La Revolución Inglesa

La situación inglesa

Casi todo el siglo XVII británico está caracterizado por una sucesión de trastornos calificados como políticos y sociales si descartar el fenómeno religioso. El conflicto que la Reforma protestante provocó en Inglaterra, Escocia e Irlanda no se aquietó durante el reinado de Isabel Tudor, sino que se reavivó con fuerza bajo sus sucesores Estuardo, durando hasta los umbrales del siglo XVIII.
El componente religioso fue cuádruple: anglicano, calvinista, católico y sectario (conjunto de sectas que tuvo un notable peso específico, aunque cada una en un núcleo reducido), aunque la partida confesional estaba aún casi toda por jugar.
Entre la mitad del siglo XVI y XVIII, la población inglesa se dobló, siendo el periodo más fuerte el siglo XVI y la segunda mitad del XVIII. Se ha calculado que entre 1620 y 1640 cerca de ochenta mil hombres dejaron el país, en dirección sobre todo a las colonias de América del Norte. Se trató principalmente de un éxodo rural. Además de un colosal incendio, Londres fue azotada en 1666 por la peste. Pese a ello, no sufrió un estancamiento demográfico, al inicio del siglo XVI, los ingleses eran cuatro millones y a su fin cinco y medio. Hay que considerar a parte el caso de Irlanda que, entre 1640 y 1650, perdió la mitad de su población. Sin contar Londres, que en 1600 tenía ya doscientos mil habitantes, hasta el siglo XVIII las ciudades inglesas siguieron siendo centros de segundo orden, sobre todo comparadas con las de los mayores países europeos.
La agricultura inglesa hizo notables progresos en el siglo XVII que en 1660 la isla se convirtió en uno de los almacenes de trigo del continente. Los fertilizantes químicos se emplearon a gran escala a fin de siglo, los productos agrícolas se revelaron como los mejores de Europa después de 1650. gracias a las comunicaciones fluviales con Londres, el comercio también sufrió un notable incremento. En la medida en que la tierra logró con sus beneficios hacer frente a las exigencias de una población en aumento, se ha podido hablar de revolución agrícola.
En 1646, se produjo la abolición del régimen feudal de los poderes y la medida ya no fue revocada, fue entonces más fácil programar la gestión de la tierra y las inversiones a largo plazo. Este proceso tuvo su traducción política con el ingreso en la Cámara de los Comunes de los representantes de la gentry.
La economía inglesa conoció notables transformaciones no sólo en el plano agrícola: fueron mayores incluso en el sector de la industria, consideradas como el trampolín de la posteriormente llamada revolución industrial. Desde 1620 destacó la industria de tejidos de algodón, en Lancashire. En varias actividades de difundió el uso de las máquinas: desde las minas hasta las hiladoras mecánicas para la seda. A comienzos del siglo XVII el carbón de Stanffordshire era llevado a Birmingham sobre carros tirados por bueyes, mientras que a finales llegaba allí por vía fluvial. De monopolio privado, la administración de correos pasó a ser servicio público ya a mediados del siglo XVII.
Sin duda alguna, las exigencias militares y los mismos trastornos políticos internos tuvieron contrapartidas favorables en las actividades económicas. No es de extrañar que el reclutamiento de soldados, la hacer escasear la mano de obra, hiciera subir los salarios y que el realce de estos últimos provocase también la elevación del nivel de vida. Así surgieron grandes unidades de producción, aumentó la siderurgia y el comercio, fue cambiando la mentalidad hasta el punto de que el estado estaba al servicio de la industria y del comercio, en lugar de lo contrario. En 1643 se instauró el impuesto territorial y el indirecto sobre el consumo y a finales del siglo XVII se puede afirmar que se había formado en Inglaterra un mercado de dimensión nacional. En Londres se editó un primer periódico comercial en el año 1682 y en 1702, el primer diario publicado —el Daily Cournat—.
