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La Economía Europea en el Siglo XVI

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Un conjunto de coyunturas afectaron a la economía del siglo XVI, la más constante fue el aumento de los precios que afectó primeramente a los estados atlánticos y que se extendió por todo el continente. El aumento era ya perceptible a finales del siglo XV, aunque el proceso no se hizo inflacionista hasta mediado el siglo XVI. Los precios agrícolas aumentaron mas deprisa que los demás, el simultáneo incremento demográfico contribuyó a ello, así, por ejemplo, los cereales se encarecieron cinco veces mas en Inglaterra, siete en Francia y aún mas en España.
El nivel de lo salarios no se elevó de un modo proporcionado, los salarios se doblaron o triplicaron a lo largo del siglo XVI, pero hubo un innegable pérdida de poder adquisitivo que se puso de manifiesto en apreciables devaluaciones monetarias. En esta época muy pocos vivían únicamente del salario lo que permitió aminorar los efectos de la degradación salarial que, sin embargo, constituía un peligro en el plano social, en la cuidad de Basilea, por ejemplo, se prohibió la inmigración de los trabajadores pobres.
La llegada masiva de gran cantidad de metal precioso (oro y plata) procedente de la América hispana agravó notablemente la inflación. España tuvo que difundir en múltiples direcciones los tesoros de cuyo monopolio disfrutaba y a inundar con ellos Europa. El motivo mas corriente de su empleo fueron los gastos militares que crecían sin cesar. España fue las región mas afectada por el alza de los precios y la que menos ventajas reales sacó de su sobrevenida riqueza.
Aunque la corona se había reservado el 20 % de toda cantidad de metal precioso almacenado en Sevilla, fue la primera en proclamar su insuficiencia. Felipe II declaró, en 1557, que no podía satisfacer las demandas que había contraído, unos siete millones de ducados. Otra bancarrota se produjo en 1575, con una suma mas del doble de la anterior, a esta se sucedieron otras en 1596, 1607, 1627 y 1647. en 1557, el gobierno español transformó su propia deuda en u obligaciones del estado. También se produjeron bancarrotas, ese mismo año, en los Países Bajos, en Milán y en Nápoles, así como en Francia. Las mayores víctimas fueron los pequeños ahorradores que habían prestado sus fondos a través de los banqueros. En toda Europa se extendió la inestabilidad financiera y se producían devaluaciones monetarias que provocaban la inflación.
Las necesidades crecientes permitieron al crédito prosperar pese a las dificultades y para hacer frente a la incertidumbre financiera se reclamó la creación de bancos públicos, en detrimento de los privados, que surgieron principalmente en Italia como los casos de Génova (1586), Venecia (1587), Milán (1597) y Roma (1605). El crédito se extendió con el uso, cada vez mas habitual, de la letra de cambio que se convirtió en el recurso indispensable para inversiones y transacciones comerciales. El crédito se desarrolló tanto en el sector público como en el privado, los estados tenían una incesante necesidad de dinero y sus gobiernos no podían sostener el ritmo de los gastos que tenían que efectuar, quien prestaba al estado tenía, además de los intereses, las garantías de los réditos o mejoras cedidas a cambio de los acreedores; en caso de bancarrota los réditos no eran anulados. Esto animó a la formación de un grupo de personas que vivían de los réditos y que además estaban vinculados a las instituciones, así, las francesas prestaban a la corona, en España existieron los , emitidos por el estado, y los censos de las municipalidades y de los particulares y que con el paso del tiempo los se convirtieron en uno de los pilares de la continuidad económica y social.
En el siglo XVI los propietarios territoriales procedieron al aumento de los cánones de arriendo, ante las perspectivas ofrecidas por el mercado, y se dedicaron a la administración directa de sus propios dominios. Un nuevo patriciado rural prosperó en muchas regiones de Italia, Inglaterra y países de la Europa centrooriental. En el campo romano, la nobleza usó los terrenos de labranza como pastizales ante la creciente demanda de carne de la ciudad.
En la primera mitad del siglo se extendió la superficie de los pastizales y en la segunda se comenzó a cultivar de nuevo trigo y cereales. Para reaccionar frente al alza de los cereales, España , por ejemplo, fijó los precios máximos de la producción lo que benefició en mayor medida al vendedor. En Alemania, Castilla la Vieja y Polonia los arrendamientos agrarios eran de largo plazo y aumentaron considerablemente a lo largo del siglo.
En definitiva, el aumento de la población hizo del cultivo de la tierra una inversión segura y un buen negocio tanto para los nobles como para los burgueses.
Otra de las características importantes de este período fue el incremento de las actividades comerciales e industriales. La economía europea era pionera por su dinamismo y organización, centro de producción e intercambio.
El siglo XVI representó una gran fase de renovada expansión gracias principalmente a las comunicaciones marítimas. Los centros marítimos atlánticos no superaban a los mediterráneos y bálticos, lo que sí ocurrió en el siglo siguiente. Las ciudades que impusieron su supremacía fueron Sevilla, Lisboa, Londres y Amberes. Las dos primeras constituían los centros de gravedad de dos vastos y ricos imperios coloniales. Londres, a pesar de prosperar cada vez mas, permaneció aún alejada de su máximo desarrollo. Bristol, Ruán, Bremen o Hamburgo, sin ser escalas secundarias, no eran de primera magnitud.
