La Guerra De Los Treinta Años

El proceso de progresiva interdependencia entre los estados se intensificó en el siglo XVI, los intereses religiosos hicieron más fuerte el engranaje y más densa la cadena de acciones y reacciones en el XVII. La política exterior europea se impuso como un auténtico sistema autónomo, los soberanos actuaron cada vez menos por motivos personales y más a los intereses nacionales. Las guerras de religión en Francia y la insurrección antiespañola en los Países Bajos habían proporcionado largas décadas de paz al área alemana y a la italiana que ahora volvían a ser los tradicionales campos de batalla que fueron en la primera mitad del siglo XVI. Se reanudó la política de potencias, que ya no se detendría hasta mediados del siglo XX.
La reemprendió Enrique IV, promoviendo entre 1600 y 1601 una rápida campaña contra el estado saboyano. Apuñalado por Ravaillac el 14 de mayo de 1610, el rey francés no pudo levar a cabo, en el plano internacional, la obra de reconstrucción estatal que había proyectado con la ayuda de Sully y Laffemas. Con un príncipe de apenas nueve años, el reino fue puesto bajo regencia de María de Médicis. Entretanto tras haber corrido el riesgo de estallar en 1613 por la sucesión de Francisco Gonzaga, el conflicto se reanudó en Italia al año siguiente entre el nuevo duque de Mantua y el duque de Saboya, Carlos Manuel I. Esto bastó para que Francia y España, en óptimas relaciones, se inmiscuyeran en el asunto para enfrentarse entre 1616 y 1618. Francia corrió en ayuda del príncipe saboyano y España se declaró protectora de Gonzaga. La paz se restableció en septiembre de 1618.
Antes de suceder en 1619 al emperador Matías de Habsburgo, Fernando II de Habsburgo se había convertido en rey de Bohemia en 1617 y se había manifestado como contrarreformista, los luteranos bohemios, más numerosos que los católicos, no habían visto que se aplicaran las prescripciones de la Paz de Augsburgo de 1555 a 1609, cuando Rodolfo II, hermano de Matías y emperador hasta 1612, les había reconocido los mismos derechos que a los demás protestantes del Imperio. La acción de Fernando II, ferozmente antiprotestante, envenenó rápidamente la atmósfera: el 23 de mayo de 1618 dos de sus consejeros fueron arrojados al vacío desde una ventana del palacio imperial (defenestración de Praga). Siguió un revuelta, la constitución de un gobierno provisional en lugar del Consejo real y antes de terminar el año las tropas protestantes ocuparon el país. Para asegurar su triunfo los bohemios eligieron como su rey al calvinista Federico V del Palatinado (agosto se 1619).
Entró en acción el espíritu de solidaridad dinástica y católica. Felipe III de España envió tropas desde Italia y el duque Maximiliano de Baviera puso a disposición de Fernando II todos los efectivos de la liga católica alemana. A su lado intervinieron además el rey de Polonia e incluso el protestante Elector de Sajonia, que buscaba para sí provechos territoriales. El 8 de noviembre de 1620, el aguerrido ejército católico se enfrentó al inexperto adversario que en brevísimo espacio de tiempo fue arroyado (batalla de la Montaña Blanca). Nadia pudo repeler la feroz represión imperial que trató a Bohemia como una provincia sometida, ajusticiando a los rebeldes, confiscando sus bienes y promulgando una amnistía subordinada al pago de multas que se saldaban con propiedades de tierras, pasando así dos terceras partes a manos de los católicos. Desde 1627 solo fue reconocida la confesión católica y todos los nobles no convertidos tenían que abandonar el país. Los protestantes eran privados de los cargos municipales y del reconocimiento legal de sus matrimonios (hijos quedaban como bastardos). Los jesuitas tomaron posesión de la universidad, Praga perdió la prerrogativa de residencia imperial y la corona bohemia era declarada hereditaria a favor de la casa de Habsburgo.
A cambio de su apoyo, el duque de Baviera, Maximiliano, había obtenido la investidura de Elector Palatino en detrimento de Federico V, que veía además sus tierras ocupadas por los bávaros y los españoles.
Mientras, la guerra se había extendido hasta la Tierra Firme ventea oriental y hasta el Adriático, entre venecianos por un lado y los Habsburgo y españoles por otro. Estos últimos habían entrado en conflicto con Francia por la cuestión de la Valtelina, ocupada por el gobernador español de Milán en 1620.
La política francesa, tras la paz de Montpelier (octubre de 1622) que puso fin al resurgimiento de la sedición interna hugonota, mostró la intención de intervenir en Europa primero con apoyo financiero al condottiero protestante Ernst von Mansfeld, después ayudó a las provincias Unidas contra España impulsada por el cardenal Richelieu, que en 1624 envió tropas en socorro de los grisones para recuperar la Valtelina católica. En 1626, el tratado de Monzón obliga a los españoles a reconocer la independencia del valle y pagar un tributo al cantón protestante de que formaba parte. Siguieron interviniendo en 1629 hasta 1631 cuando el tratado de Cherasco garantizó su posesión de Pinerolo.
La guerra no había cesado en Alemania, el rey de Dinamarca Cristián IV, había atraído hasta las cercanías del Báltico a las tropas imperiales que habían ido a atacarlo (1626-1627). La presencia imperial y las maniobras españolas en Polonia no fueron soportadas por el rey luterano de Suecia, Gustavo Adolfo, desde 1628, daneses y suecos fueron en socorro de Stralsund, sitiada por el ejército imperial mandado por Wallenstein y contribuyeron a liberarla. Al año siguiente se estableció en Lübeck un tratado de paz entre Cristián IV y el emperador Fernando II, quien creyó que podría realizar una etapa ulterior de su programa contrarreformista: con el edicto de marzo de 1629, llamado de Restitución que anulaba las secularizaciones de bienes eclesiásticos católicos intervenidos en Alemania después de 1555. mientras Gustavo Adolfo desembarcaba en Pomerania con diez mil hombres y se apoderaba de su capital Stettn, logrando reunir a su alrededor a los príncipes protestantes alemanes. El 16 de septiembre de 1631 sus tropas infligían en Breitenfeld una severa derrota a las tropas imperiales mandadas por Tilly. Después de invadir Baviera, presento de nuevo batalla el 16 de noviembre de 1632 en Lützen: volviendo a salir vencedor aunque herido de muerte.