Los numerosos debates en que las exigencias religiosas se mezclaban con las políticas y sociales aceleraron y extendieron la capacidad colectiva de información y de reflexión. En los años cuarenta del siglo XVII la prensa empezó a convertirse en un verdadero órgano de información y a hacer una competencia eficaz a los púlpitos. Desde 1641 en adelante fue suprimida la autoridad del gobierno en las parroquias. Cuando la herejía no fue punible con la hoguera, la iglesia perdió el monopolio del que había gozado tanto en el control de la educación como en el poder de censura.. con la separación de la iglesia inglesa de la de Roma, en la época de Enrique VIII, el papismo había sido considerado como un enemigo tanto interno como externo. Al inicio del reinado de Jacobo I, los católicos habían conspirado con la célebre “conjuración de la pólvora” (1605) y como hasta 1867 la amenaza de una restauración católica no desapareció del todo, la pertenencia a las confesiones protestantes reforzó el sentimiento nacional, contribuyendo a la unión del país.
Particularmente conflictivas fueron las relaciones entre ingleses y escoceses. Escocia tenía su propia iglesia regida por órganos colectivos y electivos, y un Parlamento propio, en el que además del clero y los nobles, estaban representados los dirigentes de los distritos y de las ciudades. Su posición era muy particular, por un lado seguían la confesión calvinista pero, por otro, eran súbditos primigenios y favoritos de la dinastía Estuardo, que ocupaba el trono de Inglaterra desde comienzos del siglo XVII. Sus fuerzas se enfrentaron abiertamente desde 1639 y las intervenciones escocesas, en la guerra civil, fueron unas veces inclinadas contra el monarca y otras a su favor. Tras la ejecución del rey en 1649, Cromwell tuvo que dirigirse contra ellos, aunque solo hubiera sido porque habían dado refugio al hijo del soberano Carlos II. El ejército de Cromwell logró derrotarlos primero en Dunbar (1651) y luego en Worchester, pero el gobierno instaurado en Escocia desapareció en 1660 y el problema se resolvió en 1707, cuando fue proclamada la unión de Inglaterra y Escocia. A cambio de la renuncia a un Parlamento y un gobierno propios, los escoceses obtuvieron 45 diputados en los Comunes y 16 en la Cámara de los Lores.
El papel de los escoceses se encontró vinculado al destino de Irlanda, millares de ellos fueron trasladados al Ulster en tiempos de Jacobo I. Las relaciones de Inglaterra con Irlanda fueron aún más dramáticas que con los escoceses. Tras Thomas Wentworth, gobernador de Irlanda, siguió una década de disturbios (1639-1649) que los ingleses no pudieron apaciguar. En 1648 Cromwell llevó contra ellos una cruel campaña, consiguiendo en 1652 la sumisión de Irlanda, privando a los católicos de dos tercios de sus tierras y extendiendo a la isla los privilegios comerciales de que gozaban los ingleses, medidas que no fueron respetadas en 1660 tras la restauración de los Estuardo. En 1668 se sublevaron y el rey inglés Guillermo II les derrotó el 10 de julio de 1690 con unas medidas muy drásticas, siendo todos los obispos y clero regular expulsados y todo católico quedaba excluido de la enseñanza y algunas otras profesiones. Dos gravísimas carestías, en los años 1726-1729 y 1739-1741, se abatieron sobre la isla, la segunda mató a la quinta parte de la población (400.000). los supervivientes se salvaron gracias a una nueva oleada migratoria y al cultivo de la patata.


De Jacobo I a Carlos I

Los dos primeros reyes de la dinastía Estuardo —Jacobo I y Carlos I— siguieron el ejemplo de los reyes españoles o franceses del siglo del absolutismo, sin embargo, las condiciones de su país y del ejercicio de su autoridad eran sensiblemente diferentes y se revelaron cada vez más contrarias al despliegue de un gobierno absoluto. Thomas Hobbes (1588-1679) fue uno de sus mayores teóricos.
El rey no disponía de ni de un ejército ni de una flota permanente y los funcionaris que los representaban en las provincias eran poco numerosos. La administración local estaba en manos de los propietarios de tierras. Cuando se hacían necesarios particulares financiamientos o decisiones importantes, era preciso convocar el Parlamento y conseguir que fuesen aprobados. Los Estuardo hicieron del Consejo Privado el fundamento de su gobierno, acentuando la dependencia que la resolución de los asuntos tenía de la persona del soberano. Durante mucho tiempo los intereses de los soberanos habían seguido estando ampliamente vinculados a los de las clases sociales dominantes, propietarias de tierras (gentry), las cuales se habían enriquecido con la venta de los bienes eclesiásticos tras la Reforma, estos propietarios de tierras lograron sustituir a las baronías feudales y acabaron dominando la evolución interna del país. Inglaterra constituía un país en pleno florecimiento económico acompañado de un cambio social. La posición privilegiada de las oligarquías mercantiles provinciales dependió del apoyo del poder real. Emergió la gran comunidad de Londres, con administración autónoma y entidad jurídica propia. Su clase industrial se fortaleció. El régimen monárquico tenía más apoyos en la pequeña nobleza y en los grupos de clase media.