Amberes reunió las ventajas del tráfico intercontinental, las rutas europeas y los enlaces con el interior. El origen de su fortuna radicaba en su puerto debido a los intereses mercantiles de portugueses y alemanes, sus relaciones con Inglaterra, el Báltico y el Mediterráneo. Se convirtió en un motor económico mundial y un centro de múltiples industrias: textil, metalúrgica, naval, editorial. Se fabricaban gran cantidad de materiales y florecían las operaciones de crédito. Los portugueses encontraron en ella los capitales alemanes y la plata de sus minas, necesarias para sus colonias en las Indias. A mediados de siglo, la extraída en las colonias americanas de España les era más rentable y eso provocó que se retirara de Amberes, en 1549, su monopolio de las especias. En 1565, sufrió las consecuencias del agudo conflicto comercial entre Inglaterra y los Países Bajos y, en 1576, surgió el saqueo español. Londres y Ámsterdam comenzaron a sustituir a Amberes en el plano europeo e intercontinental. Mercaderes, empresarios y artesanos la abandonaron para transferir sus energías a Leiden, Rótterdam, Haarlem y sobre todo a Ámsterdam.
También los puertos bálticos y mediterráneos conocieron un importante desarrollo en el siglo XVI, así Alejandría aumentó su volumen de intercambio al igual que Constantinopla o Venecia. Un buen ejemplo de florecimiento mercantil en el Mediterráneo lo ofreció la flota de la ciudad de Ragusa que basó su fortuna en la creciente demanda de transportes marítimos mediterráneos.
Aunque no existieron innovaciones importantes respecto a los transportes, la expansión comercial resultó enormemente considerable y esencial para la formación de capitales. No faltaron, sin embargo, las tendencias monopolistas ni las concentraciones de numerosos agentes económicos en torno a un determinado eje comercial. En este tipo de operaciones se distinguieron los ingleses que habían obtenido de la corona el monopolio del comercio a gran distancia, tanto en Europa como fuera de ella, así la Moscovy Company gozó del derecho al tráfico hasta puntos como Jaroslav, Kazán y Astracán (dónde instaló sus almacenes) y desde allí en dirección a Bujara y Persia. Más tarde el zar concedió iguales privilegios a los holandeses, pero mantuvieron el dominio en aquella ruta comercial. En 1579 la Eastland Company con sede en Danzing y Elbing, en 1581 la Levant Company.
Los franceses realizaron su penetración comercial en el norte de África en la segunda mitad del siglo XVI, tenía cónsules en Túnez y Fez desde 1577, en Argel desde 1579 y se les concedió en 1604 un derecho de protección sobre los eclesiásticos latinos de Tierra Santa. Francia era la potencia cristiana preponderante en el área otomana.
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La Sociedad Europea En El Siglo XVI

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El s. XVI tiene mucho en común con el que lo precede y con el que lo sigue en el plano de la vida cotidiana. La mortalidad infantil sigue siendo muy elevada, en muchos lugares era superior al 50 % (Simancas y Palencia), se trata por tanto de una población joven por cuanto la probabilidad de vida en torno a 1600 era de 34 años para las mujeres y de 28 para los hombres. No se llegaba pronto al matrimonio, las jóvenes se casaban entre los 20 y 25 años, los hombres entre los 25 y los 29, tanto antes como después de 1600. Las prácticas anticonceptivas no se habían difundido aunque se recurría a ellas por distintos motivos.
El concilio tridentino tuvo como una de sus consecuencias la obligación a los párrocos católicos de registrar la natalidad; en Inglaterra se realizó a partir de 1653. A pesar de las plagas colectivas y de las deficiencias médicas, el s. XVI estuvo caracterizado por un fuerte incremento demográfico que alcanzó valores próximos al 50 % desde N-S, E-W de Europa: en el Imperio germánico se pasó de 12 a 20 millones, Inglaterra de 3,5 a 5. Este fenómeno se produjo de manera desigual en las ciudades, así Florencia y Milán no crecieron mucho a diferencia de las ciudades atlánticas (Sevilla, Lisboa, Amberes, Ámsterdam o Londres) y también crecieron ciudades como Madrid, Roma y Nápoles. Sin embargo no existieron grandes diferencias entre ellas y muy raras fueron las que superaron los 200.000 habitantes.
En este siglo muchas aglomeraciones fueron atacadas por enfermedades epidémicas: Venecia perdió el 30 % de su población entre 1575 y 1576, Santander el 80 % en 1599, Mantua el 70 % en pestes y Génova el 50 % en 1656, estos azotes (pestes) afectaban más a las ciudades y en concreto a los barrios más pobres y con malas condiciones higiénicas.
Las familias populares no eran muy numerosas, el número medio de hijos era de 4 siendo los pudientes los que tenían más. El aumento demográfico entró en crisis a finales del siglo por unas desfavorables condiciones metereológicas que causaron males cosechas, por la peste que se difundía en España, Italia y Alemania. Las zonas mediterráneas fueron más afectadas que las nórdicas que obligó a los estados costeros a importar masivas cantidades de cereales del Báltico. También las insuficiencias se relacionan con una inversión de tendencias en el campo, así a principios de siglo muchos campesinos eran relativamente pudientes, a comienzos del siglo XVII no producían trigo suficiente para sus propias necesidades. Se instituyó una relación entre la presión demográfica y el alquiler de tierras y este deterioro de las condiciones de los campesinos provocó los traslados de población donde no existían obstáculos para su movilidad. Muchos perdieron la propiedad de las tierras que poseían quedando reducidos a la condición de braceros temporeros o de desocupados y vagabundos mientras en Francia e Inglaterra los trabajadores agrícolas se convertían en mayoritarios en el mundo rural a causa del aumento demográfico, gran parte del suelo estaba constituido por campos comunales mientras que las haciendas pertenecían a los burgueses, al clero o a los aristócratas. Después de la guerra de los campesinos en tiempos de Lutero una gran cantidad de regiones se vieron afectadas por este tipo de revueltas.
