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La Revolución Inglesa

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La situación inglesa

Casi todo el siglo XVII británico está caracterizado por una sucesión de trastornos calificados como políticos y sociales si descartar el fenómeno religioso. El conflicto que la Reforma protestante provocó en Inglaterra, Escocia e Irlanda no se aquietó durante el reinado de Isabel Tudor, sino que se reavivó con fuerza bajo sus sucesores Estuardo, durando hasta los umbrales del siglo XVIII.
El componente religioso fue cuádruple: anglicano, calvinista, católico y sectario (conjunto de sectas que tuvo un notable peso específico, aunque cada una en un núcleo reducido), aunque la partida confesional estaba aún casi toda por jugar.
Entre la mitad del siglo XVI y XVIII, la población inglesa se dobló, siendo el periodo más fuerte el siglo XVI y la segunda mitad del XVIII. Se ha calculado que entre 1620 y 1640 cerca de ochenta mil hombres dejaron el país, en dirección sobre todo a las colonias de América del Norte. Se trató principalmente de un éxodo rural. Además de un colosal incendio, Londres fue azotada en 1666 por la peste. Pese a ello, no sufrió un estancamiento demográfico, al inicio del siglo XVI, los ingleses eran cuatro millones y a su fin cinco y medio. Hay que considerar a parte el caso de Irlanda que, entre 1640 y 1650, perdió la mitad de su población. Sin contar Londres, que en 1600 tenía ya doscientos mil habitantes, hasta el siglo XVIII las ciudades inglesas siguieron siendo centros de segundo orden, sobre todo comparadas con las de los mayores países europeos.
La agricultura inglesa hizo notables progresos en el siglo XVII que en 1660 la isla se convirtió en uno de los almacenes de trigo del continente. Los fertilizantes químicos se emplearon a gran escala a fin de siglo, los productos agrícolas se revelaron como los mejores de Europa después de 1650. gracias a las comunicaciones fluviales con Londres, el comercio también sufrió un notable incremento. En la medida en que la tierra logró con sus beneficios hacer frente a las exigencias de una población en aumento, se ha podido hablar de revolución agrícola.
En 1646, se produjo la abolición del régimen feudal de los poderes y la medida ya no fue revocada, fue entonces más fácil programar la gestión de la tierra y las inversiones a largo plazo. Este proceso tuvo su traducción política con el ingreso en la Cámara de los Comunes de los representantes de la gentry.
La economía inglesa conoció notables transformaciones no sólo en el plano agrícola: fueron mayores incluso en el sector de la industria, consideradas como el trampolín de la posteriormente llamada revolución industrial. Desde 1620 destacó la industria de tejidos de algodón, en Lancashire. En varias actividades de difundió el uso de las máquinas: desde las minas hasta las hiladoras mecánicas para la seda. A comienzos del siglo XVII el carbón de Stanffordshire era llevado a Birmingham sobre carros tirados por bueyes, mientras que a finales llegaba allí por vía fluvial. De monopolio privado, la administración de correos pasó a ser servicio público ya a mediados del siglo XVII.
Sin duda alguna, las exigencias militares y los mismos trastornos políticos internos tuvieron contrapartidas favorables en las actividades económicas. No es de extrañar que el reclutamiento de soldados, la hacer escasear la mano de obra, hiciera subir los salarios y que el realce de estos últimos provocase también la elevación del nivel de vida. Así surgieron grandes unidades de producción, aumentó la siderurgia y el comercio, fue cambiando la mentalidad hasta el punto de que el estado estaba al servicio de la industria y del comercio, en lugar de lo contrario. En 1643 se instauró el impuesto territorial y el indirecto sobre el consumo y a finales del siglo XVII se puede afirmar que se había formado en Inglaterra un mercado de dimensión nacional. En Londres se editó un primer periódico comercial en el año 1682 y en 1702, el primer diario publicado —el Daily Cournat—.
Los numerosos debates en que las exigencias religiosas se mezclaban con las políticas y sociales aceleraron y extendieron la capacidad colectiva de información y de reflexión. En los años cuarenta del siglo XVII la prensa empezó a convertirse en un verdadero órgano de información y a hacer una competencia eficaz a los púlpitos. Desde 1641 en adelante fue suprimida la autoridad del gobierno en las parroquias. Cuando la herejía no fue punible con la hoguera, la iglesia perdió el monopolio del que había gozado tanto en el control de la educación como en el poder de censura.. con la separación de la iglesia inglesa de la de Roma, en la época de Enrique VIII, el papismo había sido considerado como un enemigo tanto interno como externo. Al inicio del reinado de Jacobo I, los católicos habían conspirado con la célebre “conjuración de la pólvora” (1605) y como hasta 1867 la amenaza de una restauración católica no desapareció del todo, la pertenencia a las confesiones protestantes reforzó el sentimiento nacional, contribuyendo a la unión del país.
Particularmente conflictivas fueron las relaciones entre ingleses y escoceses. Escocia tenía su propia iglesia regida por órganos colectivos y electivos, y un Parlamento propio, en el que además del clero y los nobles, estaban representados los dirigentes de los distritos y de las ciudades. Su posición era muy particular, por un lado seguían la confesión calvinista pero, por otro, eran súbditos primigenios y favoritos de la dinastía Estuardo, que ocupaba el trono de Inglaterra desde comienzos del siglo XVII. Sus fuerzas se enfrentaron abiertamente desde 1639 y las intervenciones escocesas, en la guerra civil, fueron unas veces inclinadas contra el monarca y otras a su favor. Tras la ejecución del rey en 1649, Cromwell tuvo que dirigirse contra ellos, aunque solo hubiera sido porque habían dado refugio al hijo del soberano Carlos II. El ejército de Cromwell logró derrotarlos primero en Dunbar (1651) y luego en Worchester, pero el gobierno instaurado en Escocia desapareció en 1660 y el problema se resolvió en 1707, cuando fue proclamada la unión de Inglaterra y Escocia. A cambio de la renuncia a un Parlamento y un gobierno propios, los escoceses obtuvieron 45 diputados en los Comunes y 16 en la Cámara de los Lores.
El papel de los escoceses se encontró vinculado al destino de Irlanda, millares de ellos fueron trasladados al Ulster en tiempos de Jacobo I. Las relaciones de Inglaterra con Irlanda fueron aún más dramáticas que con los escoceses. Tras Thomas Wentworth, gobernador de Irlanda, siguió una década de disturbios (1639-1649) que los ingleses no pudieron apaciguar. En 1648 Cromwell llevó contra ellos una cruel campaña, consiguiendo en 1652 la sumisión de Irlanda, privando a los católicos de dos tercios de sus tierras y extendiendo a la isla los privilegios comerciales de que gozaban los ingleses, medidas que no fueron respetadas en 1660 tras la restauración de los Estuardo. En 1668 se sublevaron y el rey inglés Guillermo II les derrotó el 10 de julio de 1690 con unas medidas muy drásticas, siendo todos los obispos y clero regular expulsados y todo católico quedaba excluido de la enseñanza y algunas otras profesiones. Dos gravísimas carestías, en los años 1726-1729 y 1739-1741, se abatieron sobre la isla, la segunda mató a la quinta parte de la población (400.000). los supervivientes se salvaron gracias a una nueva oleada migratoria y al cultivo de la patata.


De Jacobo I a Carlos I

Los dos primeros reyes de la dinastía Estuardo —Jacobo I y Carlos I— siguieron el ejemplo de los reyes españoles o franceses del siglo del absolutismo, sin embargo, las condiciones de su país y del ejercicio de su autoridad eran sensiblemente diferentes y se revelaron cada vez más contrarias al despliegue de un gobierno absoluto. Thomas Hobbes (1588-1679) fue uno de sus mayores teóricos.
El rey no disponía de ni de un ejército ni de una flota permanente y los funcionaris que los representaban en las provincias eran poco numerosos. La administración local estaba en manos de los propietarios de tierras. Cuando se hacían necesarios particulares financiamientos o decisiones importantes, era preciso convocar el Parlamento y conseguir que fuesen aprobados. Los Estuardo hicieron del Consejo Privado el fundamento de su gobierno, acentuando la dependencia que la resolución de los asuntos tenía de la persona del soberano. Durante mucho tiempo los intereses de los soberanos habían seguido estando ampliamente vinculados a los de las clases sociales dominantes, propietarias de tierras (gentry), las cuales se habían enriquecido con la venta de los bienes eclesiásticos tras la Reforma, estos propietarios de tierras lograron sustituir a las baronías feudales y acabaron dominando la evolución interna del país. Inglaterra constituía un país en pleno florecimiento económico acompañado de un cambio social. La posición privilegiada de las oligarquías mercantiles provinciales dependió del apoyo del poder real. Emergió la gran comunidad de Londres, con administración autónoma y entidad jurídica propia. Su clase industrial se fortaleció. El régimen monárquico tenía más apoyos en la pequeña nobleza y en los grupos de clase media.
El congregacionismo —Robert Browne (1550-1636)— sostenía la libertad de predicación y la elección de los predicadores por parte de la comunidad, la igualdad de sus miembros y la independencia de la iglesia con respecto al Estado. No muy alejados de estos estaban los “independentistas” o separatistas, que se comprometieron en la lucha por la libertad de conciencia, invocando la separación de iglesia y estado. Los “bautistas” eran fieles al principio arminiano del valor universal de la expiación de Cristo. Hacia finales del siglo XVII, un número creciente de no católicos se había alejado del anglicanismo del estado, por la exigencia de pureza de la iglesia que ellos revindicaban, fueron definidos como “puritanos”. El puritanismo se difundió en todas las clases sociales, sostenido en particular por los centros mercantiles y por una fracción de la gentry. Muy pronto se revelaría como la principal levadura del radicalismo político. Su presbiterianismo se distinguía por sus potencialidades anticonformistas, tanto en plano religioso como político y por la tendencia a construir un teocracia en la que el magistrado desempeñaba por derecho una función religiosa. Los puritanos pretendían sustituir a los obispos de los sínodos presbiteriales, además de admitir a los laicos en las funciones del ministerio sagrado. Las clases sociales más inclinadas a su tendencia fueron la clase media burguesa y los comerciantes. Bajo el reinado de los primeros Estuardo, se hizo más acuciante la exigencia de que el número de los predicadores fue aumentando, el alto clero anglicano se resistía a aceptar semejante exigencia temiendo que cada comunidad religiosa se hiciese cada vez más independiente. El apogeo del movimiento puritano ya se había alcanzado en la década entre 1630 y 1640.