El congregacionismo —Robert Browne (1550-1636)— sostenía la libertad de predicación y la elección de los predicadores por parte de la comunidad, la igualdad de sus miembros y la independencia de la iglesia con respecto al Estado. No muy alejados de estos estaban los “independentistas” o separatistas, que se comprometieron en la lucha por la libertad de conciencia, invocando la separación de iglesia y estado. Los “bautistas” eran fieles al principio arminiano del valor universal de la expiación de Cristo. Hacia finales del siglo XVII, un número creciente de no católicos se había alejado del anglicanismo del estado, por la exigencia de pureza de la iglesia que ellos revindicaban, fueron definidos como “puritanos”. El puritanismo se difundió en todas las clases sociales, sostenido en particular por los centros mercantiles y por una fracción de la gentry. Muy pronto se revelaría como la principal levadura del radicalismo político. Su presbiterianismo se distinguía por sus potencialidades anticonformistas, tanto en plano religioso como político y por la tendencia a construir un teocracia en la que el magistrado desempeñaba por derecho una función religiosa. Los puritanos pretendían sustituir a los obispos de los sínodos presbiteriales, además de admitir a los laicos en las funciones del ministerio sagrado. Las clases sociales más inclinadas a su tendencia fueron la clase media burguesa y los comerciantes. Bajo el reinado de los primeros Estuardo, se hizo más acuciante la exigencia de que el número de los predicadores fue aumentando, el alto clero anglicano se resistía a aceptar semejante exigencia temiendo que cada comunidad religiosa se hiciese cada vez más independiente. El apogeo del movimiento puritano ya se había alcanzado en la década entre 1630 y 1640.

La guerra civil y Cromwell

Por parte real se sostenía que la soberanía residía sólo en el rey, mientras que para sus adversarios el poder de dictar leyes pertenecía al . La teoría parlamentaria sostenía que le correspondía al Parlamento la facultad de legislar, imponer impuestos. Legitimar o juzgar sin apelación. Estas décadas constituyeron una fase de tensión tanto constitucional como política. El drama de los primeros Estuardo fue el no disponer de los medos ni de las oportunidades de realizar un régimen de perfil absolutista, al mismo tiempo que se negaban a aceptar el compromiso con el Parlamento. Las relaciones de Carlos I con el Parlamento fueron todo lo contrario que felices, en 1628, la Cámara de los Comunes hizo aceptar al soberano una , en la que se afirmaba que cualquier impuesto tenía que ser aprobado por el Parlamento y se tomaba posiciones contra las detenciones arbitrarias. Se estaba cerca de la ruptura, lo que ocurrió con una revuelta de los escoceses que no querían aceptar en absoluto la introducción del anglicanismo promovido por Willian Laud. Para proporcionarse los fondos necesarios para financiar las tropas destinadas a reprimir la rebelión, Carlos I convocó el abril de 1640 al Parlamento, pero lo disolvió al cabo de tres semanas. Muchos diputados eran contrarios al soberano. Antes de terminar el año, la oposición consiguió hacer convocar de nuevo al Parlamento en donde participaron muchos puritanos. Esta Asamblea resultó compuesta por una sesentena de comerciantes, unos ochenta hombres de leyes, además de numerosos propietarios de tierras. Cuando se llegó a un conflicto abierto con el rey, las clases sociales más perjudicadas que habían mandado a los Comunes a esos representantes no se negaron a costear las subvenciones que se les pedía para sostener la lucha. Una gran parte de los diputados estaban a favor de una monarquía constitucional y no absoluta, pero en cuestiones importantes estaban en desacuerdo entre sí, unos estaban a favor de abolir el episcopado —cuyo nombramiento correspondía al rey—. Se tomaron ciertas iniciativas: el proceso contra el ex gobernador de Irlanda Wentworth (luego ajusticiado) hasta el encarcelamiento de Laud y la abolición del tribunal eclesiástico, se permitía la tolerancia religiosa y la libertad de las actividades de las sectas. En esta mezcolanza, los independentistas se distinguían de los levellers (niveladores) en que aceptaban las instituciones políticas con tal de que el Parlamento pudiera controlar al rey, mientras que los otros querían además abolir la monarquía y la Cámara de los Lores.