Se ampliaron las zonas de cultivo ante la demanda de los campesinos, al no beneficiarse del aumento del precio de los productos de la tierra, muchos bosques y pastizales comenzaron a roturarse y se saneaban terrenos pantanosos en Italia, Inglaterra, Francia y Alemania. La agricultura pasó por un periodo de notable desarrollo aunque no de progresos técnicos. Sobre los campesinos siguieron gravando el fisco con impuestos como la talla y el clero con sus diezmos y crecían los arriendos., con todo un número impreciso se benefició con el alza de los precios de los comestibles mientras pudo gozar de los cánones antiguos.
Esta época vio desarrollarse notablemente el pauperismo, las formas de caridad medievales estaban en crisis o se manifestaban como insuficientes, tanto la reforma protestante como la católica buscaron nuevas soluciones. También varias órdenes religiosas surgidas en el mundo católico propusieron entre sus objetivos la ayuda a los necesitados, tendencia que se acentuó entre el s XVI y el XVII. Los grupos mercantiles fueron los más sensibles con la pobreza, en Inglaterra la burguesía disminuyó, hasta una sexta parte, sus donaciones para el culto y aumentó hasta el triple las destinadas a la asistencia. El s. XVI vio surgir los Hospitales de Lyon (1533), Londres (1544) y París (1554) y cómo se recurrió al sistema de dar una licencia a la mendicidad, así los mendigos españoles podía pedir limosna en sus ciudades y sus inmediaciones hasta seis leguas, en Londres los mendigos iban provistos de señales de reconocimiento y autorizados a pedir limosna. Más adelante se limitó el radio de acción al territorio parroquial. Desde 1530, en Inglaterra y Francia, se difundió el uso del impuesto para los pobres y se adoptó la distinción entre hospitales. También se tomaron medidas contra el vagabundeo. En Inglaterra fueron tan severas que fueron abolidas. Se aplicaron también a los pobres y se fue cambiando la imagen de ser la representación viviente de Cristo por la de enemigo de la sociedad de los pudientes.
En el siglo XVI el grupo social predominante siguió siendo el de la nobleza, que tenía en sus manos el ejercicio de las distintas formas de poder. La burguesía aceptaba la superioridad de la nobleza y la aristocracia, lejos de ejercer su dominio incontestado, se acercaba hacia su decadencia. Las monarquías seguían practicando la política de limitar los derechos de los feudatarios sobre los que residían en sus dominios o jurisdicciones, así los príncipes europeos perseguían un doble objetivo: consolidar su propia autoridad en el ámbito local y debilitar la fuerza de los nobles, inestables en su fidelidad. Los nobles reaccionaron para restaurar sus antiguos derechos o haciendo indispensable su apoyo a los monarcas obteniendo a cambio privilegios. La relación entre nobleza y monarquía se configuró de manera muy variada según los países, en España la afluencia de elementos burgueses al servicio del soberano no puso en entredicho el vínculo privilegiado entre la corona y la aristocracia, que no se opuso al absolutismo de la corona ya que los nobles controlaban todas las ramas de la administración. En Francia la monarquía tuvo que luchar hasta mediados del siglo XVII para dominar la resistencia e intolerancia de la aristocracia y se apoyó más en los elementos que provenían de la burguesía.
Según el censo de fines del siglo, en Castilla la Nueva los nobles controlaban el 40 % de las ciudades y el 34 % de la población, aunque seguían fieles a la corona, mientras en Polonia la habían reducido a un cargo electivo.
En el entorno militar, el ejército inglés a mediados de siglo tenía aún una estructura feudal lo mismo que algunos países europeos hasta mediados del siglo siguiente.
La burguesía ponía múltiples obstáculos a la supremacía de la aristocracia, más fuerte en el plano económico tendía a obtener los rangos de la nobleza. Para engrosar su patrimonio, los burgueses, habían tenido que ejercer personalmente actividades lucrativas, en general mercantiles y que por tradición los nobles se habían abstenido de ello. Los nobles sostenían que era indispensable a su condición social construirse lujosas mansiones, tener un notable séquito de criados, darse al juego, la caza y los banquetes. No dedicaban tiempo a acumular dinero pero sí a gastarlo con largueza y generosidad sin tener en cuenta sus disponibilidades efectivas. En España se recurrió al mayorazgo para preservar los patrimonios aristocráticos, sus normas prohibían la venta de las propiedades familiares, aunque sí podían contraer deudas, esto mantuvo los bienes mobiliarios, regulando al mismo tiempo el régimen de primogenitura.
En Francia los nobles afirmaron que no podía pertenecer a la nobleza quien no fuera de sangre noble y por otro lado perdía sus privilegios quien ejerciera actividad mercantil, la , aunque muchos juristas admitieron que quien se dedicara al comercio no podía sufrir la pérdida sino tan solo la suspensión del rango mobiliario. La posesión de una tierra titulada no bastaba por sí sola para acceder a la nobleza, había que vivir como tal y demostrar que sus antepasados lo habían hecho igualmente, pero a pesar de estas severas exigencias, el estado noble fue un cuerpo social bastante permeable.
Las relaciones entre la nobleza y la burguesía variaban fuertemente de un país a otro. En los principados germánicos los burgueses son podían adquirir propiedades nobiliarias. En Inglaterra no hubo cuestión de limpieza de sangre ni batallas genealógicas, la aristocracia inglesa no era una auténtica casta, sus miembros no perdían su prestigio ni rango al dedicarse a los negocios y se podía llegar a la nobleza aún sin poseer propiedades territoriales. Los grandes aristócratas seguían ocupando los altos cargos que la corona les reservaba, mientras la administración efectiva estaba en manos de la pequeña nobleza que desempeñaba los cargos de sheriff y juez de paz y alimentaba la Cámara de los Comunes.