La guerra civil y Cromwell

Por parte real se sostenía que la soberanía residía sólo en el rey, mientras que para sus adversarios el poder de dictar leyes pertenecía al . La teoría parlamentaria sostenía que le correspondía al Parlamento la facultad de legislar, imponer impuestos. Legitimar o juzgar sin apelación. Estas décadas constituyeron una fase de tensión tanto constitucional como política. El drama de los primeros Estuardo fue el no disponer de los medos ni de las oportunidades de realizar un régimen de perfil absolutista, al mismo tiempo que se negaban a aceptar el compromiso con el Parlamento. Las relaciones de Carlos I con el Parlamento fueron todo lo contrario que felices, en 1628, la Cámara de los Comunes hizo aceptar al soberano una , en la que se afirmaba que cualquier impuesto tenía que ser aprobado por el Parlamento y se tomaba posiciones contra las detenciones arbitrarias. Se estaba cerca de la ruptura, lo que ocurrió con una revuelta de los escoceses que no querían aceptar en absoluto la introducción del anglicanismo promovido por Willian Laud. Para proporcionarse los fondos necesarios para financiar las tropas destinadas a reprimir la rebelión, Carlos I convocó el abril de 1640 al Parlamento, pero lo disolvió al cabo de tres semanas. Muchos diputados eran contrarios al soberano. Antes de terminar el año, la oposición consiguió hacer convocar de nuevo al Parlamento en donde participaron muchos puritanos. Esta Asamblea resultó compuesta por una sesentena de comerciantes, unos ochenta hombres de leyes, además de numerosos propietarios de tierras. Cuando se llegó a un conflicto abierto con el rey, las clases sociales más perjudicadas que habían mandado a los Comunes a esos representantes no se negaron a costear las subvenciones que se les pedía para sostener la lucha. Una gran parte de los diputados estaban a favor de una monarquía constitucional y no absoluta, pero en cuestiones importantes estaban en desacuerdo entre sí, unos estaban a favor de abolir el episcopado —cuyo nombramiento correspondía al rey—. Se tomaron ciertas iniciativas: el proceso contra el ex gobernador de Irlanda Wentworth (luego ajusticiado) hasta el encarcelamiento de Laud y la abolición del tribunal eclesiástico, se permitía la tolerancia religiosa y la libertad de las actividades de las sectas. En esta mezcolanza, los independentistas se distinguían de los levellers (niveladores) en que aceptaban las instituciones políticas con tal de que el Parlamento pudiera controlar al rey, mientras que los otros querían además abolir la monarquía y la Cámara de los Lores.
A principios de enero de 1642, Carlos I creyó que podría arreglar los asuntos intentando arrestar a sus adversarios más decididos. No sólo falló el golpe, sino que provocó un levantamiento armado que le obligó a abandonar la capital. Se organizaron dos ejércitos contrapuestos y estalló la guerra civil. El 40 % de los diputados se puso al lado del rey y el grupo de comerciantes, en gran parte, en contra del soberano. Carlos I encontraba a sus seguidores en el campo, en el clero anglicano y también entre los católicos, además de gran parte de la nobleza y de la gentry rural.
El inicio de las hostilidades pareció favorecer al monarca, pero en octubre de 1642, en Edge Hill, el ejército parlamentario impidió a Carlos I tomar la capital. Estaba apareciendo un condottiero, parlamentario en 1628 y reelegido por los habitantes de Cambridge: Oliver Cromwell, un propietario puritano de acentuada religiosidad y de tendencias políticas radicales, era partidario también de la disolución de episcopado. Una vez estallada la guerra civil, Cromwell se dio cuenta de que las tropas parlamentarias no podrían alcanzar el éxito, así que les transmitió la profunda convicción de que estaban investidos de una condición divina. No tardó en manifestar unas extraordinarias dotes tácticas y una aguda visión de los campos de batalla. Las fuerzas militares de Cromwell dieron su primera prueba en Marston Moor (2 de julio de 1644) y en Naseby (14 de julio de 1645).
Ya en torno a 1647 su actuación fue decisiva. Habiendo sido hecho prisionero el rey, en el Parlamento se estaba consolidando la tendencia a desmovilizar el ejército puritano. Tras una ulterior derrota infligida en Preston a las fuerzas monárquicas, Cromwell no dudó en dar el encargo a un destacamento de sus tropas en dispersar a los diputados que se le oponían (diciembre de 1648). Cromwell estaba convencido de que ya no se tenía que restaurar de ningún modo al rey en sus funciones y apoyó el requerimiento de que el rey fuera castigado. El monarca fue procesado por una instancia de 135 jueces, de los que solo 59 firmaron la pena capital. Por primera vez en la historia europea un rey fue decapitado en 20 de enero de 1649. los parlamentarios proclamaron la abolición de la monarquía y, en su lugar, instauraron la república.
Cromwell para imponerse al ejército empleó métodos drásticos aboliendo los consejos de los soldados —creados en 1647 en los regimientos—, luego ajustó las cuentas a los diputados a los que hizo expulsar del grupo parlamentario (20 de abril de 1651) y finalmente derrotó a las milicias del joven Carlos II en Worchester ( 3 de septiembre de 1651), poniendo fin a la guerra interna que había durado casi diez años. Se iniciaba así el periodo de gobierno de Cromwell, que fue nombrado en 1653 Lord Protector. Introdujo reformas eclesiásticas en sentido puritano, prohibiendo el culto anglicano y católico, favoreció a los judíos y a los cuáqueros. Intentó hacer gobernar Inglaterra por una decena de generales de alta graduación, lo que suscitó una viva oposición en el país. En 1657, la asamblea parlamentaria le ofreció la corona, pero la rechazó, aunque aceptó poderes de un soberano constitucional. Su tentativa de transmitir su prerrogativas en el momento de su muerte (3 de septiembre de 1658) a su hijo Ricardo —que fue proclamado como su sucesor— falló pronto. Una rápida serie de acontecimientos llevó a la restauración de los Estuardo en 1660.
La década del gobierno de Cromwell consolidó el éxito de trastorno interno inglés. Carlos II que ocupó el trono hasta 1685 fue ya de manera diferente a la anterior etapa Estuardo. Inglaterra había alcanzado su madurez y el rango de gran potencia en el plano internacional durante el gobierno de Cromwell. Construyó una auténtica flota que arrebató el protagonismo a los holandeses y que con el Acta de Navegación de 1651 la importación de mercancías coloniales quedó reservada a las naves inglesas y favoreció a comerciantes y artesanos nacionales. Holanda entró entonces en guerra con Inglaterra, en 1652, confiando en su flota pero que fue inferior a la inglesa especialmente concebida para el combate. El tratado de Westminster de 1654 puso fin al conflicto y Holanda tuvo que reconocer la validez de Acta de Navegación. Cromwell realizó un tratado comercial con Portugal y sus colinias. Se apoderó de Jamaica, al mando del almirante Blake, sometió a los corsarios argelinos y derrotó a la armada española en las islas Canarias, en 1657.

De Carlos II a Guillermo II


El proceso producido en el plano interno y posteriormente en el internacional en los años cuarenta y cincuenta del siglo XVII continuó en Inglaterra en décadas posteriores con nuevos logros civiles, políticos, militares y económicos. Tras la breve pausa del gobierno del hijo de Cromwell, el país estaba de nuevo en dificultades por el resurgimiento del enfrentamiento entre republicanos y monárquicos. La situación estaba en manos del ejército, cuyo jefe principal —George Monk— conocía sus proyectos hasta el último detalle. Aunque estaba al frente de las milicias de Cromwell, Monk creyó oportuno ponerse de parte de Carlos II, marchó sobre Londres y restauró el poder monárquico (mayo de 1660) aunque sólo en apariencia iba a recuperar su forma absolutista.
El largo reinado de Carlos II constituyó la fase en que fueron depurados los trastornos que habían tenido lugar en los veinte años anteriores. Discutible es la definición dada de «Gloriosa Revolución» al cambio de régimen inglés producido en los años 1688-1689 cuyos acontecimientos sancionaron la maduración de un largo proceso de confrontación política, social y económica interna en el que se insertaron además factores de naturaleza internacional. Lo que sucedió con Carlos II fue una restauración, la censura y un severo control de las actividades editoriales contribuyeron de nuevo a proteger la ortodoxia anglicana. El Parlamento elegido no dejó de condenar y perseguir a los partidarios de Cromwell y a los puritanos. Fue reconocida una renta anual al rey de cien mil libras esterlinas, así como a los guías de la iglesia nacional y a los mandos del ejército. El rey intentó también un acercamiento entre los miembros más moderados de las tendencias anglicana y calvinista, aunque sin gran éxito pero se orientó decididamente hacia la tolerancia religiosa.
Con la restauración, las sectas inglesas siguieron una notable evolución, expresaron cada vez más ampliamente la exigencia de una libertad de acción personal y económica, emancipada del autoritarismo estatal y eclesiástico. Así mismo, se cultivaban y se destacaban los valores impregnados de un sobrio y prudente activismo individual, como la laboriosidad y el ahorro: estos valores se constituían en distintivos de un grupo social que de forma nueva se podía calificar de burgués. Las condiciones internas y externas eran favorables a esos desarrollos. En el plano teórico e ideológico, el tránsito estaba simbolizado por el paso de la doctrina absolutista de Thomas Hobbes a la liberal y utilitarista de Jhon Locke (1632-1704). Cabe destacar a los bautistas, que se inspiraban en una amplísima tolerancia religiosa, y a los cuáqueros, de los que había sido animador Jhon Fox (1624-1691), que se entregaban a la inspitación religiosa individual sin tener en cuenta las ceremonias, los sacramentos ni la disciplina eclesiástica. Carlos II con una de marzo de 1672, suspendió las leyes penales contra los disidentes que retiró un año más tarde.
En su «Ensayo sobre la tolerancia» (1667) Jhon Locke contribuyó a poner las bases de una reflexión pragmática sobre la libertad de conciencia, en sintonía con la política whig de Anthony Ashley Cooper, futuro conde de Shaftesbury, donde el tenía un valor normativo para el presente y permitía creer la libertad del individuo, propia de cada uno, en la que el estado no podía intervenir. Llegó a sugerir una teoría de la soberanía y del derecho a la resistencia plenamente compatible con la constitución mixta deseada en el ambiente de los Whigs. Las ideas de Locke dieron vigor e incisividad a los acontecimientos revolucionarios y al mismo tiempo pacíficos de los años 1688-1689 en Inglaterra.
Durante el reinado de Carlos II siguió incrementándose la eficiencia de la flota, de favorecer el desarrollo de los tráficos comerciales. La confrontación entre anglicanos y puritanos estaba configurando un país más preciso por la simultánea consolidación de los dos partidos —el de los tories y el de los whigs—. Las provocaciones de los whigs permitieron a Carlos II disolver el Parlamento en que eran mayoritarios (1681)y descubrir un complot contra su persona y contra su hermano, el duque de York y el heredero al trono, con la consiguiente condena de algunos whigs (1683).
Las relaciones internas se hicieron más tensas a la muerte de Carlos II con la subida al trono del católico Jacobo II (1685). Los anglicanos se defendieron frente al eventual retorno de las fuerzas del catolicismo y se hizo más preocupante con el nacimiento del hijo del rey en 1688. Jacobo II proclamó en abril de 1687 una declaración de Indulgencia a favor tanto de los disidentes como de los cuáqueros y de los católicos y pretendió que los obispos anglicanos la hicieran leer públicamente lo que provoco diversas detenciones ante la negativa de alguno de ellos. En 1677 la hija primogénita de Jacobo II fue casad con el estatúder Guillermo III de Orange, ella anglicana y él calvinista y tras la absolución de los obispos incriminados por Jacobo II, tanto entre los tories como entre los whigs maduró la iniciativa de recurrir a estos príncipes para que ocupasen el trono inglés. Dos elementos contribuyeron al éxito de tal apelación : la irritante intervención de Luis XIV para impedir la marcha de Guillermo III y el hecho de que cuando éste desembarcó en Inglaterra (noviembre de 1688), Jacobo II no lo resistió y fue a refugiarse a Francia. Se alcanzó la solución de febrero de 1689 que estableció que una nación protestante no podía tener como soberano a un rey católico y según la cual Jacobo II había violado el contrato fundamental que había con el pueblo y por consiguiente el trono estaba vacante. Conciliando el derecho divino y hereditario de la monarquía se estableció que fuesen coronados tanto María como Guillermo, en virtud de la voluntad del pueblo.
El largo reinado de Guillermo III (1689-1702) estuvo caracterizado por el fuerte compromiso del país con la lucha contra las ambiciones de Luis XIV ya desde que era estatúder holandés se había asignado la misión de contrarrestar las pretensiones del soberano francés de conseguir el predominio de Europa y de hacerse campeón de la causa protestante.
La sociedad inglesa era ciertamente aristocrática aunque de un modo menos rígido al de la del continente. Por un lado estaba dotada de una suficiente coherencia social y, por otro, dinámicamente proyectada a las actividades económicas y de los negocios. La alianza de al menos una parte de la nobleza que poseía tierras con los ricos comerciantes se reveló como decisiva para la suerte de la «Gloriosa Revolución». Así el gobierno de Guillermo III encarnó el estado de los propietarios, de tierras o no, de los gentilhombres del campo como de los opulentos gobiernos de las ciudades. El control parlamentario aseguró la vigilancia sobre las asignaciones públicas y sobre su empleo por las clases dirigentes y toda la nación. Se sucedieron medidas significativas, como la Bounty Act (1689) que premiaba a los grandes propietarios de tierras por sus exportaciones de cereales, el Land Tax, sobre la propiedad territorial, las finazas y el estado se unieron en la institución del Banco de Inglaterra (1689) con un capital de 1.200.000 libras esterlinas suscrito en doce días. El éxito de los grupos que dominaban el capital fue confirmado con la creación del Board of Trade (1696) que garantizaba los intereses de los comerciantes a nivel gubernativo.
Estas iniciativas junto a otras como la instauración de la inamovilidad de los judíos (1689) o la abolición de la censura (1695) potenciaron la sociedad inglesa. Con el Acto de Tolerancia de 1689 se concedió libertad de culto a excepción de los católicos y los cargos públicos quedaban reservados a los anglicanos. Guillermo III logró restaurar la iglesia calvinista en Escocia, consiguió financiación para su guerra con Luis XIV y la coalición antiborbónica con Holanda y el Imperio. Con la Settlement Act, el Parlamento tomó las disposiciones definitivas en la cuestión dinástica, los Estuardo fueron excluidos de la sucesión al trono que a la muerte de Guillermo correspondió a Ana y a su marido, el elector de Hannover.
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La Francia De Luis XIV