A principios de enero de 1642, Carlos I creyó que podría arreglar los asuntos intentando arrestar a sus adversarios más decididos. No sólo falló el golpe, sino que provocó un levantamiento armado que le obligó a abandonar la capital. Se organizaron dos ejércitos contrapuestos y estalló la guerra civil. El 40 % de los diputados se puso al lado del rey y el grupo de comerciantes, en gran parte, en contra del soberano. Carlos I encontraba a sus seguidores en el campo, en el clero anglicano y también entre los católicos, además de gran parte de la nobleza y de la gentry rural.
El inicio de las hostilidades pareció favorecer al monarca, pero en octubre de 1642, en Edge Hill, el ejército parlamentario impidió a Carlos I tomar la capital. Estaba apareciendo un condottiero, parlamentario en 1628 y reelegido por los habitantes de Cambridge: Oliver Cromwell, un propietario puritano de acentuada religiosidad y de tendencias políticas radicales, era partidario también de la disolución de episcopado. Una vez estallada la guerra civil, Cromwell se dio cuenta de que las tropas parlamentarias no podrían alcanzar el éxito, así que les transmitió la profunda convicción de que estaban investidos de una condición divina. No tardó en manifestar unas extraordinarias dotes tácticas y una aguda visión de los campos de batalla. Las fuerzas militares de Cromwell dieron su primera prueba en Marston Moor (2 de julio de 1644) y en Naseby (14 de julio de 1645).
Ya en torno a 1647 su actuación fue decisiva. Habiendo sido hecho prisionero el rey, en el Parlamento se estaba consolidando la tendencia a desmovilizar el ejército puritano. Tras una ulterior derrota infligida en Preston a las fuerzas monárquicas, Cromwell no dudó en dar el encargo a un destacamento de sus tropas en dispersar a los diputados que se le oponían (diciembre de 1648). Cromwell estaba convencido de que ya no se tenía que restaurar de ningún modo al rey en sus funciones y apoyó el requerimiento de que el rey fuera castigado. El monarca fue procesado por una instancia de 135 jueces, de los que solo 59 firmaron la pena capital. Por primera vez en la historia europea un rey fue decapitado en 20 de enero de 1649. los parlamentarios proclamaron la abolición de la monarquía y, en su lugar, instauraron la república.
Cromwell para imponerse al ejército empleó métodos drásticos aboliendo los consejos de los soldados —creados en 1647 en los regimientos—, luego ajustó las cuentas a los diputados a los que hizo expulsar del grupo parlamentario (20 de abril de 1651) y finalmente derrotó a las milicias del joven Carlos II en Worchester ( 3 de septiembre de 1651), poniendo fin a la guerra interna que había durado casi diez años. Se iniciaba así el periodo de gobierno de Cromwell, que fue nombrado en 1653 Lord Protector. Introdujo reformas eclesiásticas en sentido puritano, prohibiendo el culto anglicano y católico, favoreció a los judíos y a los cuáqueros. Intentó hacer gobernar Inglaterra por una decena de generales de alta graduación, lo que suscitó una viva oposición en el país. En 1657, la asamblea parlamentaria le ofreció la corona, pero la rechazó, aunque aceptó poderes de un soberano constitucional. Su tentativa de transmitir su prerrogativas en el momento de su muerte (3 de septiembre de 1658) a su hijo Ricardo —que fue proclamado como su sucesor— falló pronto. Una rápida serie de acontecimientos llevó a la restauración de los Estuardo en 1660.