La tierra tuvo una gran función social para la aristocracia. En Italia la tierra fue anhelada con mayor afán por los patricios urbanos, en el resto de Europa el desenlace fue desigual mientras en unos los nobles del campo eran los menos afortunados en otros conquistaron posiciones envidiables. La nobleza supo hacerse emprendora y las burguesías ciudadanas cedieron cada vez más terreno frente al carácter emprendedor de la nobleza, que se manifestó tanto en el plano social como en el económico y político. Los nobles daneses, prusianos y polacos supieron sacar provecho de sus tierras y vender directamente sus productos los comerciantes ingleses y holandeses. Esto ocasionó que los más perjudicados fueran los campesinos reducidos al estado de servidumbre hereditaria.
En el siglo XVI existió una interdependencia entre los polos de mayor desarrollo y las zonas marginales, existió una complementariedad entre los países de la Europa oriental y occidental ya que los productos de unos encontraban salida en los otros. La prosperidad holandesa e inglesa tuvo su exponente en los comercios bálticos.
En Rusia los zares se mostraron sumamente hostiles con las corporaciones ciudadanas, el poder de los príncipes moscovitas fue aquél que más revistió un carácter sacro, su autocracia marcó profundamente la sociedad rusa en el transcurso del siglo XVI. A principios se llevó a cabo una importante reforma que favoreció a los pequeños nobles en perjuicio de los antiguos aristócratas. Iván III otorgó a quienes le servían el usufructo de las tierras conquistadas, los boyardos intentaron desquitarse a la muerte de Basilio III, pero Iván IV “El terrible” tomó de nuevo, a su mayoría de edad, las riendas del estado confirmando el carácter hereditario de las tierras otorgadas por Iván III y entregó muchas otras en la zona de Moscú. El zar, con los privilegios otorgados a los nobles de servicio, logró formar una fuerza militar autónoma que le sirvió para hostigar a los boyardos expulsándolos a millares y ejecutándolos en masa. Promulgó leyes para aumentar las prestaciones de los aldeanos y vincularlos al suelo con la prohibición absoluta de alejarse del mismo.
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La Ruptura De La Cristiandad

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El humanista Vives, como Erasmo y Moro eran espíritus profundamente religiosos. Todos los que integraban este mundo de intelectuales, eruditos, filósofos, latinistas, constituían también un universo de hombres preocupados por la renovación de las relaciones entre Dios y el hombre. Como premisa de partida es necesario afirmar que el Dios de los humanistas es ante todo amor, de tal manera que era preciso abandonar la imagen que el cristiano tenía de un Dios airado y terrible, divulgada desde los púlpitos medievales. Para lograrlo los humanistas pensaron que había que cambiar las ideas y las palabras. La primera consecuencia fue la preocupación, aparentemente erudita, por revisar las versiones oficiales de las Sagradas Escrituras. Las nuevas ediciones modificaban notablemente los textos medievales. Una vez conseguido, era preciso dirigir las críticas hacia los que oscurecían las palabras: hacia los teólogos, "hierba pestilente" en palabras de Erasmo, más empeñados en los debates sobre los misterios divinos y sobre los dogmas que en acercar a Dios a los hombres. Frente a sus "sutilezas sutilísimas" los humanistas propusieron una teología, una fe y unos ritos sencillos. Bastarían unos pocos dogmas; establecida la libertad del hombre, la religión sería una cuestión individual ajena a normas; la Iglesia sería una institución que serviría sólo para ayudar a los hombres en su camino de salvación; lo verdaderamente importante sería vivir según el mensaje evangélico, liberado de las formas y fórmulas eclesiásticas, tal como lo habían hecho los apóstoles y los primeros cristianos. La religión resultante era tan ecléctica, individualista y subjetiva que se reducía a un moralismo basado en el seguimiento del mensaje evangélico de Cristo, dejando la salvación a merced sólo de la fe que vive del amor. Esta inquietud religiosa de los humanistas no era ajena a los ambientes menos intelectualizados. Constituía una nota más del clima que preludió la Reforma. Pero en modo alguno puede atribuírsele causalidad en las conmociones religiosas y espirituales que vivió Europa a comienzos del siglo XVI.
Se suele asociar la Reforma a un hombre, Lutero, y a una fecha, el 31 de octubre de 1517, cuando el fraile agustino publicó las 95 tesis sobre las indulgencias. Pero antes de que eso sucediera se propagaron ideas, como las humanistas, y se despertaron sentimientos religiosos, como los de la "devotio moderna", que fomentaron, provocaron e hicieron posible un clima de escisión de la Iglesia católica, apenas deseada ni siquiera por los que exigían reformas. Es decir, antes de Lutero existía ambiente de reforma. Antes de Lutero existían críticas (la de Wyclif, la de Huss, la de Erasmo) sobre los modos de vivir la religión en el seno de la Iglesia. A partir de Lutero y gracias a él se discute la doctrina, la religión misma. En el origen de todo ese proceso, que conduce desde la mera crítica hasta la elaboración por parte de los reformadores de una nueva doctrina, se encuentran tres causas. En primer lugar, en el origen de la reforma protestante está la disolución del orden medieval, es decir, la ruptura de la unidad política, espiritual y religiosa que lo caracterizaban: la Iglesia, una en la Cristiandad, representada en la unidad de "sacerdotium e imperium". Los cismas medievales y la aparición del sistema de iglesias nacionales dependientes de los poderes seculares representan el preludio de esa quiebra. Al mismo tiempo, el orden medieval favoreció socialmente el clericalismo fundamentado sobre privilegios estamentales y sobre el monopolio cultural de los clérigos, lo cual les confería una superioridad subjetiva sobre los laicos. Cuando el monopolio y la superioridad se rompieron, por la aparición de los círculos humanistas ajenos al clero, se creó una atmósfera antiescolástica y anticlerical que favoreció, como hemos dicho en el epígrafe anterior, el desarrollo de las ideas reformistas.