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En 1643 Luis XIV sucedió, en Francia, a su padre a la edad de cinco años, y se mantuvo en el poder hasta 1715, aunque hasta 1661 fue el cardenal Mazarino quien gobernó el país y que durante la juventud del rey su autoridad se halló expuesta a una serie de disturbios internos, además de conflictos externos. Aún así, la monarquía se había reforzado y cuando el joven rey inició la fase de su poder personal, se sintió aureolado aún más que sus predecesores por un halo de grandeza. Luis XIV estaba convencido de que Dios en persona lo había investido de una tareas y unas funciones que debía desempeñar y se consideraba destinado a aumentar cada vez más su propia gloria y la de Francia. Encarnó el absolutismo del siglo XVII en la forma más acentuada sin dudar afirmar que el estado se resumía en su propia persona (L’Etat c’est moi) y se hizo con el título de «Rey Sol»
El fenómeno que domina la vida interna de Francia en la segunda mitad del siglo XVII es el de la estructuración de sus órganos e instrumentos de gobierno, articulados anteriormente por Richelieu y que durante el reinado de Luis XIV fueron totalmente racionalizados y sobre todo centralizados. Una de las manifestaciones más significativas del absolutismo francés del siglo XVII es la «Declaración de los cuatro artículos» de 1682 para ensalzar el poder del monarca y la absoluta independencia del estado frente al pontífice romano. El comportamiento de Luis XIV respecto a los jansenitas, celosos de su espiritualidad interior y no dispuestos a doblegarse, ilustra sus pretensiones, no vaciló en quemar las Provinciales de uno de sus célebres representantes, Blaise Pascal, en 1660. no menos tiránico se mostró con la revocación del Edicto de Nantes con respecto a sus súbditos hugonotes, sometidos a toda suerte de vejaciones de baja estofa.
Innumerables fueron las demostraciones del despotismo de Luis XIV: desde las más cotidianas, como la «lettre de cachet» con la que se encarcelaba indiscriminadamente, o la «régale» de revocación de rentas de los beneficios vacantes, a otras más específicas como la revocación de los síndicos de las ciudades. No obstante, muchos burgueses y miebros de la pequeña nobleza se orientaban hacia el servicio del rey y del estado y que se convirtieron en los instrumentos competentes y cada vez más organizados del poder público. Su celo permitió la constitución o el desarrollo de numerosos órganos centrales, como el Conseil d’en Aut. Y el Conseil d’Etat. Gracias a sus acciones, como las de los Intendentes, se tendió a reaccionar frente a las antiguas formas de privilegio y de desigualdad como frente a los desórdenes administrativos de la época de Mazarino. Estaban también un grupo de técnicos y especialistas, como los ingenieros del rey. Así se reforzaron los cuadros de una burguesía sólida y eficaz, celosa de sus atribuciones y capaz de sostener la estructura del país y las tareas internacionales.
Una figura importante fue la de Jean-Baptiste Colbert (1619-1683), cuya actuación resultó tan significativa que llegó luego a ser definida como una forma de gobierno, el «colbertismo». Tras haber administrado el patrimonio de Mazarino, a la muerte de éste último Colbert entró a formar parte del Consejo de las Finanzas, al cabo de cuatro años era ya el controlador general de las finazas del reino. Desde esta posición promovió una serie de reformas e intentó imponer proyectos de notable alcance económico y político. El impulso que dio a la contabilidad del estado la indujo a una ordenación más simple y racional, se revisaron las cuantas de millares de funcionarios financieros (durante cuatro años), después se procedió a la verificación de la «nobleza» de los que había evitado el pago de la taille. No puso en cuestión el privilegio de la nobleza y alto clero de no estar sometidos a impuestos pero con su reducción de los costes de exacción de los tributos y repartiéndolos mejor elevó notablemente sus ingresos. No consiguió lograr que en cada región se pagaran impuestos sobre la base de los bienes realmente poseídos, se siguió percibiéndolos por las estimación de las autoridades. Según Colbert para lograr mayores ingresos fiscales había que acrecentar el número de contribuyentes y aumentar la producción. Se dedicó a regular desde lo alto de los distintos sectores productivos. Su objetivo principal fue favorecer las actividades industriales y la mercantilización de sus productos, reduciendo los salarios, instituyendo una serie de medidas proteccionistas y conceder incentivos a las inversiones de ese tipo.. promovió una unión aduanera, se preocupó de las comunicaciones, incrementó los servicios postales, inició el canal del Languedoc. En 1669, nombrado secretario de estado de la Marina, creó los tres puertos francos de Marsella, Bayona y Dunkerke y publicó los códigos de comercio. Ordonnance du comerse, Ordonnace de la Marine y O.donnance civile.
Las intervenciones de Colbert se extendieron rápidamente al campo cultural, tras haber fundado una Academia de Escultura y Pintura (1664), en 1666 se instituyó la Academia de las Ciencias y en 1671 la de Arquitectura al mismo tiempo que la Academia Française y fundó también una Academia Francesa en Roma.
Otro gran representante de la política de Luis XIV fue François-Michel Le Tellier, marques de Louvois (1641-1691). Secretario de estado para la guerra desde 1666 y miembro del Conseil d’en Aut. Ejerció un papel importante por estas funciones y en particular por la organización del ejército. A él se deben numerosas iniciativas encaminadas a ofrecer un aparato bélico eficiente y disponible a la voluntad del soberano. Los efectivos terrestres pasaron de unos setenta mil a doscientos setenta mil aproximadamente. Mientras que el fusil sustituyó al mosquete, ya anticuado, fue introducida la bayoneta (1687) y aparecieron las primeras unidades de granaderos. Introdujo otras muchas medidas que racionalización el funcionamiento del ejército: desde la institución de las compañías de cadetes hasta la introducción de uniformes para todo tipo de hombres armados, desde la fundación de un gran hospicio para inválidos hasta la de los archivos militares. Las tropas siguieron no siendo exclusivamente francesas, había alemanes, húngaros y suecos, además de suizos. Las carreras militares se abrieron también a los extranjeros, como lo demuestra el caso del marqués Conrado de Rosen, originario de Livonia: mariscal de campo en 1677, tras su abjuración se convirtió en lugarteniente general de los ejércitos reales.
La dirección técnica era única y confiada a Sébastien Le Preste de Vauban (1633-1707) desde 1655. genial colaborador ocupó durante un largo periodo importantes cargos y se distinguió tanto por su independencia de juicio como por sus extraordinarias dotes de ingeniero. Miembro de la pequeña nobleza, llegó a ser mariscal de Francia. Ingeniero hidráulico y urbanista, economista y sociólogo, Vauban fue uno de los más altos representantes de la nueva mentalidad racionalizadora al servicio de la construcción del estado. Modernizando o implantando cerca de trescientas fortificaciones diversas, erigió un auténtico telón alrededor del reino.
Luis XIV se apasionó por las operaciones bélicas, en particular por el ataque y la defensa de las plazas fuertes, pero se interesó poco por la flota y por la expansión marítima. La Inglaterra de Cromwell era más consciente de la importancia de la presencia en los mares y de los asentamientos coloniales. Fue en el siglo XVII cuando se estructuró y articuló el dominio de las potencia europeas sobre el resto. Richelieu fue consciente de la apuesta positiva que representaban los océanos, intentando favorecer la colonización de América del Norte y la construcción de una embrionaria flota. Por voluntad del ministro Colbert, entre 1661 y 1674 fue creada casi de la nada por una potente flota de sesenta barcos de línea regular, cada uno armado con 74 cañones. Francia tuvo que hacer frente a sus enemigos también en el mar: en Beveziers (julio 1690), el almirante Tourville, al mado de más de setenta unidades mayores, obligó a huir a la escuadra anglo-holandesa mandada por Torrington. Se construyeron cuatro nuevos y grandes arsenales: Dunkerque, Brest, Rochefort Y Tolón, mientras que Marsella seguía siendo base de las galeras. Sin embargo, el interés naval de Francia siguió siendo insuficiente. Ls miras de Colbert chocaron con las ideas de Louvois, quien hizo lo posible para dar prioridad a las exigencias del ejército. Se dio un gran desarrollo a las defensas costeras (obra de Vauban), pero los gastos militares se revelaron superiores a su capacidad, fue necesario anteponer las exigencias terrestres que parecían primordiales, ya que los barcos de segundo orden, con cincuenta cañones, no podían imponerse, se utilizaron en la guerra de corsarios y se les asignó defender las costas atlánticas de pequeñas flotas de galeras. Tenía la marina el inconveniente de dos frentes de lucha —atlántico y mediterráneo— que le obligaba a dividir sus fuerzas, sin que una pudiese fácil y eficazmente unirse a la otra.
Aunque la lucha naval fue un rotundo fracaso, Luis XIV aspiró a la supremacía no sólo europea, sino también intercontinental.