La década del gobierno de Cromwell consolidó el éxito de trastorno interno inglés. Carlos II que ocupó el trono hasta 1685 fue ya de manera diferente a la anterior etapa Estuardo. Inglaterra había alcanzado su madurez y el rango de gran potencia en el plano internacional durante el gobierno de Cromwell. Construyó una auténtica flota que arrebató el protagonismo a los holandeses y que con el Acta de Navegación de 1651 la importación de mercancías coloniales quedó reservada a las naves inglesas y favoreció a comerciantes y artesanos nacionales. Holanda entró entonces en guerra con Inglaterra, en 1652, confiando en su flota pero que fue inferior a la inglesa especialmente concebida para el combate. El tratado de Westminster de 1654 puso fin al conflicto y Holanda tuvo que reconocer la validez de Acta de Navegación. Cromwell realizó un tratado comercial con Portugal y sus colinias. Se apoderó de Jamaica, al mando del almirante Blake, sometió a los corsarios argelinos y derrotó a la armada española en las islas Canarias, en 1657.

De Carlos II a Guillermo II


El proceso producido en el plano interno y posteriormente en el internacional en los años cuarenta y cincuenta del siglo XVII continuó en Inglaterra en décadas posteriores con nuevos logros civiles, políticos, militares y económicos. Tras la breve pausa del gobierno del hijo de Cromwell, el país estaba de nuevo en dificultades por el resurgimiento del enfrentamiento entre republicanos y monárquicos. La situación estaba en manos del ejército, cuyo jefe principal —George Monk— conocía sus proyectos hasta el último detalle. Aunque estaba al frente de las milicias de Cromwell, Monk creyó oportuno ponerse de parte de Carlos II, marchó sobre Londres y restauró el poder monárquico (mayo de 1660) aunque sólo en apariencia iba a recuperar su forma absolutista.
El largo reinado de Carlos II constituyó la fase en que fueron depurados los trastornos que habían tenido lugar en los veinte años anteriores. Discutible es la definición dada de «Gloriosa Revolución» al cambio de régimen inglés producido en los años 1688-1689 cuyos acontecimientos sancionaron la maduración de un largo proceso de confrontación política, social y económica interna en el que se insertaron además factores de naturaleza internacional. Lo que sucedió con Carlos II fue una restauración, la censura y un severo control de las actividades editoriales contribuyeron de nuevo a proteger la ortodoxia anglicana. El Parlamento elegido no dejó de condenar y perseguir a los partidarios de Cromwell y a los puritanos. Fue reconocida una renta anual al rey de cien mil libras esterlinas, así como a los guías de la iglesia nacional y a los mandos del ejército. El rey intentó también un acercamiento entre los miembros más moderados de las tendencias anglicana y calvinista, aunque sin gran éxito pero se orientó decididamente hacia la tolerancia religiosa.
Con la restauración, las sectas inglesas siguieron una notable evolución, expresaron cada vez más ampliamente la exigencia de una libertad de acción personal y económica, emancipada del autoritarismo estatal y eclesiástico. Así mismo, se cultivaban y se destacaban los valores impregnados de un sobrio y prudente activismo individual, como la laboriosidad y el ahorro: estos valores se constituían en distintivos de un grupo social que de forma nueva se podía calificar de burgués. Las condiciones internas y externas eran favorables a esos desarrollos. En el plano teórico e ideológico, el tránsito estaba simbolizado por el paso de la doctrina absolutista de Thomas Hobbes a la liberal y utilitarista de Jhon Locke (1632-1704). Cabe destacar a los bautistas, que se inspiraban en una amplísima tolerancia religiosa, y a los cuáqueros, de los que había sido animador Jhon Fox (1624-1691), que se entregaban a la inspitación religiosa individual sin tener en cuenta las ceremonias, los sacramentos ni la disciplina eclesiástica. Carlos II con una de marzo de 1672, suspendió las leyes penales contra los disidentes que retiró un año más tarde.
En su «Ensayo sobre la tolerancia» (1667) Jhon Locke contribuyó a poner las bases de una reflexión pragmática sobre la libertad de conciencia, en sintonía con la política whig de Anthony Ashley Cooper, futuro conde de Shaftesbury, donde el tenía un valor normativo para el presente y permitía creer la libertad del individuo, propia de cada uno, en la que el estado no podía intervenir. Llegó a sugerir una teoría de la soberanía y del derecho a la resistencia plenamente compatible con la constitución mixta deseada en el ambiente de los Whigs. Las ideas de Locke dieron vigor e incisividad a los acontecimientos revolucionarios y al mismo tiempo pacíficos de los años 1688-1689 en Inglaterra.