En segundo lugar, en el origen de la Reforma están los abusos morales de algunos Pontífices y del clero. Por abusos se entiende: la negligencia en el cumplimiento de los deberes apostólicos, el afán de placer y la mundanización en las conductas clericales, la excesiva fiscalidad sobre los fieles cuyo único fin era precisamente costear la vida ociosa de los clérigos, el sentido patrimonialista que gran parte del clero tenía de la iglesia, hasta el punto de que muchos clérigos no se sentían como titulares de un oficio, sino como propietarios de una prebenda, en el sentido del derecho feudal, al que iban ligadas algunas obligaciones, no siempre bien observadas. Y por último, estaba muy extendida la concentración de cargos eclesiásticos (obispados, curatos, capellanías que llevaban aparejada la cura de almas) en una sola mano. Este conjunto de abusos produjo un extenso descontento contra la Iglesia mucho tiempo antes de que estallase la Reforma, pero constituyó un arma eficaz, empleada por los reformadores del siglo XVI, para conquistar las adhesiones populares contra Roma.
En tercer lugar, en el origen de la Reforma estaban también algunos factores netamente religiosos, entre los cuales cabe destacar: la falta general de claridad dogmática que afectaba no sólo al pueblo sino a los propios eclesiásticos y la extremada sensibilidad religiosa del creyente que hacía angustiosa la tarea de asegurarse la salvación eterna, más valorada incluso que la existencia terrena. Toda la vida del hombre, desde su nacimiento a su muerte, desde la mañana a la noche, estaba dominada por percepciones y referencias sagradas: aquellos hombres apenas podían definir la frontera entre lo natural y lo sobrenatural, tendían a asegurarse la salvación mediante un sistema abigarrado de protecciones, de abogados celestiales, mediadores de todo tipo y para todas las circunstancias, tan criticado por los humanistas, por supersticioso. La salvación eterna era un asunto tan primordial que el cristiano vivía preparándose cotidianamente para morir, de tal manera que la vida constituía un valor subordinado a la forma de morir. Dicho de otro modo, la vida tendría sentido si se conseguía una buena muerte. En aquel ambiente la comunicación entre vivos y difuntos era continua. Los que vivían lo hacían pendientes de generar recursos salvadores. Los difuntos que no hubiesen obtenido la gracia del cielo directamente se beneficiaban de las misas y sufragios encargados por los vivos, que les ayudarían a abreviar la cita previa al cielo, el purgatorio. Las indulgencias, que concedía la Iglesia, eran para quien las conseguía y las acumulaba una manera de remisión de penas en el purgatorio. Eso explica la demanda (espiritual y material) de ese tesoro administrado por el Papa, quien lo explotaba a través de las órdenes religiosas, los párrocos, etc., pues las indulgencias las compraba el cristiano. Se facilitaban ganancias de indulgencias a cambio de un donativo. Eso generó la avidez de algunos, más atentos en financiar sus lujos, y la obsesión de otros, empeñados en acumular días, meses o años de perdón para asegurarse el tránsito hacia el cielo. La Curia romana, insaciable en obtener dinero para la hacienda pontificia, se atrajo con este sistema la antipatía y el odio hacia el Papado, un factor nada despreciable si deseamos explicar el clima reformista de principios del siglo XVI.
Este desprestigio del Pontífice de Roma se había ido fraguando con el tiempo. A lo largo de la Baja Edad Media hubo momentos en los cuales los cristianos asistían atónitos y perplejos a la presencia simultánea al frente de la Iglesia de dos Papas (uno en Roma, otro en Aviñón) lo que producía un desconcierto sobre la legitimidad, la autoridad y la infalibilidad de uno o de otro, al mismo tiempo que las ponía en entredicho. Su consecuencia fue el fortalecimiento de la teología conciliar y de las opiniones conciliaristas, la convicción de que la interpretación de la verdad, la emisión de las normas y la capacidad suprema de decisión correspondían a los concilios generales, verdaderos representantes de la Iglesia y capacitados para juzgar al Pontífice falible. Sólo el Concilio V de Letrán (1512-1517) sometió tales teorías, pero no cabe duda de que éstas contribuyeron decisivamente a la ruptura de la Cristiandad.
El ambiente en el que triunfó la Reforma estaba dominado de un fuerte sentimiento apocalíptico. Todos en Alemania y en gran parte de Europa estaban convencidos de que el fin de los tiempos estaba inmediato. El fin del mundo vendría acompañado de la visión del Anticristo y de su breve reinado, del triunfo de Cristo y del juicio final. El conjunto se convirtió en arma de combate y en instrumento de propaganda eficaz de los predicadores y reformadores, para quienes el Anticristo estaba encarnado en el Papado y reinaba en Roma. Lutero y los alemanes se sintieron dominados por la obsesión del último día, por la obsesión de la necesidad de instauración de una Iglesia nueva. Para obtener la certidumbre necesaria había que dirigirse a la suprema fuente de revelación, la Sagrada Escritura, evitando intérpretes falibles y poco autorizados. La imprenta, los humanistas, los predicadores y los catequistas del pueblo analfabeto multiplicaron la necesidad de recurrir a la Biblia, inspiradora de todos los reformadores.
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La Cultura Del Renacimiento

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El siglo XVI constituye un periodo de desarrollo no sólo en el ámbito demográfico, marítimo, económico y político, sino también en el religioso. Las actividades culturales experimentaron igualmente un notable incremento. La nueva técnica de los caracteres de imprenta móviles realizó rápidos progresos de modo que a comienzos de siglo ya estaba en plena actividad. La imprenta se convirtió en un instrumento cultural de mucho valor, las censuras que se montaron para frenarlo lograron sus objetivos en muy pocos países, como España. Los talleres tipográficos desempeñaron un gran papel en la propaganda de las controversias religiosas e igualmente se acrecentó su uso político y administrativo, por ejemplo, los contratos marítimos comenzaron a realizarse por el sistema de rellenar formularios. El uso de la imprenta fue un vehículo notable en obras literarias, geográficas, jurídicas, científicas, técnicas o musicales.