Las guerras de Luis XIV

El Rey Sol concentró la mayor parte de sus fuerzas en la persecución principal de una hegemonía europea. El primer conflicto largo de su reinado fue la llamada guerra de «devolución» (1667-1668) que estuvo precedida por la contienda en el mar de las Provincias Unidas con Inglaterra (1664-1667) que el tratado de Breda puso fin sancionando la pérdida de la colonia americana de Nueva Holanda en beneficio de Inglaterra y que no había sido aún firmada cuando Luis XIV inició las hostilidades contra España. Sostenía que su consorte María Teresa, como hija del primer matrimonio de Felipe IV, era heredera legítima de los Países Bajos meridionales, las Provincias Unidas lograron formar una triple alianza con Inglaterra y Suecia (23 de enero de 1668) que repercutió en perjuicio de Luis XIV que había conquistado el Franco Condado y tuvo que restituirlo en el tratado de Aquisgrán ( 2 de mayo de 1668) y en compensación conservó las plazas ocupadas en los Países Bajos españoles (Lille, Courtrai, Douai, Charleroi, etc).
El rey francés mantuvo un fuerte resentimiento hacia las Provincias Unidas ya que además su flota mercantil dominaba gran parte del tráfico entre los puertos franceses del atlántico y los del Báltico. Desde 1659, el gobierno de Luis XIV había decidido aplicar una onerosa medida proteccionista consistente en un impuesto de 40 sueldos por tonelada de cada nave que hiciera escala en Francia, además Colbert había instaurado desde 1664 un sistema de derechos aduaneros que implicaba aumentos del 100 % sobre ciertos artículos. Los Estados Generales de las Provincias Unidas adoptaron contramedidas: el 2 de enero de 1671 prohibieron los aguardientes franceses y aumentaron los derechos de aduana sobre los tejidos importados de Francia. A los cinco días el Consejo del Rey Sol respondió aumentando las tarifas aduaneras sobre los arenques y las especias holandesas.
En previsión de la guerra, Luis XIV, gracias a la concesión de subsidios financieros, consiguió disolver la triple alianza y se aseguró la neutralidad del emperador Leopoldo I, el apoyo del Elector de Baviera y el apoyo de la armada de los ingleses. Una vez iniciadas las hostilidades, el almirante holandés Ruyter no vaciló en atacar a la flota anglofrancesa y la derrotó en Yarmouth (7 de junio de 1672). En el frente terrestre, ante el avance inicial de Tuerenne y de Condé —al mando de 120.000 hombres—, las Provincias Unidas tomaron la decisión de abrir las exclusas y provocar la inundación del país, con lo que el rey dio la orden de abandonar el territorio invadido. Poco después Inglaterra se separó de él y firmó la paz con las Provincias Unidas (19 de febrero de 1674) y se ponían a favor de éstas, rompiendo la neutralidad tanto el emperador como el Elector de Brandeburgo, Federico Guillermo, quienes ayudados por los daneses además de los holandeses infligieron una grave derrota a los suecos, aliados de Francia. Luis XIV se enfrentó a los españoles disputando la posesión de Sicilia, los comandantes de las flotas —el duque de Vivonne y Duquesne— consiguieron éxitos sobre las flotas españolas y holandesas en las inmediaciones de Stromboli, de Lípari y de Augusta.
Una serie de tratados fue firmada en Nimega entre agosto de 1678 y febrero de 1679, Francia además del Franco Condado, obtuvo una vez más a costa de los Países Bajos españoles importantes localidades fronterizas (Cambrai, Valenciennes; Maubeuge e Ypres), a cambio de la restitución a España de otras plazas (Courtrai y Charleroi). Pero frente alas Provincia Unidas no salió victoriosa y se alejó definitivamente de ellas.
El siglo XVII debía terminar con un conflicto general europeo, provocado una vez más por el monarca francés. Desde Nimega, estableció buenas relaciones con otras potencias, firmó una paz con el emperador Leopoldo I (26 febrero de 1679), mientras acordaba la paz entre Suecia, por un lado, y Dinamarca y Brandeburgo, por otro. Al cabo del tiempo, Louvois persuadió a Luis XIV para anexionar una serie de localidades de las fronteras del noroeste, obtenidas con el procedimiento llamado de las «reuniones», que determinadas plazas de reciente cesión se entendían anexionadas con todas sus dependencias, este blindaje fue seguido por la ocupación militar que se produjo entre 1679 y 1681, las reacciones no podían faltar sobre todo cuando los franceses se apoderaron de Estrasburgo (1681) y Casale.
La repuesta fue la gran victoria que las tropas reunidas de Juan Sobieski, rey de Polonia, y de Leopoldo I consiguieron ante Viena contra los turcos que la habían sitiado (12 de septiembre de 1683). El emperador estipuló con Luis XIV la paz de Ratisbona, (15 de agosto de 1684) lo que le permitió lanzar la contraofensiva antiotomana y se apoderó de Buda y de Belgrado. Tan ampliar tan extensamente sus dominios, el emperador estableció con España y Sueciala liga de Ausburgo (9 de julio de 1686) con clara función antifrancesa, al año siguiente se unía Brandeburgo cuyas tropas corrían en defensa de Colonia. La gran coalición contra Luis XIV fue completada entre 1689 y 1690 con la adhesión de las Provincias Unidas y de Inglaterra.
Luis XIV rompió las hostilidades en otoño de 1688, con la invasión del Palatinado. La guerra, contrariamente a sus previsiones, duró casi una década. Las atrocidades cometidas exasperaron a los príncipes del Imperio. El mariscal de Luxemburgo logró en Fleurus una clara victoria sobre las tropas españolas, alemanas y holandesas (1 de julio de 1690). En agosto de 1690, Catinat infligía una dura derrota en Staffarda a Víctor Amadeo II de Saboya (que había abandonado la alianza con el Rey Sol) e invadía el Piamonte. Al año siguiente, tras vencer a los turcos, el emperador dirigió sus tropas contra los ejércitos de Luis XIV. La guerra siguió siendo alterna: la flota francesa fue derrotada en la bahía de La Houge (1692), el mariscal de Luxemburgo batió a las fuerzas de Guillermo III de Orange en Stenkerke (octubre de 1692) y luego en Neerwinden (julio 1693), la flota francesa fue obligada a retroceder en Tolón. Los corsarios holandeses dañaban el comercio de los marselleses en Levante. Finalmente Luis XIV buscó el acuerdo con Víctor Amadeo II y se tendió al cese de las hostilidades, siendo estipulado un armisticio entre Francia y Saboya por un lado y España y el Imperio, por otro.
En Ryswick, entre septiembre y octubre de 1697, se restablecieron las cláusulas estipuladas en Nimega, lo que suponía un duro golpe para Francia que tuvo que restituir Luxemburgo y otras plazas ocupadas durante la guerra. Las Provincias Unidas se establecieron en las guarniciones de Courtrai, Ath, Mons, Charleroi y Luxemburgo. El emperador fue el último en firmar la paz tras la dificultad de definir la suerte de Estrasburgo.
El rey francés, que se consideraba invicto, no tardaría en inaugurar el nuevo siglo con otra guerra, al tenerse por invencible. En febrero de 1699 moría el que por negociación habría tenido que suceder a Carlos II de España, éste en vísperas de su muerte y presionado por el Consejo de Estado hizo testamento a favor de un sobrino de Luis XIV, Felipe de Borbón (2 de octubre de 1700). La larga guerra que no tardó en iniciarse tomó precisamente el nombre de guerra de sucesión de España.
Extinta la rama de los Habsburgo españoles, se encontraron como candidatos Felipe, duque de Anjou, segundo hijo del delfín de Francia y un Habsburgo: el segundo hijo del emperador Leopoldo I, el archiduque Carlos.
Luis XIV promovió la candidatura de su sobrino, además de otorgarle el derecho a sucederle en Francia, al que ya había presentado como rey de España, e hizo que éste le otorgara una concesión de poder para gobernar en su nombre los Países Bajos e hizo capturar a los delegados que tenían las Provincias Unidas según el tratado de Ryswick. Las potencias europeas acusaron el golpe. El rey francés fue más allá y en 1701, a la muerte del ex rey Jacobo II Estuardo, declaró reconocer como heredero legítimo al trono inglés a su hijo Jacobo III, de confesión católica. A la primavera siguiente se constituyó una coalición antifrancesa entre Inglaterra, las Provincias Unidas y el Imperio. Gran parte de Europa se convirtió en escenario de un conflicto que en verdad no era puramente dinástico, sino que concernía a relaciones de preeminencia, tanto económica como política, a escala mundial y se manifestó claramente cuán grande era la importancia del dominio de los mares y cuán relativamente limitado el predominio terrestre, ene l que confiaba sobre todo Francia.
Los varios años de guerra fueron ricos en vicisitudes alternas y en cambios totales en el orden militar y diplomático. Desde 1703 Portugal y Saboya pasaron del campo de Luis XIV al del adversario. En 1704, dos condottieri aliados —el caudillo de Marlborough y el príncipe Eugenio de Saboya— derrotaban a los franceses en Blenheim (13 de agosto de 1704) y una flota inglesa se apoderaba de Gibraltar (4 de agosto de 1704). El pretendiente Habsburgo, desembarcado en Lisboa, se dirigía a Madrid (donde entraría en junio de 1706). En septiembre de 1705 la flota inglesa había ocupado Barcelona y se apoderó de Menorca y Mahón. En el frente terrestre, Francia resistía mejor, aunque sus tropas habían sido derrotadas por el príncipe Eugenio en Turín /7 de septiembre de 1705) y por Marlborough en Ramillies (mayo de 1706). Los españoles mantenían la causa de su soberano borbónico, Felipe V, que tras una primera entrada en Madrid se instaló en ella definitivamente después de la victoria de Villaviciosa (10 de septiembre de 1710). La ofensiva de Marlborough y Eugenio de Saboya en Francia fue detenida en la sangrienta batalla de Malplaquet (11 de septiembre de 1709). El mariscal francés Villars derrotaría en Denain (24 de septiembre de 1712) al ejército del príncipe Eugenio.
Los contendientes habían intentado negociaciones de paz aunque sin éxito, pero un inesperado acontecimiento resultó decisivo: la muerte de José I, sucesor de Leopoldo I y la subida al trono del archiduque Carlos (pretendiente al trono español) y como estaban dispuestos a que el mismo Habsburgo gobernase en Madrid y Viena, los ingleses se inclinaron entonces por Felipe de Borbón mediante acuerdo ratificado en Londres el 8 de octubre de 1711. Inglaterra, le verdadera vencedora del largo enfrentamiento, asumió el papel de mediadora y consiguió hacer aceptar a las Provincias Unidas las condiciones de un acuerdo. El emperador se resignó a ello y de este modo la paz, oficialmente firmada en Utrech (2 de abril de 1713) entre Luis XIV e Inglaterra siguió en Rastadt (6 de marzo de 1714) la acordada entre el emperador y el Rey Sol.
Luis XIV tuvo la satisfacción de ver a su sobrino en el trono español y admitir que el trono inglés esperaba a un monarca protestante. Se produjo la separación efectiva de las dos coronas: la de Francia y la de España. Felipe V no podía conceder a los franceses privilegios comerciales o marítimos mayores que a los súbditos de otros países, siendo así los ingleses los más favorecidos. Los Países Bajos pasaban de soberanía española a austíaca que se extendía al estado de Milán, ducado de Mantua, reino de Nápoles y a Cerdeña. La degradación de su poderío era más evidente en ultramar, sus asentamientos en el estuario de San Lorenzo estaban rodeados por vastas regiones que habían tenido que ceder a los ingleses (Acadia, la bahía de Hudson y la isla de Terranova).
Los ingleses había hecho crecer enormemente su marina, Londres fue sustituyendo a Ámsterdam en la función de primer centro económico internacional y la libra esterlina suplantaba al florín holandés. La bandera británica ondeaba en todo el globo. Los tratados habían confirmado para Inglaterra la posesión de Gibraltar y Menorca. Se habían establecido en Santa Elena (1651), en la Costa de Oro africana (1667), Bombay (1668), afin del siglo XVII en Indonesia y Calcuta. Inglaterra llegaba así a la cumbre de su predominio, pues podía controlar los destinos de Europa e imponer su propia supremacía en casi todos los mercados principales.
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Los Estados Del Norte De Europa