Durante el reinado de Carlos II siguió incrementándose la eficiencia de la flota, de favorecer el desarrollo de los tráficos comerciales. La confrontación entre anglicanos y puritanos estaba configurando un país más preciso por la simultánea consolidación de los dos partidos —el de los tories y el de los whigs—. Las provocaciones de los whigs permitieron a Carlos II disolver el Parlamento en que eran mayoritarios (1681)y descubrir un complot contra su persona y contra su hermano, el duque de York y el heredero al trono, con la consiguiente condena de algunos whigs (1683).
Las relaciones internas se hicieron más tensas a la muerte de Carlos II con la subida al trono del católico Jacobo II (1685). Los anglicanos se defendieron frente al eventual retorno de las fuerzas del catolicismo y se hizo más preocupante con el nacimiento del hijo del rey en 1688. Jacobo II proclamó en abril de 1687 una declaración de Indulgencia a favor tanto de los disidentes como de los cuáqueros y de los católicos y pretendió que los obispos anglicanos la hicieran leer públicamente lo que provoco diversas detenciones ante la negativa de alguno de ellos. En 1677 la hija primogénita de Jacobo II fue casad con el estatúder Guillermo III de Orange, ella anglicana y él calvinista y tras la absolución de los obispos incriminados por Jacobo II, tanto entre los tories como entre los whigs maduró la iniciativa de recurrir a estos príncipes para que ocupasen el trono inglés. Dos elementos contribuyeron al éxito de tal apelación : la irritante intervención de Luis XIV para impedir la marcha de Guillermo III y el hecho de que cuando éste desembarcó en Inglaterra (noviembre de 1688), Jacobo II no lo resistió y fue a refugiarse a Francia. Se alcanzó la solución de febrero de 1689 que estableció que una nación protestante no podía tener como soberano a un rey católico y según la cual Jacobo II había violado el contrato fundamental que había con el pueblo y por consiguiente el trono estaba vacante. Conciliando el derecho divino y hereditario de la monarquía se estableció que fuesen coronados tanto María como Guillermo, en virtud de la voluntad del pueblo.
El largo reinado de Guillermo III (1689-1702) estuvo caracterizado por el fuerte compromiso del país con la lucha contra las ambiciones de Luis XIV ya desde que era estatúder holandés se había asignado la misión de contrarrestar las pretensiones del soberano francés de conseguir el predominio de Europa y de hacerse campeón de la causa protestante.
La sociedad inglesa era ciertamente aristocrática aunque de un modo menos rígido al de la del continente. Por un lado estaba dotada de una suficiente coherencia social y, por otro, dinámicamente proyectada a las actividades económicas y de los negocios. La alianza de al menos una parte de la nobleza que poseía tierras con los ricos comerciantes se reveló como decisiva para la suerte de la «Gloriosa Revolución». Así el gobierno de Guillermo III encarnó el estado de los propietarios, de tierras o no, de los gentilhombres del campo como de los opulentos gobiernos de las ciudades. El control parlamentario aseguró la vigilancia sobre las asignaciones públicas y sobre su empleo por las clases dirigentes y toda la nación. Se sucedieron medidas significativas, como la Bounty Act (1689) que premiaba a los grandes propietarios de tierras por sus exportaciones de cereales, el Land Tax, sobre la propiedad territorial, las finazas y el estado se unieron en la institución del Banco de Inglaterra (1689) con un capital de 1.200.000 libras esterlinas suscrito en doce días. El éxito de los grupos que dominaban el capital fue confirmado con la creación del Board of Trade (1696) que garantizaba los intereses de los comerciantes a nivel gubernativo.
Estas iniciativas junto a otras como la instauración de la inamovilidad de los judíos (1689) o la abolición de la censura (1695) potenciaron la sociedad inglesa. Con el Acto de Tolerancia de 1689 se concedió libertad de culto a excepción de los católicos y los cargos públicos quedaban reservados a los anglicanos. Guillermo III logró restaurar la iglesia calvinista en Escocia, consiguió financiación para su guerra con Luis XIV y la coalición antiborbónica con Holanda y el Imperio. Con la Settlement Act, el Parlamento tomó las disposiciones definitivas en la cuestión dinástica, los Estuardo fueron excluidos de la sucesión al trono que a la muerte de Guillermo correspondió a Ana y a su marido, el elector de Hannover.

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