El libro se convirtió en el objeto cultural más vendido, cada vez más en las lenguas vulgares y cada vez menos en latín. Fue un producto de factura esmerada y a menudo muy bella, bien encuadernado, compaginado, con papel verjurado a mano y adornado con óptimas ilustraciones hechas a pluma. Si el libro fue un descubrimiento del siglo XV, fue innegablemente una conquista del siglo XVI, sus formatos fueron de lo más diverso, desde el gran infolio al minúsculo en dozavo.
La mayor parte de las literaturas nacionales pusieron en circulación unas obras maestras que no tenían parangón con las del siglo anterior, por ejemplo la historiografía italiana que por un lado tiene una ampulosa producción humanística y por otro el ritmo de un Maquiavelo o de un Guiciardini, así como en la literatura caballeresca las sobresalientes obras de Pulci, Boiardo, Ariosto y de Tasso, dentro de este género fuera de Italia tenemos los éxitos del “Amadis de Gaula” (1540-1548) y de “Os Lusiadas” de Camoens (1572).
Otra característica importante relacionada con la imprenta como vehículo difusor de la cultura fue la nueva artificiosidad del lenguaje vulgar, que se hace académico y con una tendencia excesiva al clasicismo. El patrimonio literario sufría la influencia de las tendencias aristocráticas y elitistas dominantes de los estratos superiores de la sociedad de la época.
El siglo estuvo animado por la creatividad, nacieron el teatro de Ruzzante, la novela picaresca y la comedia dell´arte. Grandes obras como las de Rabelais, Montaigne, Lutero o Shakespeare.
Algo similar ocurrió con las artes figurativas, un producto de serie era claramente más popular que el similar salido de la imprenta, teniendo en cuenta que para los indoctos la apreciación visual, la contemplación de las obras, les permitía apreciar muchas de sus intenciones y valores estéticos.
El estilo renacentista, aunque no se difundió en igual medida en todos los países europeos, era grandilocuente y estaba basado en valores doctos. En un sentido relativo, el peso específico de pintores y escultores fue mayor que el de los escritores. En su ejecución el clasicismo significaba estudio y estilo amanerado, los contenidos siguieron siendo los tradicionales, en gran medida temas religiosos, que llegó a cambiar e incluso traicionar en ocasiones el espíritu cristiano de la historia, así cuando más adelante en las regiones católicas los artistas fueron inducidos de nuevo a respetar las intenciones religiosas, los resultados no fueron muy positivos. El arte de la Contrarreforma quiso ser edificante pero, a menudo, resulto ser retórico.
El estilo renacentista se impuso en todas partes, sólo en el siglo XVII. Durante el XVI muchas zonas, sobre todo del norte de Europa, permanecieron adheridas al gótico.
En el plano arquitectónico, se alzaron edificios civiles y privados en cantidad mucho mayor que en el siglo anterior. El nuevo lenguaje de los artistas se hizo clásico (elementos empleados por los antiguos: columnas, frontones, cariátides, bóvedas de cañón, etc), la única innovación relativa fue la cúpula para las construcciones religiosas. Los arquitectos, aparte de introducir estos elementos, impusieron un rigor de perspectiva, una simetría espacial totalmente diferente a la del gótico. Toda construcción fue sometida a normas geométricas y a relaciones de volumen consideradas ideales y perfectas, se tendía a lo imponente, a lo majestuoso, además de a lo regular y armonioso. La arquitectura se estaba convirtiendo más en un marco que en algo representativo de la comunidad.
Entre las estructuras urbanas en transformación, se manifestaba todavía en formas bastante espontáneas y variopintas con una participación colectiva en los tipos más diversos de ceremonia pública: procesiones, ejecuciones capitales, autos de fe, entradas triunfales, carnavales, fiestas de todo tipo, etc. El gusto por la manifestación pública era muy vivo, los príncipes daban ejemplo, tomaban y provocaban las iniciativas, aunque las comunidades no se quedaban atrás. Las Cortes eran aún itinerantes y las estancias de los soberanos daban lugar a escenas llenas de movimiento. La pasión por el espectáculo animó la producción teatral, de marcado carácter religioso, con sus misterios y representaciones sacras y también cada vez más, comedias típicamente laicas. Los edificios dedicados a las representaciones eran todavía escasos, los patios de los palacios se adaptaban fácilmente, siendo típica del siglo XVI la utilización provisional de espacios, sobre todo abiertos pero también cerrados, como lugares teatrales y escénicos y donde se recurría a grandes artistas o a eminentes técnicos para la maquinaria y dirección, desde Leonardo hasta Tiziano o Palladio.
Requiere especial atención en este periodo el desarrollo de la música como elemento esencial de los espectáculos profanos, las iglesias contribuyeron a su valoración. El impulso aportado a este campo por Lutero fue uno de sus mayores logros culturales. En el canto de los salmos, son célebres los de Claude Goudimel. Calvino la adaptó a la religiosidad por él predicada y fue un arma eficaz entre sus seguidores hugonotes en las guerras de religión francesas, no permitió el uso de instrumentos musicales en los servicios religiosos en los lugares donde se observó su mandato. La Contrarreforma promovió más tarde unas tomas de posición que no eran tan diferentes a las de Calvino, Carlos Borromeo prohibió en su diócesis de Milán el uso de cualquier instrumento en la iglesia, a excepción del órgano, y varios teólogos católicos se declararon en contra de las formas demasiado elaboradas de música religiosa, aunque no fue hostil, la Contrarreforma, al uso de la música. Los ballets, la caza, la guerra, las paradas al aire libre y las simples canciones estimularon una gama riquísima de obras.