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Un país bastante singular en el tablero europeo resultó ser Suecia, que se impuso casi con prepotencia en el siglo XVII. Rica en hierro y cobre, produjo además excelentes soldados y soberanos que, de forma poco habitual para la época, se ponían personalmente al frente de sus tropas. Casi indisoluble fue la perfecta unión con que los ejércitos aunaron la sincera devoción a la causa protestante y la dedicada al monarca. No fue menos importante el papel desempeñado en las empresas suecas por la potente nobleza que sacó de ello grandes beneficios. La aristocracia se convirtió en una fuerza expansionista, la guerra y las conquistas se alimentaron por sí mismas aunque el reclutamiento se realizaba a la antigua manera feudal. A partir de 1613 en la caballería predominó el voluntariado y en la infantería el reclutamiento, con cerca de diez mil hombres cada una.
El vigor continuo de las ofensivas suecas aseguró al país una reputación guerrera indiscutible. El expansionismo sueco empezó a declinar en 1660, la crisis financiera repercutió sobre todas las relaciones sociales y desde 1665 el estado no era capaz de sacar nada de dos terceras partes de sus tierras. Tras Westfalia y la Guerra de los Treinta Años, Suecia se había asegurado el control de gran parte del espacio económico de Alemania septentrional con la posesión de los estuarios del Elba, Oder y Weser lo que se añadía a su establecimiento en todas las costas bálticas.
El gran Elector de Brandeburgo, Federico Guillermo, ascendió al poder en 1640, fue el que inició el proceso de formación de la potencia de los Hohenzollern y apostó por una sola carta: el ejército. Al principio no disponía de buenas fuerzas ni de medios, para mantener la propia administración y pagar a las tropas dependía de las personas notables de las provincias, que poseían el control local sobre los impuestos. En su primer año de gobierno no disponía más que de dos mil quinientos hombres a cuyos jefes debía, a menudo, arrestar como culpables de vejaciones o licenciar por incompetencia. No obstante, logró aumentar el número de efectivos del ejército hasta ocho mil en 1648.
El primer y esencial vuelco para conseguir la reforma militar la llevó a cabo gracias a un compromiso. En 1635 obtuvo de los Junker (grandes propietarios nobles de tierras) una financiación de 530.000 táleros a cambio de importantes concesiones políticas y sociales. Federico Guillermo los autorizó como la única clase autorizada para adquirir propiedades además de otorgarles la exención de los impuestos y la jurisdicción absoluta sobre sus propios campesinos. El gran Elector administró sagazmente los fondos concedidos y dieron sus frutos: de 8.000 soldados en 1655, al año siguiente se pasó a los 22.000 y, en 1660 llegaron a ser 27.000. a partir de 1655 instituyó una especie de estado mayor general a las órdenes del barón Von Sparr, bajo cuyo mandato se encontraron cada vez más unificadas las diversas fuerzas provinciales. Realizó simultáneamente otra reforma que consistión en disminuir las prerrogativas de los jefes militares anteriores. Con la institución de un Comisariado general para la guerra, el reclutamiento, el abastecimiento, la soldada y alojamiento del ejército, además de la supervisión de los almacenes y los depósitos, fueron sustraídos al control de los distintos coroneles. Puso las bases de un sistema de absoluta fidelidad al soberano como jefe de las fuerzas armadas.
No tardó en ser lo suficientemente fuerte para desbaratar a los que le criticaban y desmantelar su resistencia, siendo sometidos a la voluntad del príncipe bajo la amenaza de la implantación militar de los derechos rechazados. Fueron los años de la guerra contra Suecia (1655-1660) los que permitieron a los Hohenzollern obtener, con la Paz de Oliva, la soberanía del ducado de Prusia. Al final del conflicto el ejército estaba totalmente organizado y los gastos cubiertos. Desde 1660 el gran Elector decidió asignar cargos estatales a los oficiales superiores que habían dejado ya el ejército e instalar a los soldados licenciados como colonos en tierras de propiedad pública (creando, con ello, una especie de reserva). Derrotó en sucesivos conflictos a los suecos, como en Ferhrbellin (18 junio de 1675) y practicó una política de tolerancia religiosa que le permitió gozar de la colaboración de grandes hombres para la administración y economía de su estado.
Le sucedió en el ducado Federico (1688-1713) quien reconoció en el ejército el baluarte de su propia autoridad aunque realizó otras obras de prestigio como la fundación en 1694 de la Universidad de Berlín y de la Academia de Bellas Artes dos años más tarde. De acuerdo con el emperador, el duque asumió el codiciado título de rey de Prusia y ser coronado en Königsberg en 18 de enero de 1701, la capital siguió estando en Berlín que fue engrandecida y embellecida. Después de su abuelo, el nuevo y homónimo soberano Federico Guillermo I (1713-1740) llevó el absolutismo militar a un nivel de plena madurez. Escribió en reglamento para la infantería, el adiestramiento y las evoluciones tácticas dieron a la infantería prusiana una flexibilidad y una precisión de maniobra desconocidas hasta entonces en Europa. Los efectivos del ejército alcanzaron los 83.000 hombres llegando a ser el cuarto del continente.
El edificio del absolutismo militar, al que potenció y mejoró, se completó con significativos ajustes políticos y sociales. Se apoyó decididamente en los Junker para integrar a las masas campesinas del ejército y también el servicio de los nobles en el cuerpo de oficiales fue realizado para establecer entre oficiales y soldados un tipo de relación análoga al tradicional de la sociedad rural. Así todos los nobles comprendidos entre los doce y dieciocho años fueron inscritos en listas sobre las que Federico Guillermo I designaba personalmente quienes eran admitidos en el cuerpo de cadetes de Berlín, así era raro que una familia aristocrática no tuviera al menos un hijo entre los oficiales, incluso a los menos provistos de medios económicos se les ofrecía una educación especial, un alto nivel de vida y la oportunidad de alcanzar los vértices de la autoridad militar o política. Como último punto del sistema, el rey mandó vestir a sus oficiales el mismo uniforme, por los que se hacía rodear y que, con el «rey sargento», formaban una especie de sociedad cerrada en sí misma.

El Imperio de los Habsburgo

Un perfil distinto es el del absolutismo de los Habsburgo del siglo XVII. Tras la paz de Westfalia cada pequeño estado alemán era una entidad soberana desmembrando el antiguo Sacro Imperio Romano. El Imperio adoptó entonces una nueva fisonomía en cuanto se identificó con los dominios de los Habsburgo en la Europa central y que comprendían una parte relevante de Alemania, Bohemia, Silesia, Eslovenia y Croacia, además de una parte de Hungría y el centro político del organismo imperial: Austria.
El absolutismo de los Habsburgo tenía poco en común con el prusiano o el francés, puesto que los dominios sobre los que reinaba conservaban autonomías y notables particularidades. Tanto a los grandes noble como a los altos dignatarios eclesiásticos les era en cierta medida posible engatusar al emperador, tanto en el plano administrativo o fiscal como en el del reclutamiento militar o en la ejecución de la justicia. No obstante, los intereses de la dinastía o los de la nobleza no dejaron de unirse estrechamente, recurriendo a una serie de compromisos, en el clima unificador de la Contrarreforma. El núcleo de la unión entre el soberano y la aristocracia estuvo cimentado por el espíritu de la cultura católica imperante en la zona.
En la Europa de los Habsburgo, desde 1648, la obra de la Contrarreforma se reanudó de un modo muy intenso con el expreso apoyo imperial, lo obispos no constituyeron un cuerpo social independiente de la dinastía y ésta reinaba en gran medida a través de la Iglesia y de la alta nobleza, ligados con fuertes vínculos entre todas. Prelados y nobles aparecían unidos por convicción y conveniencia, además de prestigio social, la propiedad agraria otorgaba a las familias dominantes el control de la justicia y la administración.
En todas estas tierras seguía reinando un absolutismo poco organizado. Ni los oficiales del ejército ni los funcionarios constituyeron los agentes de una auténtica centralización. El sistema judicial era aún menos unitario que los órganos de gobierno militar o político, por cuanto el Consejo aúlico (Reichshofrat) asumió una importancia cada vez mayor por la confianza en la imparcialidad de sus sentencias.
Singular era loa situación del ejército imperial, que desde 1648 asumió el aspecto de una fuerza armada permanente, aunque claramente cosmopolita. Por una lado, tendía a constituir un vínculo unitario supranacional y, por otro, ciertos cuerpos no recibían órdenes de nadie, comportándose de un modo autónomo, por ejemplo, los regimientos y guarniciones de los puestos fortificados de la frontera otomana. No obstante, existía un Consejo de guerra (Hofkriegsrat) que al tiempo que vigilaba las tropas intentaba controla el cordón de la frontera con los turcos desde Croacia hasta Transilvania. La financiación del ejército no estaba siempre aseguraba y se tenía que recurrir a toda clase de ingresos extraordinarios par cubrir las necesidades. Se debe reconocer que en la segunda mitad del XVII los territorios de los Habsburgo lograron constituir la base suficiente de un verdadero organismo estatal, reforzando igualmente la fidelidad a la dinastía y promoviendo un fuerte nexo entre religión y devoción a los Habsburgo.
La relación entre los nobles católicos y los sacerdotes era muy estrecha, muchos miembros de las órdenes religiosas estuvieron muy vinculados a la aristocracia. La importante presencia de la Compañía de Jesús alcanzó la cumbre de su influencia, en la Europa central, en la segunda mitas del siglo XVII. Los jesuitas se asignaron las tareas de una actividad misionera de reconquista, sobre todo en zona luteranas y calvinistas, consiguiendo su mayor eficacia a través de su densa red de colegios, donde acogieron a muchos nobles. Organizaron sociedades de laicos, se introdujeron en las universidades y hacia 1700 eran ya 1300. también fue rapidísimo el desarrollo de los capuchinos que a comienzos del siglo XVIII estaban establecidos en al menos cien localidades.
Decisiva fue la personalidad el piadosísimo Leopoldo I, que reinó desde 1658 hasta 1705. se valió mucho de sus consejeros (nobles o eclesiásticos), desde 1668 a 1685 tuvo como colaborador al capuchino Emmerich Sinelli que fue a la persona a la que más escuchó mientras ejerció las funciones de obispo de Viena (1680-1685). Supo hacer desempeñar una tarea esencia a su corte y fue precisamente gracias a ella como el emperador implantó el régimen absolutista. Cada provincia tenía su lugarteniente designado por el monarca. El centralismo de los Habsburgo resultó bajo algunos aspectos relativamente modesto y la unidad de los dominios imperiales no fue forjada sólo por la preeminencia política o militar del emperador. Viena —en 1683 tenía unos cien mil habitantes— era la vitrina del Imperio, con su rostro multinacional y su ciudadanía políglota. Los Habsburgo no quisieron alterar la jerarquía y consagraron el ascenso a un número limitado de familias por lo que aquella nobleza se convirtió en una casta más o menos exclusiva en la que se perpetuaron algunas decenas de casa aristocráticas que conservaron su predominio gracias a la acumulación de las posesiones de tierras y de las dignidades más prestigiosas. En las provincias, por debajo de los aristócratas más eminentes, estaba bien arraigada una nobleza de barones y de caballeros. Se podía hacer, también, una distinción entre dos categorías de nobles de la casa de Habsburgo: la austriaca, bohemia y húngara (territorios de directa soberanía dinástica) y la de tipo imperial de las demás regiones.
Limitación fundamental a los poderes del monarca estaba la llamada «ley del país», considerada vinculante para todos, también para el monarca. El órgano de gobierno que más se aproximó a una función supranacional fue el Consejo Privado, también existía una Cámara de la Corte para administración de las finanzas y de los impuestos indirectos.
Una especie de altar paralelo a nivel menor del absolutismo se había constituido en Austria sobre las dietas provinciales que comprendían el clero, las ciudades y a veces los campesinos, además de los nobles que predominaban en ellas. Estas asambleas establecía contactos con la corona, fijaban impuestos y aprobaban el reclutamiento de hombres para el ejército, además de presentar sus propias reivindicaciones. Esta alianzas preservaban los señoríos nobles.
Bohemia, seguía siendo la región más rica de la monarquía, aunque también la burguesía había sufrido un claro declive respecto a la aristocracia propietaria de tierras. En Silesia se sintió la presión de la Contrarreforma, cerca de seiscientas iglesias protestantes fueron cerradas desde 1650. Más clara y compleja fue la acción de la Contrarreforma en Hungría, se insistió en el culto a san Esteban, se intensificó la acción de tradición católica magiar y también se legó a la alianza entre la dinastía vienesa y quienes tenían los resortes del poder local (unas cuarenta familias de magnates) que controlaban la administración y tenían fuerzas armadas propias con las que defendían las fronteras de los ataques turcos. Fueron las diez mayores casas las que se unieron en torno a la dinastía, que en compensación dejó en sus manos los órganos de poder local y les aseguró un amplio prestigio social. Existía un último elemento que hacía de Hungría un territorio particular en el seno de la monarquía era la recíproca alergia entre el elemento magiar y el alemán, mal vistos eran los generales y funcionarios de Viena y los grandes nobles húngaros se sintieron cada vez más incómodos en la corte y en los cargos oficiales de la capital, debido a ello, la dinastía no logró implantar allí el orden político de tipo absolutista que intentaba extender y que provocó lasrgas y vivas revueltas sobre todo en el campo. No obstante, el dominio del país por los Habsburgo hacía constantes progresos, tras la conquista de Buda (1686), en la Dieta de Presburgo los magiares reconocieron el carácter hereditario de la corona de san Esteban en la Casa de Austria. En 1690 el emperador hizo reconocer a su hijo José como rey de los rumanos y soberano húngaro, pero tras los ocho años de la revuelta dirigida por Ferenc II Rakoczi, en 1711 se llegó a un acuerdo por el que el país conservaba toda una serie de órganos administrativos y políticos locales, así hasta la época de Maria Teresa, para hacer valer la mayor parte de sus directrices, los Habsburgo tuvieron que servirse de las instituciones magiares tradicionales.
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Los Estados De La Europa Oriental

