futuro desarrollo de las posibilidades. Con lo cual, se hace patente la estructura circular de toda interpretación. En efecto, algo particular se nos muestra como particular si, de antemano, a manera de esbozo, estamos en posesión del sentido de una totalidad, de una globalidad universal dentro de la cual lo particular puede emerger en cuanto particular. La comprensión de lo individual depende de la comprensión previa de lo general. Y la comprensión pasa por la mediación de la comprensión de lo particular. La primera remite, reenvía, a la segunda, y ésta a la primera.

Al “estar abierto” a los otros seres y a la “comprensión” del Dasein” debe añadirse otro constitutivo, el de la “discursividad”. “Estar abierto” a los otros seres y “comprender interpretando” exigen ordenabilidad y articulación en sus elementos. Exigen “discursividad” que es, a su vez, fundamento de la expresión o palabra del lenguaje. Este es, pues, como “proposición” algo “derivado” del análisis de los constitutivos de la existencia humana.

El Dasein, antes de cobrar sus modalidades de “auténtico” o “inauténtico”, es indiferenciado. ¿Cómo se accede a la pérdida de esta indiferencia? Por medio de la angustia. La angustia pone de relieve tres datos: el sentimiento que embarga al hombre de ser existencia “arrojada” en el mundo; la posesión anticipada en sí de sus posibilidades de “ser”; y la caída, muerte o desaparición de esa existencia en la nada. El hombre, así, resulta un “ser para-la-muerte”. Contra el “se dice”, “se hace” del hombre masa –modalidad inauténtica–, el Dasein se manifiesta en la angustia de cara aun poder ser, arrancando del impersonal inauténtico, que es irreductiblemente bloqueado por la muerte. De esta manera, los tres éxtasis o momentos del tiempo: ayer, hoy y mañana –pasado, presente y futuro– se hacen explícitos en la actividad existencial guardando relación a las categorías de “ser arrojado en el mundo”, “posibilidad de ser” y “muerte”, configurando la teoría heideggeriana de la temporalidad.

En el segundo Heidegger, el centro de gravedad de su pensamiento se desplaza desde el hombre al “ser-en-sí”. Se da como una suerte de inversión en el problema. Ya no se trata, aquí, del “ser” que es entendido tomando como punto de partida al hombre sino, al contrario, de comprender al hombre desde el “ser”. El “ser” se revela como “presencia-ausencia” o “presencia-no presente” en el hombre. El sentido está constituido por el ser. Por ello, ni el mundo ni el hombre son ya proyección en el tiempo del poder ser humano, sino que son esencia proyectada de “ser”. Así, este es el acontecimiento original y fundante en el que el hombre está situado. El “ser” esencia mundanizándolos al hombre y a las cosas, ocultándose a la vez en ellos. Esta presencia ausente del “ser” va a concebirla Heidegger como un suceder lingüístico pensado histórico-ontológicamente.

Con esto llegamos al tercer Heidegger. El lenguaje, en cuanto tal, configura la esencia del lenguaje humano y lo condiciona en su expresividad. Y, por tanto, indirectamente en su interpretación o hermenéutica. Ser es “ser-lenguaje”. En consecuencia, los hombres y las cosas esenciados por el “ser” son su “dicción”. De este modo, si el hombre es tal por manifestar “lo que hay en él” –“ser”–, resulta que su “condición” existencial se transforma en una “con-dicción”. En un decir-con el “ser”. La iluminación del “ser” ocurre en el lenguaje y en el lenguaje se revela la “intelección del ser”. Por ello, en el hombre habla la voz del ser.

Nuestro mundo es siempre un mundo lingüístico. La totalidad de nuestro horizonte de intelección desde la que se comprende lo singular o particular y viceversa configuran el mundo lingüístico determinado del hombre. Por la apertura lingüística de este mundo, siempre histórico, y por su mediación lingüística, se hace posible la interpretación y, en definitiva, la intelección humana.

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