La canción francesa reinaba en la primera mitad del siglo, con Clément Janequin (1480-1557) y Guillaume Costeley (1531-1606) después. Los Países Bajos se encontraban en el origen de los más notables desarrollos de la música del siglo, los flamencos perfeccionaron la tradición polifónica del período anterior y combinaron las líneas melódicas con las sonoridades vocales. Las obras procedentes de los Países Bajos —los madrigales— ocupan un lugar importante; Italia se había abierto a la influencia flamenca, aunque la supo nutrir y renovar. Adriaan Willaert fue nombrado maestro de capilla de la iglesia de San Marcos en Venecia en 1527 y hata 1571 él y su sucesor, Cyprien de Roe, formaron generaciones de músicos italianos. Willaert introdujo lo coros múltiples con trombones, instrumentos de cuerda y órgano; Verdelot y Arcadelt fueron apreciados por sus madrigales.
Roma se convirtió también en un gran centro musical, donde brilló Luigi da Palestrina (1525-1594) y su alumnos español Victoria (1535-1611). Músico de renombre europeo fue Roland de Lassus (1532-1594) un flamenco que residió en Italia y que desde 1556 fue llamado a Munich por Alberto V de Baviera donde permaneció hasta su muerte, fue autor de decenas de misas, centenares de motetes, además de salmos, letanías, canciones, madrigales y lieder.
En Francia la música tendió a concentrarse en la corte, floreció el ballet. Inglaterra conoció su edad de oro con Isabel y Jacobo I. En Italia se desarrollaron, a final de siglo, los gérmenes de la ópera, cuyos primeros ejemplos fueron “Dafne” (1597) de Peri, y “Orfeo” (1607) de Claudio Monteverdi (1567-1643).
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La Era De Los Descubrimientos Geográficos

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Análogamente a lo sucedido con las técnicas de la vida económica, las de los descubrimientos marítimos maduraron a través de una ininterrumpida experiencia durante los siglos XIV y XV, fuera de la ciencia universitaria que era la que poseía los conocimientos teóricos para las navegación astronómica, pero su disociación con respecto a la práctica hizo que los descubrimientos fueron realizados antes de que esos conocimientos fueran dominados por los navegantes.
Los grandes descubrimientos precedieron a la navegación astronómica, los grandes viajes que se realizaron entre el siglo XIV y XV fueron la base de la intensificación de los intercambios y de las comunicaciones mundiales. La fase que va desde 1340 a11420 fue muy importante —fueron alcanzados los archipiélagos de las Canarias y de las Azores— por las perspectivas económicas que se abrieron. El reconocimiento a gran escala de las costas africanas se verificó a partir de 1420.
Hasta el siglo XVI, la navegación oceánica de los europeos permaneció sustancialmente vinculada al régimen de los vientos y de las corrientes, así que la experiencia de los navegantes ibéricos adquirida entre Canarias y Azores se reveló como insustituible y determinante, desde la isla más oriental del primer archipiélago a la más occidental del segundo hay más de 2200 km y soplan vientos estacionales que los marineros euromediterráneos ignoraban. Hasta la realización de los máximos descubrimientos, estos archipiélagos continuaron siendo los puntos de referencia, de partida y de llegada de sus empresas oceánicas.
La aparición de la carabela en las rutas africanas no está documentada antes de 1440, pero debe suponerse su presencia en la etapa del cabo Bojador, alcanzado por Gil Eanes en 1434 por la necesidad de un velero rápido y maniobrable. De casco alargado y veloz, la carabela poseía poca capacidad de almacenaje (entre 50 y 100 tn. de media) y es la causa de su abandono inmediatamente después de los descubrimientos cuando se requería traer a Europa cargas cad vez más consistentes. Se recurrió entonces a un nuevo tipo de nave (de 250 a 300 tn. de media) con dos o tres mástiles, mayor velamen y una discreta velocidad. La carabela fue por excelencia el navío de la exploración oceánica, capaz de llevar las provisiones necesarias para mantener durante muchos meses a una tripulación de unos 30 hombres, además de su facilidad de maniobra y su excepcional velocidad.
El Portugal del siglo XV se aseguró así una notable ventaja respecto a las demás marinas de la época. Tras la muerte de Enrique el Navegante, resultó fundamental el apoyo de los soberanos, como Juan II (1481-1495) y Manuel (1495-1521) que tomaron las riendas economicomarítimas de su país, transfiriendo la base de operaciones a Lisboa.
A lo largo de sesenta años, los descubrimientos se sucedieron con fases alternas, aunque también con éxito ininterrumpido. Se alcanzó Cabo Verde y el estuario del Senegal en 1444, se exploró la costa de Oro en torna a 1470 y se alcanzaron las islas de Santo Tomé y Fernando Poo, Diego Cao llegó al estuario del Congo en 1482 y Bartolomé Dias dobló el punto más meridional del continente, el cabo de Buena Esperanza. La circunnavegación de Vasco de Gama, diez años después de Dias, zarpó hacia la India con cuatro pequeñas naves, se dejó transportar desde Sierra Leona hasta el Atlántico meridional, con un rodeo de 10000 km para volver a encontrarse tras cuatro meses de navegación en el cabo de Buena Esperanza (nov de 1497). Al año siguiente, en enero, llegó a la altura de río Zambeze, en marzo a Mozambique, en abril a Mombasa y, en mayo a Calicut, puerto de la India meridional en el océano Índico, regresando en agosto a Lisboa, dos de las cuatro naves y la mitad de sus hombres se habían quedado en el viaje.