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Como en la mayor parte de Europa, la atmósfera del siglo XVII se manifestó también muy agitada en dos grandes estados, uno al borde sus fronteras y otro en el Extremo Oriente. De notable extensión y duración fueron los trastornos de los que fue teatro la zona ruso-polaca. Condiciones favorables a la inestabilidad interna eran tanto el vagabundeo de los campesinos como de su resentimiento contra los gravámenes feudales de los boyardos o de los más recientes señores rusos y polacos. A esto se añadía la presencia de los cosacos, etnia seminómada establecida en las estepas de Ucrania meridional, a las dos orillas del Dniéper, que vivían de la caza, de la pesca, de la crianza del ganado o de las rapiñas que llevaban a cabo tanto a expensas de los rusos como de los tártaros. La expansión polaca en la zona les proporcionó caballos y municiones para luchar contra los tártaros, pero muy pronto los cosacos se volvieron contra los propios polacos, a los que los oponía también el antagonismo confesional. Seguidores de la religión ortodoxa, soportaban mal el proselitismo católico de los polacos y consiguieron atraer contra ellos a los campesinos, también ortodoxo, de Ucrania.
En este cambio de frente se distinguió, en la revuelta de 1648, el teman (jefe de tribu) Bogdan Chmielnicki, quien no dudó en aliarse además con los tártaros y con ésta ayuda logró una serie de victorias y en la batalla de Zborovo estuvo a punto de hacer prisionero al rey polaco Juan Casimiro. Las hostilidades siguieron por el interés de los magnates polacos en la zona. El esfuerzo militar hecho por ellos les llevó, por el momento, a resultados favorables, con el tratado de Belaia Tcherkov (1651). En este punto, los cosacos decidieron unirse a los rusos. Con el tratado de Pereiaslav, le pueblo cosaco pasó a formar parte del estado moscovita. Tras la unión, el zar Alejo Romanov y Chmielnicki consiguieron sucesivos éxitos sobre los polacos que perdieron los importantes centros de Esmolensko, Vilna y Grodno. Los cosacos, con todo, siguieron siendo un fuerte elemento de inestabilidad en las fronteras rusas.
La agitación empeoró cuando la potencia polaca llegó a chocar no sólo con Rusia sino también con el imperio turco y con Suecia. Su política expansionista se había dirigido incluso hacia Moldavia y Valaquia, por tanto hacia el área otomana. En el frente opuesto, Polonia se encontró en conflicto con los suecos, aunque más nefasta fue la invasión sueca de 1655 que llegó a amenazar la existencia del propio estado polaco y se vio la posibilidad de repartir su territorio entre sus enemigos y resultando peligrosa la actitud de los magnates que reconocieron la soberanía del rey sueco Carlos X Gustavo, quien recién ascendido al trono no tardó en entrar en guerra contra Polonia y ocupar Varsovia y Cracovia. Unidos por un impulso patriótico, campesinos, burgueses y pequeños nobles fueron al combate haciendo retroceder al invasor (1656). A continuación, Dinamarca, Brandeburgo y Austria decidieron enfrentarse a los suecos y el ejército austopolaco invadió Pomerania y puso sitio a la ciudad de Stettin. Carlos X Gustavo consintió negociar, exhortado por Francia que hizo de mediadora, se firmó la paz en la abadía de Oliva el 3 de mayo de 1660. Polonia reconoció al Elector de Brandeburgo la soberanía sobre el ducado de Prusia y que llevó a la fundación del estado Prusiano en 1701.
Mientras se producía el ascenso del país moscovita y ortodoxo. El zar Alejo (1645-1676) consolidó su propio poder en el ámbito interno a expensas del clero, no vacilando en internar en un convento al patriarca ruso Nikón (1667). Inició además una reforma de la administración estatal y una reordenación del ejército, además de promover la primera codificación escrita. Durante su reinado se la penetración rusa se extendió cada vez más en Asia que desde 1650 alcanzó los confines de China. En la segunda mitad del siglo XVII se produjo una peligrosa revuelta de los cosacos cuyo jefe Stepan Razjn organizó una banda armada que recorrió el interior de Rusia sublevando a su paso a los campesinos y a la plebe de las ciudades, en particular de la cuenca del Volga. Fue detenido a fines de 1670, gracias al empleo de tropas más modernamente adiestradas y armadas. También la gravísma carestía de 1670-1671 contribuyó a hundir el movimiento insurrecto: Razjn fue hecho prisionero y ajusticiado en Moscú el 24 de septiembre de 1671.
El zar Feodor (1676-1682), se sirvió de tesis como las del serbio Križhanié de trasladar la lucha del eje polaco al otomano. Tras la muerte del zar se produjo un periodo de instablidad por la ambición de su hija, Sofía hasta que en 1689 su hermanastro Pedro la derrocó y se proclamó zar. Su personalidad dominaría el país y daría un importante giro a la historia rusa.
La figura de Pedro I el Grande (1689-1725) es la vez la de un monarca absoluto y la de un soberano iluminado, sus métodos fueron enérgicos y, a veces, brutales, siempre autoritarios aunque encaminados a la modernización y a la puesta al día de la tradicional sociedad rusa, muy cerrada y replegada en sí misma que no dudó en proceder radicalmente en sentido contrario. Instituyó embajadas permanentes en varias capitales extranjeras, que no había tenido hasta ahora y él mismo realizó una estancia de instrucción en el extranjero: Holanda e Inglaterra. A su regreso a Rusia en 1698 empezó a gobernar de modo autocrático. Después de iniciar si gobierno personal, se lanzó a una serie de iniciativas innovadoras, que tendían al objetivo de organizar y hacer funcionar más racionalmente el vasto cuerpo cuyo jefe era él. Prohibió el uso de los largos vestidos de moda asiática, mandó a muchos jóvenes a formarse al extranjero, en 1701 abrió en Moscú una escuela de navegación que en 1705 fue transferida a San Petesburgo como Academia Naval. Fueron fundadas las Academias de Artillería y de Ingeniería y de preocupó por los problemas de la instrucción instituyendo en las provincias un gran número de escuelas elementales, valiéndose de la colaboración de los eclesiásticos.
Queriendo llevar a su país a primer rango mundial realizó numerosas reformas en todos los estamentos. Impuso un alistamiento más impersonal proporcional al número de habitantes, además de exigir que los reclutas se pusieran uniformes de estilo occidental, los impuestos extendidos a todas las clases sociales. Las exigencias de los diversos conflictos en que tomó parte el zar hicieran que cerca del 80 % del balance ruso fuese durante varios años absorbido por los costes militares, para obviar este déficit, además del monopolio de la sal y del tabaco, fue instituido un impuesto personal sobre cada campesino (realizando un censo con este propósito). No descuidó la formación de la flota que, a su muerte, la escuadra del Báltico, podía alinear unos cincuenta navíos de líneas regulares.
Notable fue también su actuación en la economía y administración interna, adoptó los criterios mercantiles difundidos en el siglo XVII: los aranceles de importación fueron aumentados, se concedieron privilegios a los propietarios de oficinas y fabricantes. Se desarrolló la metalurgia y la industria de armamento y la textil. Los comercios se fomentaron con fuerza. En el plano administrativo el territorio ruso fue dividido en ocho circunscripciones y más tarde en diez y cada una subdivididas en zonas con un número determinado de contribuyentes y que llevó en 1719 a la institución de cincuenta provincias. Operaba en ellas una densa masa de funcionarios organizados en catorce grados: quienes alcanzaban el nivel de oficial superior ascendían a los derechos de la nobleza. En el vértice de esa jerarquía, Pedro I creó un Senado. También procedió a una reforma eclesiástica (1721): el patriarcado fue suprimido y sustituido por el Santo Sínodo, un donde, al lado de los obispos, un procurador representaba el poder imperial. Con una ley del 5 de febrero de 1722 quiso regular la sucesión al trono y atribuirse el derecho a nombrar al nuevo zar, tenía relaciones tensas con su hijo Alejo, murió sin haberlo designado.
En el plano internacional participó cada vez más y enderezó sus intereses hacia las dos desembocaduras marítimas que entonces apenas lamían los dominios rusos: el mar Negro y el Báltico. Suecia fue le principal adversario con el que tuvo que medir sus fuerzas. En la primera fase de la guerra iniciada en 1708, Carlos XII se adentró tanto en territorio ruso que llegó hasta el Dniéper. El zar detuvo la ofensiva en agosto del mismo año y al año siguiente derrotó a los suecos en Poltava que le permitió ocupar Livonia y Estonia además de los principales centros de Carelia. En la segunda fase, a partir de 1712, avanzó hasta Pomerania y Finlandia, antes de que su escuadra naval derrotase a la flota sueca (julio de 1714), pero sus aliados daneses, polacos y sajones no le secundaron en su intento de desembarcar en Suecia y tuvo que consentir en firmar la paz en Instad el 30 de agosto de 1721. en el frente meridional logró extender sus posesiones hasta las orillas occidentales del mar Caspio, conquistando Derbent y Bakú a expensas de Persia (1723).
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El Crecimiento Demográfico

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La demografía es la primera dimensión que hay que evocar, en ella se verificaron cambios bastante importantes que influyeron en casi todos los sentidos de la vida colectiva, aunque de forma específica en lo económico y en lo social. En este siglo existieron relaciones evidentes entre la demografía y la situación internacional en Europa, que registró un incremento notable de población, debido, en gran parte, a la mejora casi total de las condiciones higiénicas y en varios casos urbanas, además de una mayor incidencia de los conocimientos y de las prevenciones de naturaleza médica. Hay que señalar que las dos últimas oleadas de pestes afectaron a Europa precisamente al inicio del siglo XVIII, una invadiendo en los años 1708-1711 las regiones centroseptentrionales y la otra, en 1720-1721 particularmente el sur de Francia.
Parece que hasta el año 1740 aproximadamente el crecimiento de la población europea fue más bien irregular y probablemente no de gran entidad. A partir de 1760, en ciertas regiones como los Países Bajos, Alsacia y Prusia se asistió a reflujos parciales de la consistencia demográfica. Si se considera el caso francés, se puede poner de relieve una disminución entre 1690 y 1720 y una situación de estancamiento en las dos décadas siguientes. Los flujos en este sector estaban en relación con los comportamientos colectivos que en las distintas áreas se podían observar por lo que se refiere al matrimonio. En las zonas más occidentales de Europa se tiene más en cuenta las exigencias vinculadas con el nivel de vida: estas exigencias indujeron a veces a un índice más bajo de natalidad, pero por otra parte pudieron contribuir a hacer que las poblaciones aprovecharan en mayor grado las oportunidades ofrecidas por las nuevas tecnologías agrícolas e industriales. En esos países de Occidente persistía una costumbre que preveía un matrimonio bastante tardío y menos generalizado. En el este y sur de Europa, el matrimonio más bien precoz y casi universal generaba un número de hijos más elevado.
El fuerte incremento demográfico de las regiones del este y del noroeste europeos estuvo relacionado con la colonización de nuevas tierras y con el asentamiento de la población en zonas casi vírgenes. Debe mencionarse el caso de los habitantes de Rusia, que pasaron de doce millones desde 1690 a quince desde 1725 y treinta desde finales del siglo XVIII.
Otra situación que merece ser puesta de relieve es el caso de Inglaterra, donde los progresos de la higiene personal, familiar y urbana fueron indiscutiblemente notables. En este país el momento del matrimonio tendió a ser anticipado y, por otro, la revolución agrícola redujo claramente la incidencia de la carestía y aseguró un mejor aprovisionamiento alimenticio. El índice de natalidad se mantuvo alto a partir de 1720 y el de mortalidad descendió. La población excedente del campo se estableció en parte en centros urbanos costeros o del interior, se asistió así en Inglaterra a casos de rápidos incrementos de la población en varias ciudades: Londres paso de 575.000 hab. En 1700 a 948.000 en 1800, Edimburgo de 36.000 a 83.000, Manchester de 8.000 a 84.000, Glasgow de 13.000 a 70.000, etc.
En Italia la tendencia de las aglomeraciones corresponde a la regla normal de Occidente, la comparación de sus poblaciones con los centros ingleses resulta bastante elocuente: Nápoles pasó de 300.000 a 430.000, Roma de 135.000 a 153.000, Milán de 125.000 a 135.000, Turín de 40.000 a 82.000, Livorno de 23.000 a 53.000, etc. Con todo, la población global de la península italiana registró un incremento notable en el transcurso del siglo XVIII, pasando de trece millones en 1700 a diecisiete en 1770 y a veinte a partir de 1820.
También fue en aumento la población global de Francia que pasó en el transcurso del siglo XVIII de 19 a 26 millones: París pasó de 500.000 hab. En 1700 a 550.000 en 1800, Lyon de 97.000 a 109.000, Burdeos de 45.000 a 96.000, Nantes de 47.000 a 77.000, Ruán de 50.000 a 80.000, etc. Los aumentos notables se verificaron solamente en los puertos atlánticos, que se beneficiaron de las fortunas coloniales del país.
El proceso demográfico de los centros de área germánica estuvo caracterizado por el gran ascenso de sus capitales: Viena de 114.000 a 247.000, Berlín de 55.000 a 172.000, Hamburgo de 70.000 a 130.000, Frankfurt de 28.000 a 48.000, Augsburgo de 21.000 a 30.000, etc.
No muy diferente fue la evolución de las ciudades españolas: Madrid de 140.000 a 168.000, Barcelona de 34.000 a 100.000, Valencia de 50.000 a 80.000, Sevilla de 72.000 a 96.000, Cádiz de 40.000 a 70.000, etc. La población española pasó de 7.400.000 de 1750 a 10.400.000 en 1787, la del imperio de los Habsburgo ascendió a 24 millones gracias a la nuevas conquistas italianas y eslavas.
Polonia permitió al estado prusiano contar desde 1740 con cinco millones y medio. En cambio en antiguo establecimiento urbano de la región correspondiente a la actual Bélgica no siguió el ritmo europeo: Bruselas paso de 80.000 en 1700 a 60.000 en 1800, Amberes de 67.000 a 62.000, Gante de 52.000 a 55.000, Lieja de 45.000 a 55.000 y Brujas de 35.000 a 31.000.
En la parte oriental de Europa, destacamos: Moscú de 130.000 a 300.000, san Petersburgo de 2.000 a 220.000, Praga de 48.000 a 79.000, Varsovia de 40.000 a 60.000, Bucarest de 45.000 a 50.000, Dantzig de 40.000 a 37.000, etc.
Finalmente, es significativa la relación que en varios países europeos subsistía entre los miembros de la nobleza y el conjunto de la población. La más alta, entre 7 % y 18 % se encontraba en España, seguida por Hungría (4,6%) y Rusia (3 %). Mientras que en Italia, Francia e Inglaterra esa relación giraba alrededor del 1%. El extremo más bajo se registraba en Suecia (0,5 %). En el conjunto del continente, sobre 170-190 millones de habitantes, los nobles oscilaban entre los 4 y 5 millones.
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El Crecimiento Económico

