La Guerra De Los Siete Años

El tratado de Aquisgrán, que había restablecido el status quo entre Francia en Inglaterra, se resolvió con una tregua seguida de un intenso cruce de iniciativas diplomáticas que prepararon un nuevo y más amplio conflicto.
No se puede poner en duda que con la innegable sed de dominio de Federico II vino a entrecruzarse la política expansionista de la zarina Isabel (1740-1762). Esta constatación es de gran relieve no solo por la progresiva inserción en sistema europeo de la potencia de los Romanov, sino también por el enfrentamiento que se manifestó entre sus aspiraciones y las de Prusia. Hacia los años 40 hubo una nueva fase de hostilidad entre Rusia y Suecia y que permitió a Isabel anexionar a Rusia una de las partes meridionales de Finlandia (tratado de Abo, agosto de 1743). Por la sucesión al trono de Suecia, en 1751, se tensaron las relaciones rusoprusianas. Federico II estaba de parte del hijo del rey difunto, marido de su hermana, mientras la zarina apoyaba al sobrino del monarca desaparecido. En septiembre de 1755, Isabel Romanov estipuló un tratado con Inglaterra cuya función era antiprusiana, comprometiéndose a pone en el campo de batalla un ejército que se financiaría con aportación británica.
La situación no era clara en el plano de las alineaciones internacionales, ya que cada estado intentaba protegerse de los demás aunque fuera con acuerdos contradictorios entre sí. El 1 de mayo de 1756, un tratado firmado en Versalles, por inspiración del canciller de María Teresa Wenzel Antón von Kaunitz, sancionó una notable aproximación entre Francia y Austria, prometiéndose cada una un apoyo militar de 24.000 hombres en caso de que una de ellas fuera atacada. Otro tratado firmado a comienzos de aquel año en Westminster, en virtud del cual Federico II garantizaba la integridad de Hannover a Inglaterra mientras ésta diera al rey su propio aval por la salvaguarda de todos sus territorios. Paradójicamente, este exceso de instrumentos diplomáticos cautelares impulsó hacia la guerra. A estos se unió otro en el que la zarina se comprometía a ayudar a María Teresa si ésta era atacada por Federico II.
Federico II marchó contra Augusto III. Elector de Sajonia y rey de Polonia, obligándole a ponerse a salvo en el campo atrincherado de Pirna y al cabo de un mes se vio obligado a capitular (15 de octubre de 1756) y a refugiarse en tierras sarmánticas, mientras gran parte de sus soldados se incorporaba a las filas del ejército vencedor. La acción de Federico podía aparecer como arriesgad pues se enfrentaba con Austria, Francia, Rusia y Suecia. Durante los años siguientes sus aliados ingleses se limitaron a permanecer a la defensiva en Hannover y ocupados en la gran competencia naval con los franceses, lucha marítima que se había reemprendido en 1756 y también en el Mediterráneo, cuando la escuadra de La Galissonière había derrotado a la del almirante Byng, obligándole a capitular en junio y ceder la base ocupada por los ingleses en el puerto de Mahón que fue restituida posteriormente a España por los franceses. En 1757, la marina británica efectuó un desembarco en la desembocadura del Carente y ocupó la isla de Aix. En 1758, la flota inglesa intentó un desembarco en Saint-Cast (Bretaña) pero fue rechazada, mientras que en 1759 derrotó a la flota francesa en Belle Île (Morbihan).
Estas operaciones navales no resultaron decisivas ni para las rivalidades coliniales anglofrancesas ni para la suerte de la guerra de los Siete Años, cuyas vicisitudes europeas afectaron esencialmente a los campos de batalla terrestres. Federico II supo valerse de las 670.000 libras que Inglaterra le pagó anualmente entre 1757 y 1761, dada la necesidad que tenía de ese dinero consciente que era su talón de Aquiles, recurrió a una estratagema financiera muy poco escrupulosa, aunque bastante rentable. Desde Breslau y Königsberg inundó el área polaca de moneda falsa, procurándose notables recursos. Por lo demás, el fin de la concesión del subsidio inglés en 1762 no sería la última de las razones que lo inducirían a entablar negociaciones de paz
El primer año de conflicto, 1757, resultó en parte decisivo y a favor de Federico que, maniobrando hábilmente, se reservó el éxito final. En Hannover las tropas inglesas fueron derrotadas por las francesas del duque de Richelieu, de modo que el duque de Cumberland fue obligado a capitular en Closterseven (septiembre de 1757). Poco después el cuerpo de expedición anglohannoveriano se puso bajo el mando de Fernando de Brunswick, quien no solo venció a los franceses en Crefeld, sino que también los obligó a retirarse hasta el Rin. Desde entonces, nada pasó en aquel frente hasta el final de la guerra. El epicentro de la lucha se halló desplazado hacia el este, donde inicialmente no sonrió la suerte al rey prusiano, atacado al mismo tiempo por los rusos, los suecos y los austriacos, estos últimos habían sido sitiados en Praga, pero la ayuda de refuerzos al mando del general Daum obligó a Federico II a abandonar Bohemia. A continuación las tropas de María Teresa ocuparon Sajonia, llegando a amenazar Berlín. Los suecos habían entrado en Pomerania y los rusos derrotaban a los prusianos en Gras-Iägersdorf. La contraofensiva de otoño de Federico dio un vuelco total a la situación. Los francoaustriacos mandados por el mariscal de Soubise y por el príncipe de Sajonia-Hidburghausen fueron sorprendidos en plena marcha y, el 5 de noviembre d e1757, fueron derrotados en Rossbach. La cabo de un mes Federico II atacó en Sajonia al prícipe Carlos de Lorena y lo venció en Leuhen, en las inmediaciones de Breslau.
La campaña siguiente, de 1758, resultó menos favorable al rey de Prusia, los suecos y los franceses se mantuvieron a la defensiva, Federico II pudo dirigirse, entonces, primero contra el ejército ruso que había puesto cerco a Cüstrin y lo derrotó en la sangrienta batalla de Zorndorf (25 de agosto), luego atacó a los austriacos. El éxito de la batalla de Hockirch (14 de octubre) fue bastante incierto. El condottiero imperial Daun pareció haber ganado, pero no fue capaz de sacar provecho de ello. Los momentos más duros para Federico se produjeron en 1759, cuando los rusos y los austriacos lograron unir sus fuerzas y vencerlo en Künesdorf el 12 de agosto.
El conflicto se prolongaba y conoció cierta fase de estancamiento, el rey de Prusia venció poco después en Liegnitz, logrando impedir que los austriacos se juntaran con sus aliados. En 1761 las vicisitudes se sucedieron de modo alterno, en diciembre los rusos acamparon en territorio prusiano y los imperiales ocupaban Silesia. El vuelco se produjo a partir de enero de 1762, cuando desapareció la zarina Isabel, la sucedió en el trono el gran duque Pedro de Holstein (Pedro III), sobrino de Federico II y admirador suyo. El nuevo soberano retiró su cuerpo armado y entabló negociaciones de paz, una paz firmada el 5 de mayo. El zar abandonó sus anteriores conquistas y prometió el apoyo de un contingente de veinte mil hombres. Al mismo tiempo se había decidido la paz entre prusianos y suecos. Hacia fines del mismo año Pedro III fue destronado por Catalina II que se declaró neutral. Con el tratado firmado en el castillo sajón de Hubertsburg el 15 de febrero de 1763, María Teresa tuvo que confirmarle otra vez la posesión de Silesia. No se pudo ver que beneficio había sacado el continente europeo de aquellos siete años de guerra, que en ultramar en cambio habían modificado tantas situaciones.

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