Jean Baudrillard

En una sociedad dominada por la producción, afirma Baudrillard, la diferencia entre valor de uso y valor de cambio tiene cierta importancia. Desde luego, durante algún tiempo, Marx pudo ofrecer una explicación relativamente plausible del crecimiento del capitalismo usando sólo estas categorías. El valor de uso de un objeto sería su utilidad, en términos marxistas, respecto a la satisfacción de ciertas necesidades; el valor de cambio, por otro lado, se referiría al valor de un producto en el mercado, el objeto medido con arreglo a su precio. El objeto del valor de cambio es lo que Marx denominó el objeto en forma de mercancía.

Partiendo de la reevaluación y crítica de la teoría económica del objeto en Marx, sobre todo en relación con el concepto de “valor de uso”, Baudrillard desarrolla la primera gran fase de su obra con una teoría de base semiótica sobre la producción y el objeto, que destaca el “valor de signo” de los objetos. En la segunda etapa, Baudrillard afirma que incluso el concepto de signo como vehículo de significado y contenido es demasiado reductivo. Por último, a partir de los años 70, sus escritos muestran que Baudrillard ha asumido las consecuencias, que él juzga radicales, de la omnipresencia del código en las sociedades de la modernidad reciente. El código se refiere, sin duda, a la informatización y la digitalización, pero también es fundamental en física, biología y otras ciencias naturales, donde permite una reproducción perfecta del objeto o situación; ésa es la razón de que el código permita dejar de lado lo real y abra paso a la “hiperrealidad”.

Para Baudrillard, la distinción que hace la economía política entre valor de uso y valor de cambio es muy limitada. Un objeto debe interpretarse asimismo como algo con un valor simbólico, irreductible al valor de uso o de cambio. Un regalo es un objeto de este tipo.

Pero incluso aunque se quiera aceptar la división entre objetos con valor de uso y objetos con valor de cambio, queda saber dónde hay que trazar exactamente la línea entre estas dos formas. Baudrillard afirma que hay que añadir a la categoría del objeto, el objeto simbólico y el objeto signo. A continuación afirma que hay que usar cuatro lógicas distintas:
  1. la lógica de las operaciones prácticas, que corresponde al valor de uso;
  2. la lógica de la equivalencia, que corresponde al valor de cambio;
  3. la lógica de la ambivalencia, que corresponde al intercambio simbólico; y
  4. la lógica de la diferencia, que corresponde al valor de signo. Estas lógicas pueden resumirse, respectivamente, como las de la utilidad, el mercado, el regalo y la condición. En las lógicas de la primera categoría, el objeto se convierte en instrumento, en la segunda, en mercancía, en la tercera, en símbolos, y en la cuarta, en signo.
Baudrillard intenta mostrar que ningún objeto existe aislado de los demás. Al contrario, su aspecto diferencial o relacional se vuelve crucial para entenderlos. Lo esencial de los objetos es su capacidad de significar una condición. En una sociedad de consumo, los objetos no se producen tanto para satisfacer una necesidad como para indicar una condición, y ello es posible sólo por la relación diferencial entre objetos. Por eso, en una sociedad plenamente de consumo, los objetos se convierten en signos y el ámbito de la necesidad queda muy atrás.

El objetivo de Baudrillard es dar un carácter problemático a la idea de la necesidad o la utilidad. Las necesidades, sugiere, sólo pueden sostenerse en una antropología del sujeto de base ideológica. Con frecuencia, ésta adopta una forma psicologicista (las necesidades como función de la naturaleza humana) o culturalista (las necesidades como función de la sociedad). La idea de que las necesidades primarias irreductibles exigen las actividades humanas pasa a ser un mito. El sujeto y el objeto no están vinculados por las cualidades eternas del primero, sino a través de la estructura inconsciente de las relaciones sociales. Los seres humanos no buscan la felicidad; no pretenden alcanzar la igualdad; el consumo no homogeneiza, sino que diferencia a través del sistema de signos. El modo de vida y los valores –y no la necesidad económica– constituyen la base de la vida social.

Baudrillard disminuye la distinción entre necesidades verdaderas y falsas, artificiales y reales. Lo que debe evitarse, explica Baudrillard, es una crítica del consumismo y el concepto de homo economicusa costa de un moralismo renovado.

Según Baudrillard, en el discurso del consumo, hay un antidiscurso: el discurso exaltado de la abundancia tiene, en todas partes, la réplica de una crítica de la sociedad de consumo, hasta el punto de que es frecuente que la publicidad haga parodias intencionadas de sí misma. Todo lo que es “anti” puede recuperarse; eso es lo que arrincona a Marx a una época ya pasada. La sociedad de consumo es también la sociedad de la denuncia del consumo.

Una preocupación central de Baudrillard es la conexión entre código y reproducción, una reproducción que es “original”. El código supone que el objeto producido no es una copia en el sentido aceptado del término, en el que la copia es copia de un original, de un objeto. Ahora, más bien, la diferencia entre copia y original es redundante.

En una época en la que el objeto natural ya no es creíble, el código ha otorgado a la simulación una importancia sin precedentes en la vida social. La simulación y los modelos son ejemplos de reproducción pura. Con respecto a la simulación, Baudrillard define tres tipos: el de la falsificación predominante en la era clásica del Renacimiento, el de la producción en la era industrial y la simulación de la época actual, regida por el código. Con el objeto falsificado, se hace evidente la diferencia con el objeto real o “natural”; en la producción industrial, se ve la diferencia entre el objeto y el proceso laboral; en la era de la simulación, lo esencial no es la producción sino la reproducción de objetos.

Desde el punto de vista de lo social, Baudrillard advierte que la era del código empieza a penetrar en todo el tejido social. Uno de los síntomas es que los opuestos empiezan a desaparecer y “todo se hace imposible de decidir”: lo bello y lo feo en la moda, la izquierda y la derecha en la política, lo verdadero y lo falso en los medios de comunicación; todo se vuelve intercambiable en la era de la reproducción y la simulación.

Baudrillard demuestra así que el sistema es un sistema cerrado con riesgo de implosión. La hiperrealidad borra la diferencia entre lo real y lo imaginario

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