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Agricultura

El siglo XVIII es el último siglo de la historia de Europa occidental del que se puede afirmar todavía que las actividades económicas estuvieron dominadas por la tierra. En todos los países representaba la máxima parte del capital productivo.
El tanto por ciento de los campesinos era al menos del 80 % de la Francia prerrevolucionaria, el 75 % tanto en Polonia como en Rusia y no era muy inferior en Inglaterra. En este siglo, un aumento del catastro repercutía de un modo muy fuerte en la demanda de manufacturas industriales. Las formas de la propiedad y del cultivo de la tierra se hallaban en la base de la sociedad y repercutían también en el plano político, donde los gobierno europeos fueron inducidos a favorecer la agricultura como fuente de la potencia económica. El siglo XVIII fue el siglo de la fisiocracia, los fisiócratas sostuvieron en particular que para estimular la agricultura era necesario favorecer el libre comercio de cereales, además de promover el desarrollo de carreteras y la creación de canales. También estuvo caracterizado por el aumento de la producción, comprendida la de los intereses industriales (cáñamo, moras, lino). Si en la primera mitad el siglo el crecimiento fue debido a la roturación de terrenos, sobre todo en Inglaterra ésta fue luego la causa que llevó a los progresos tecnológicos.
En la producción agrícola de ese periodo los aldeanos decidían tanto los productos que se iban a cultivar como las fechas de arado, siembra y cosecha. Esto dificultaba la experimentación de nuevos métodos, señalando que la persistencia de campos abiertos y del sistema de cultivo «comunal» constituyó en todas partes un obstáculo a la introducción de mejores prácticas agrícolas. Por otra parte el desarrollo de la propiedad exclusiva de la tierra era rechazado por los miembros más pobres de la comunidad campesina, cuya posibilidad de subsistencia estaba vinculada a los bienes comunes de cada pueblo. Estos sistemas tradicionales de cultivo , sin embargo, eran muy poco aptos para responder de manera satisfactoria a un aumento de población continuo.
En ciertas regiones europeas existía aún mucha tierra abandonada, que el aumento de la población inducía a cultivar. En la Europa del Norte se recurrió a un sistema particular de conducción (Koppelwirtschaft) para coordinar mejor el gobierno de los terrenos de pasto y de las tierras destinadas a ser aradas, superando la distinción entre campos comunes, campos del campesinado y campos sin cultivar. En Inglaterra se recurrió a los cercados (enclosures), promovido por los grandes propietarios, se benefició del apoyo del Parlamento y del gobierno. El derecho a los cercados fue acompañado por la subdivisión de los terrenos comunales y por el aumento creciente de crisis para los pequeños propietarios agrícolas (yeomen), que hasta entonces habían sacado provecho del uso de esas tierras comunitarias. Estos campesinos se vieron obligados a vender sus tierras y a convertirse en asalariados agrícolas o bien en trabajadores de las ciudades.
En extensas zonas de Europa se utilizaba la llamada «rotación trienal», pero se empezaban a difundir innovaciones con respecto a este sistema, la introducción de nuevas hierbas de forraje (trébol, hierba medicinal y nabos) aumentó la producción del suelo gracias a las propiedades de ese cultivo. Su desarrollo contribuyó a mejorar la crianza y la selección delas semillas.
En el plano de la tecnología hay que mencionar el uso del arado de hierro y la siembra por el método de perforación.
En el cultivo el maíz se difundió en Languedoc y Rusia Meridional, el girasol en Bulgaria y el tabaco en los Países Bajos austriacos y Ucrania. Decisiva fue la presencia de la patata ya ampliamente difundida. En la crianza los merinos españoles llegaron a varios países del continente europeo, desde Prusia y Suecia.
La agricultura afectaba de modo directo, amplio y profundo a las relaciones entre los hombres. Desde Francia hasta Rusia y desde España hasta Austria, el interés del propietario noble era casi por norma introducir cambios o mejoras que no amenazasen el sistema social cuyo principal beneficiario era él mismo.
La revolución agrícola inglesa, además de un conjunto de innovaciones técnicas, trajo que los grandes propietarios de tierras confiaban sus posesiones a arrendatarios ricos que empleaban a trabajadores asalariados. El pequeño propietario iba desapareciendo, como la nueva agricultura inglesa exigía capitales, éste veía que le convenía más vender y convertirse en arrendatario, este último se convirtió en el símbolo de un personaje nuevo y reconocido, que alcanzaba un rango social de gentilhombre en virtud del dinero que sabía ganar con su propia capacidad y espíritu emprendedor.
Mientras los gentilhombres ingleses habían sido parte determinante en el despegue agrícola de su país en sentido capitalista, en varias partes del continente la nobleza mantuvo una concepción consciente y coherente de su posición especial en la sociedad. En Francia alrededor del 20 o 25 % de la tierra pertenecía a los nobles, el 15 % a los burgueses, el 10 % al clero y el 55 % a los campesinos. Los campesinos franceses no eran propietarios de tierras en el sentido moderno del término, puesto que estaban sujetos a la carga de obligaciones financieras con respecto al seigneur, que giraba en torno al 30-40 % de sus rentas. La aspiración a librarse de tales gravámenes fue la mayor fuerza que animó a la revolución campesina de 1789. En España, sólo los «grandes» estaban exentos de impuestos, los noble menores (hidalgos) estaban sujetos a ellos. Los señores castellanos arrendaban sus tierras con contratos de larga duración, en cambio, en Aragón y Cataluña los propietarios cultivaban aún gran parte de sus posesiones. En Andalucía, los trabajadores sin tierras constituían las cinco sextas partes de la población. A partir de 1759, el gobierno, quitando el privilegio de la Mesta, promovió en Castilla el arado de las tierras. La agricultura hizo innegables progresos en Italia, entre mejoras, roturas y deforestaciones, aunque todo ello fue en beneficio de los grandes propietarios y de la burguesía establecida en el campo. La política agrícola de los Habsburgo consistió en promover la formación de una clase de campesinos propietarios. El área germánica se podía dividir en dos zonas agrícolas: la del oeste del Elba, donde prevalecía la dirección de las tierras por parte de los campesinos y la oriental, caracterizada por extensas fincas nobles cultivadas por siervos. La economía de los grandes dominios rurales húngaros siguió siendo patriarcal, autosuficiente y aislada por la escasez de carreteras, la nobleza húngara poseía el 60 % de las tierras y en Polonia el 78 %, cuyos propietarios nobles se enriquecían con el mercado del trigo y con la destilación. Rusia era el país en que el gobierno central dejaba en mayor grado a los campesinos en manos de los nobles, sometidos a una servidumbre rigurosa, privados de identidad civil y sometidos a la justicia de los nobles, constituían casi un tercio de la población rusa a fines del siglo XVIII.