La segunda fase de la guerra

Aunque Gustavo Adolfo había dejado como heredera a una niña de seis años, Cristina, los suecos continuaron la contienda, ayudados financieramente y reforzados militarmente por los protestantes alemanes se dirigieron al valle del Danubio y ocuparon Ratisbona. Ante el peligro, Fernando II, prescindió de Wallenstein (al que hizo asesinar en febrero de 1634), lanzó a todas sus tropas a la lucha, reforzadas con las tropas españolas de Italia, derrotando al enemigo en Nördlingen (6 septiembre de 1634), la causa protestante se resintió, se disolvió la confederación de príncipes alemanes reformados y emperador impuso al Elector de Sajonia el tratado de Praga (30 mayo de 1635). El Edicto de Restitución fue confirmado.
La Francia católica de Richelieu, interesada en impedir que la potencia de los Habsburgo se instaurase demasiado fuertemente en Alemania, estipuló con el canciller sueco Oxenstierna el tratado de Compiègne (28 de abril de 1635) comprometiéndose a restituir en el Imperio la situación anterior a 1618. En mayo un heraldo proclamaba en Bruselas una declaración de guerra francesa contra los españoles, siempre en armas en los Países Bajos contra las Provincias Unidas.
La intervención de Francia hizo más extenso y evidente su alcance europeo. Tropas francesas fueron enviadas a Valtelina para impedir el paso desde el Milanesado hacia el norte. Las fuerzas protestantes sostenidas por Francia se apoderaron de la plaza alsaciana de Brisach (7 diciembre de 1638) haciendo muy difícil el paso de los refuerzos españoles provenientes de Italia en dirección a los Países Bajos. En otoño de 1639 un cuerpo de más de diez mil hombres tuvo que acudir por vía marítima y el almirante holandés Tromp obligó a las naves a refugiarse en Dover donde las atacó y aniquiló. Los imperiales habían realizado penetraciones en Francia y los suecos incursiones en territorio alemán. En el frente de los Pirineos, los franceses habían conquistado el Rosellón y dos revueltas, sostenidas por Francia, se habían producido en Cataluña y Portugal, en ésta el duque de Braganza, Juan IV, fue rápidamente reconocido por todas las potencia europeas sustrayéndose al dominio español. Todo esto produjo la desgracia del hombre fuerte de la monarquía española, el conde-duque de Olivares (enero de 1643).
En Francia, muerto Richelieu en 1642, fue sustituido por Mazarino quien aprovechando la flota creada por su antecesor atacó a España en dirección a la Toscana, al Elba y a Nápoles, entre 1646 y 1647, con resultados decepcionantes. Los mayores éxitos franceses fueron en el frente septentrional. En 1643 la infantería española había sido derrotada en Rocroi por el príncipe de Condé, sucesivamente habían sido conquistadas Thionville, Gravelines, Courtrai y en octubre de 1646 Dunkerque. Estas victorias fueron de tal envergadura que las Provincias Unidas se plantearon el preferir la almohadilla española entre ellas y Francia. A pesar de las fuertes presiones ejercidas por los franceses para disuadirlas, las Provincias Unidas urdieron acuerdos de paz y los firmaron en La Haya el 30 de enero de 1648, así obtenían el solemne juramento de su independencia y los territorios que habían ocupado en Bravante, en Flandes y en Limburgo.
En Alemania también se estaba llegando al cese de las hostilidades, tras la paz de Praga, los Electores de Sajonia y de Brandeburgo habían secundado a los Habsburgo frente a los suecos. En 1640 Federico Guillermo de Brandeburgo concertó con los suecos una tregua, seguido en 1645 por Juan Jorge de Sajonia. El emperador adoptó una posición más conciliadora en la conferencia de paz de Münster, en mayo de 1644 y Maximiliano de Baviera consintió en 1645 en negociar con los suecos con los que concertó la tregua de Ulm (14 de marzo de 1647). España, decidida a no aceptar las exigencias francesas, fue la única —junto con los ingleses— que no firmó en Münster la paz de Westfalia el 24 de octubre de 1648. Las consecuencias del tratado fueron bastante importantes, Francia logró hacer admitir que tenía que ser recompensada por los sacrificios sufridos por la causa alemana y los imperiales aceptaron ceder Alsacia y la plaza de Brisach, en la orilla derecha del Rin, que pasaba a soberanía francesa. A los suecos se les reconoció la posesión de la mejor parte de la Pomerania, con Stralsund y el estuario del Oder con el puerto de Wismar y los arzobispados de Bremen y de Verden. El rey de Suecia conseguía el derecho de tener un representante en la Dieta del Imperio. El emperador fue el que sufrió las mayores pérdidas puesto que todo territorio logró el derecho de establecer relaciones diplomáticas sin consultarlo. Los artículos de la Paz de Augsburgo de 1555 fueron puestos nuevamente en vigor y extendidos a los calvinistas. Tanto Francia como Suecia veían abierto su camino a la intervención en Alemania.

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