Comercios e Industrias

En el siglo XVIII se produjo un claro progreso comercial, manufacturero y crediticio. Este desarrollo económico se dio particularmente en algunos países de la Europa occidental, donde se registró un incremento de las personas empleadas en las manufacturas.
Los progresos estuvieron vinculados con los de los intercambios, con la aceleración de los transportes y con la mejora de las instalaciones portuarias. Los comercios internacionales seguían aún en primer lugar las vías marítimas, hasta el punto de que las naves europeas transportaron cerca del 75 % del valor conjunto del comercio mundial. El sector más dinámico fue el de los tráficos de productos coloniales, los puertos a los que afluían esos productos eran Londres, Liverpool, Bristol, Burdeos, Nantes, Ámsterdam y Copenhague y a partir de 1770 lo fueron también Hamburgo y Bremen. Entre 1780 y 1790, el 40 % del tonelaje conjunto de los navíos mercantes europeos hacía ondear la bandera inglesa o la francesa. Los grandes veleros del siglo XVIII eran una de las obras maestras de la tecnología europea.
En Francia, el tráfico global del país se quintuplicó entre 1715 y 1789, las exportaciones aumentaron de forma considerables, nuevas elites de empresarios burgueses se impusieron mientras la potencia financiera del estado —de precios y población constante— aumentaba sólo un 10 % entre 1698 y 1788.
En Inglaterra, hay que referirse a las Actas de Navegación bajo cuya protección el comercio exterior y el colonial conocieron una expansión notable. Walpole abolió gran parte de los aranceles sobre las exportaciones y además incentivó con premiso, influyendo positivamente sobre las actividades industriales. Para impedir la subida de salarios, adoptó una ley que prohibía las asociaciones de obreros. Se convertía en un ciudadano más que respetable quien había hecho fortuna en ultramar, a pesar de los métodos utilizados. Las llegadas de oro procedente de las minas brasileñas, recientemente descubiertas, hicieron de Londres el mercado monetario mundial. El crecimiento de la economía mercantil británica sacó su mayor provecho de las campañas militares coloniales y del uso afortunado de las fuerzas navales.
Los grandes competidores de los ingleses en el siglo XVII, los holandeses, estaban ya en franca decadencia. A partir de 1700, en particular los comercios de Hamburgo y Bremen se estaban imponiendo en perjuicio de los de las Provincias Unidas. En el transcurso del siglo XVIII, Ámsterdam mantuvo aún, la primacía en el campo bancario y financiero internacional.
Durante todo el siglo XVIII el mercantilismo de cuño propio del siglo anterior persistió en Francia, el país seguía siendo un mosaico de aranceles, reglamentaciones y medidas diferentes. Las regiones situadas en las inmediaciones de Lille y Ruán estaban entra las zonas más industrializadas del continente (con Barcelona, Ginebra, Zúrich y Génova). París, además, aparecía como un gran centro de mercado entre las grandes capitales, al lado de Ámsterdam, Ginebra o Frankfurt. El mercado de las capitales tuvo escasa incidencia en el desarrollo de la industria rural francesa. De hecho, el trabajo urbano era más costoso que el rural y los comerciantes de las ciudades otorgaban voluntariamente créditos a las industrial rurales(sobre todo textiles). Lyón y París figuraban como las más importantes ciudades manufactureras del continente. El desarrollo del puerto de Le Havre favoreció también la industria algodonera normanda, aunque los tejidos de algodón no fueron tan importantes como en Inglaterra, en Francia siguió prevaleciendo la elaboración de la seda, la lana y el lino.
En las regiones de Valencia y Cataluña se registró a finales de 1750 un florecimiento de las actividades relacionadas con el algodón y la seda. La transformación industrial catalana caracterizó la situación española y su relación con un satisfactorio mercado colonial de exportación facilitó la transformación de las industrias textiles rurales en actividades más mecanizadas.
En Austria, la emperatriz María Teresa intento también promover el surgimiento de las manufacturas textiles. Con todo, hasta finales del siglo XVIII, cuando el proceso de hilatura del algodón se pudo desarrollar rápidamente en Bohemia, la elaboración del lino, la lana y el algodón siguió siendo una ocupación rural invernal.
Se ha observado que a mediados del siglo XVIII los europeos disponían ya de una fuerza motriz cinco veces superior a las de los chinos. Las transformaciones eran lentas: basta citar el empleo del coque en la metalurgia, conocido desde el inicio del siglo XVII, aunque aprovechado sólo a partir de 1680. el uso del coque para la fusión del hierro se difundió en Inglaterra, donde el carbón de madera costaba mucho; se recurrió menos a él en Francia, donde los yacimientos de carbón fósil estaban bastante dispersos y distantes del mineral. El primer avance de la siderurgia británica se sitúa alrededor de 1760: fue seguido por un nuevo avance en 1780. La cantidad de carbón fósil extraída en Inglaterra, Gales y Escocia se triplicó entre 1680 y 1780. en lugar de hornos pequeños comenzaron a aparecer los altos hornos, los capitales invertidos, además de la capacidad productiva, eran claramente mayores, tanto en Inglaterra, donde la primera fusión con el coque fue realizada por Abraham Darby en 1735, como en Francia, que en 1785, Ignace de Wendel instaló los altos hornos de Le Creusot.
En los demás países del continente europeo la industria del hierro siguió estando durante mucho tiempo sujeta a los viejos procedimientos. Federico II indujo a William Wilkinson a crear en los confines de la Silesia prusiana unos hornos para producir cañones en que se usaba hierro fundido con el coque. Hasta 1775, el hierro importado de Suecia y de Rusia había aún dominado el mercado inglés: las transformaciones tecnológicas invirtieron entonces el proceso. Mientras Francia produjo 132.000 tm de hierro en 1796, la siderurgia de los Urales proporcionó 160.000 tm.
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La Crisis De La Conciencia Europea

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El siglo XVIII constituyó un periodo de acentuada presencia y de expansión posterior de las potencias europeas en los continentes asiático y americano. No puede decirse que los conflictos que se produjeron en suelo europeo fueran más importantes que los que se produjeron más allá de los océanos, el principio siempre fue el mismo: el afán de engrandecerse a expensas de los más débiles. Pero, existió una diferencia notable, en los territorios colonizados en ultramar existió por lo menos uno que supo reivindicar su autonomía y finalmente imponer a la madre patria su propia independencia. En Europa, en cambio, ninguna guerra fue redimida por un atisbo de idealismo, todas fueron la expresión directa de cínicos cálculos o de numerosos regateos. Además, en el siglo XVIII, apareció el brutal proyecto de disgregar los estados ajenos, de repartirse su territorio con desprecio de los vínculos que habían mantenido unidas a sus poblaciones.
Dentro del arte de guerrear, se asumieron nuevos caracteres, la formación de los oficiales y cuadros militares fue asumida por los estados en un grado bastante más alto que anteriormente, sobre todo en las fuerzas de tierra, el mantenimiento de los ejércitos desempeñó una función capital en la promoción social e intelectual de una franja no menospreciable de la población. Las fuerzas armadas se convirtieron cada vez más en un conjunto de cuerpos de oficios, que exigían un largo aprendizaje para adiestrarse e ingentes costes para mantenerse y equiparse. De ello derivó que los comandantes dudaron cada vez más que antes en poner en peligro la consistencia de su ejército e intentaron, a menudo, proceder a la ocupación del territorio conquistado a fin de constituirlo como prueba para los tratados diplomáticos. Los ejércitos contaron con sus propias reservas de víveres y de municiones. En el plano táctico, el fusil tomó definitivamente la delantera a las armas individuales y los ataques tomaron la forma de sucesivas oleadas de descargas ordenadas de artillería.
Superados los grandes ideales de conquista de siglos anteriores pasaron a ser los dinásticos, estratégicos o económicos los principales pretextos para batirse. La Europa del siglo XVIII era un espacio en el que era muy difícil mover un solo peón sin provocar una serie de repercusiones en potras partes del tablero de ajedrez.
La razón de estado, ya considerada obvia, no se identificaba solamente con el interés calculado y con la tendencia a la expansión territorial, marítima y económica, ahora esa tendencia constituían ya la traducción de la idea de asegurar el equilibrio de fuerzas, un orden internacional en el que se consolidan los más poderosos pero que se excluye la preponderancia de una sola potencia. Existía algo que se asemejaba a una especie de concierto europeo, sabiendo que de eso dependía también en buena parte el destino de las otras áreas terrestres. La razón de estado era la juiciosa consideración de un campo de fuerzas en cuyo interior era necesario reunir la coexistencia y convivencia, sin atropellar del todo ni romper las relaciones con los estados vecinos. La confrontación entre los estados estaba abierta y exenta de prejuicios, pero no existía el propósito de imponer formas de dominio exclusivo y menos aún a escala mundial.
Los monarcas y gobernantes de aquella época, movidos por sus pasiones y proyectos, actuaban a pesar de todo en nombre de las comunidades estatales que regían. En el siglo XVIII la situación se encontraba en una especie de fase intermedia entre la caracterizada por la presencia de supraestructuras de tipo religioso y confesional, que habían actuado hasta entonces, pretendiendo interpretar las exigencias colectivas.

El nuevo panorama político

Se puede afirmar que el orden surgido de los tratados de Utrech y de Rastadt en el inicio del siglo XVIII marcó bastante duraderamente el orden de las décadas siguientes, al menos hasta 1780, tanto por el desarrollo del estado prusiano como por la erosión del polaco. Algunos puntos que parecían bastante firmes fueron corroborados y consolidados, desde la supremacía marítima y naval inglesa hasta la entrada de las fuerzas rusas en el concierto europeo, desde la decadencia del imperio otomano y también de Holanda hasta la persistente incapacidad de los organismos políticos de la península italiana de introducirse en el juego de las competencias internacionales.
Se asistió a una repartición bastante nueva entre el grupo de las capitales que se situaron al frente de las iniciativas continentales. Entre las primeras ciudades, a Viena y Londres se unieron Berlín y San Petesburgo; entre las segundas, se situaron no sólo Madrid y Lisboa sino también París y Constantinopla. Francia, a la muerte de Luis XIV, ya no mostró poseer la altura que había alcanzado en los siglos anteriores, el desarrollo de las «luces», la difusión del pacifismo y la influencia de los “philosophes” o de una opinión pública de amplio espectro desempeñaron más bien en conjunto un papel negativo en una Europa en la que la eficacia en el plano internacional seguía estando vinculada a la acción incisiva de los más altos representantes y de los soberanos.
Inglaterra, representaba la potencia de primer rango, por el hecho de estar protegida por la primera flota de guerra existente como por el escaso condicionamiento territorial ejercido por las fuerzas del continente vecino. Más que conflictos con sus vecinos deseaba buenos negocios y conquistas estratégicas en los distintos mares y océanos. No era un hecho secundario que los vástagos de la aristocracia inglesa se consagraran voluntariamente a los negocios y al mismo tiempo acogieran sin dificultad a los representantes de la burguesía. La propiedad de la tierra se compaginaba con las inversiones comerciales y financieras y se acariciaba cada vez menos la idea de mantener un ejército permanente.
La tendencia de la pequeña Prusia y sus soberanos, que se había dotado de un aguerrido aparato militar, contaba al inicio del siglo XVIII con menos de dos millones de habitantes. Los dominios de los Hohenzollern eran un conjunto de territorios desarticulados o separados, situados en las cuatro puntas del espacio germánico: desde Pomerania, Prusia y Brandeburgo hasta Westfalia y las regiones renanas y desde Suecia al principado de Neuchâtel, de ahí sus ambiciones de conquistas que lo hiciesen un territorio compacto. La burocracia prusiana había sido constituida para servir al ejército y satisfacer sus exigencias.
El estado Polaco se distinguía por la característica anómala de ser al mismo tiempo una monarquía y una república. Era la Dieta de los nobles la que elegía el soberano, que se transformó en un campo abierto a las influencias exteriores y entre sus miembros se delineaban partidos cada vez más discordantes. Prusia, Rusia, Francia, España y el Imperio intervinieron como se produjo a partir de 1733 en la llamada guerra por la sucesión polaca entre los austrorusos y los Borbones de París y Madrid.
Aunque en franca decadencia, la potencia española no descendió en el siglo XVIII a tal grado de subordinación, a pesar que por la sucesión a su trono se había desencadenado un largo conflicto y se había accedido a poner en él a la dinastía extranjera de los Borbones. Este cambio deterioró las relaciones entre las cortes de Viena y Madrid, Felipe V de Borbón no fue reconocido por el emperador Carlos VI mientras se agudizaba la rivalidad ya que los dos aspiraban a la posesión de Sicilia, enfrentándose por ella e interviniendo Francia, al haberse aliado Inglaterra y Austria. La paz de Madrid de enero de 1720 obligó a los españoles a retirarse de Sicilia y Cerdeña. Madrid abrigó esperanzas de recuperar Gibraltar a la que puso un infructuoso cerco desde diciembre de 1716 hasta junio de 1727.
Las dos monarquías borbónicas obtuvieron algún éxito en la península italiana en el transcurso del conflicto que las había enfrentado a Inglaterra, Austria y Rusia por la sucesión al trono polaco. El tratado de Viena de 2 de mayo de 1738, que puso fin al conflicto, produjo varios cambios en la escena europea. Don Carlos, hijo del rey de España, obtuvo el reino de Nápoles y Sicilia con el nombre de Carlos III y cedió a los Habsburgo sus derechos sobre Parma y Piacenza. A Estanislao Leszczynski, excluido del trono polaco, se le asignó el ducado de Lorena, a Francisco, esposo de María Teresa, el gran ducado de Toscana.
Primogénita de Carlos VI de Habsburgo (1711-1740), María Teresa había constituido la primera preocupación del padre, decidido a traspasarle el trono. Desde 1713, el emperador había promulgado con este objetivo una “Pragmática Sanción” a la que intentó tenazmente que se adhirieran los demás estados. Sucesivamente obtuvo el reconocimiento de Prusia y Rusia (1726), Inglaterra y España (1731), Francia (1735) y finalmente Holanda (1739).
Carlos Vi se rebeló como un soberano enérgico y emprendedor, en 1715 declaró la guerra al imperio turco, de acuerdo con la república de Venecia, dejando la frontera en Saba, donde permanecería hasta 1914. Emprendió también otras iniciativas: para hacer competencia a los puertos de Livorno y de Génova, en 1718 constituyó los puertos francos de Fiume y de Trieste, en ésta última ciudad estableció una Compañía austriaca de Levante para aprovechar las cláusulas comerciales favorables obtenidas de los turcos en Passarowitz.
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