La empresa de Cristóbal Colón (1451-1506), que se insertó entre la de Dias y la de Vasco de Gama, fue casi tan lusitana como española. Colón perfeccionó su buena formación marítima mediterránea con una experiencia cartográfica y náutica entre Lisboa, las Azores y el Golfo de Guinea. Su intención fue la de ponerse a servicio del soberano portugués, pero en 1485 éste rechazó su propuesta de llegar a China Y Japón navegando hacia occidente, sus carabelas ya habían llegado cerca del Índico. Además de su obstinada fe, Colón obtuvo los medios para intentar su viaje gracias a la confianza que pusieron en él los franciscanos españoles e Isabel de Castilla. Nombrado almirante, virrey y gobernador general, dejado el puerto de Palos el 3 de agosto de 1492, llegó a Canarias el 9 de septiembre y un mes después el 12 de octubre llegaba a las Antillas, el 28 de octubre estaba en Cuba, el 6 de diciembre llegaba a Haití, el 15 de marzo de 1493 estaba de nuevo en Palos con sus carabelas Niña y Pinta (la Santa María había naufragado en santo Domingo). Los viajes de Colón, en particular el segundo —23 de septiembre de 1493-11 de junio de 1496— concretaron genialmente la mejor ruta que debía seguir tanto para la ida como para el retorno, en la travesía del Atlántico.
A parte de las incalculables consecuencias del involuntario descubrimiento del continente americano, el primer viaje de Colón tuvo ya un resultado inmediato: la repartición del ámbito extraeuropeo en dos zonas: una española y otra portuguesa; la línea de separación de ambas fue un paralelo situado a 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde —Tratado de Tordesillas, 7 de junio de 1494—.
Además de los objetivos económicos, los descubrimientos fueron motivados por el objetivo de propagar la fe cristiana.
El dinamismo europeo se basaba en una experiencia colonizadora ya plurisecular, como también en un mecanismo económico capitalista suficientemente estructurado y maduro. En sus asentamientos de ultramar, los portugueses se comportaron de modo análogo a los genoveses y venecianos en Levante, buscando las bases y los puntos de apoyo costeros más aptos para atraer las riquezas continentales y negociarlas en beneficio propio. Los sucesivos desarrollos de la penetración europea —en primer lugar la española en América— iniciaron una fase totalmente nueva de colonización.
Los descubrimientos y en particular las relaciones comerciales que los siguieron, pusieron en contacto con otros continentes a un número relativamente reducido de europeos. A fines del siglo XVI, quienes se encontraban en ultramar no superaba los doscientos mil, sobre un número de habitantes en Europa que ascendía, aproximadamente, a cien millones. No obstante, llegaron a controlar a poblaciones indígenas de cincuenta a cien veces más numerosas. El promedio de las naves empleadas sería una nave por cada millón de km2 recorridos y se estima que los recorridos llevados a cabo a través de los océanos, entre el siglo XVI y mitad del XVII, fueron cerca de veinticinco mil. Si consideramos sólo América, en todo el siglo poco más de un millón de europeos zarparon hacia sus costas.
El aprovechamiento de los nuevos mundos se efectuó de un modo bastante rápido a beneficio de regiones cada vez más vastas de Europa. La llegada de metales preciosos de América contribuyó a reducir la separación que existía entre diversos países al mismo tiempo que se constituía un sistema comercial que incluía, por primera vez, a todo el globo. Después de 1590,las riquezas que provenían de América eran ya aprovechadas más claramente por el norte de Europa que por la península ibérica. Los dos puntales siguieron siendo Lisboa y Sevilla, teniendo ésta última una ventaja del 50 %; el mando de las operaciones fue tomado por ambos estados, el español y el portugués, aunque el primero controlara, hacia 1500, poco más de la mitad del territorio. Después de1550, los marinos de las provincias septentrionales debieron confluir en Sevilla, cuyo centro urbano pasó de los 40000 habitantes, a finales del siglo XV a los 120000 se principios del XVII.
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La Expansión Ibérica

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En el siglo XV, Castilla, sólo poseía en el Atlántico las islas Canarias, cuya colonización ocupó varias décadas. En cambio, las isla de Santo Domingo, diez veces mayor, fue ocupada y reducida a colonia por los españoles en unos diez años. Su intenso aprovechamiento hizo que al faltar mano de obra se deportaron a ella a los habitantes de las Bahamas, los conquistadores carecían de todo escrúpulo con tal incrementar sus beneficios. Se lanzaron a la búsqueda de nuevas tierras, desde Cuba hasta la zona de Panamá: en 1513, Vasco Núñez de Balboa encontraba otro mar al otro lado del istmo.
En 1519 se iniciaron dos empresas importantes: con cinco navíos, Magallanes empezó de Santander su periplo al globo y Cortés partió a la conquista de México con 600 hombres, quince mosquetes y siete pequeños cañones que disparaban balas de piedra. Al cabo de tres años, una sola nave regresaba del inmenso viaje, con 18 supervivientes de los 265 que habían salido. En un periodo similar, Hernán Cortés, valiéndose del apoyo de los enemigos de los aztecas, se habían apoderado de su país. Mientras que a finales del siglo XV los españoles eran señores en ultramar de no más de 50000 km2, en 1515 poseían ya 250000 y desde 1540 dominaban un radio de dos millones.
Desde el inicio se había dirigido a la sumisión de sus habitantes, sin embargo era difícil controlar a los colonos debido a la lejanía con la madre patria. La primera acción de Cortés, la fundación de Veracruz, fue llevada a cabo sin autorización de su superior local: el Adelantado de Cuba, sus seguidores constituyeron por propia iniciativa una comunidad autónoma hasta que, en octubre de 1522, las cartas enviadas por Carlos V legalizaron la situación de la nueva provincia llamada Nueva España, pero tuvieron que pasar varias décadas para que el vasto territorio fuera verdaderamente controlado. El territorio maya fue ocupado entre 1527 y 1544, se produjo una gran revuelta seguida de una gran represión entre 1547y 1548. más que por los arcabuces europeos, los habitantes quedaron diezmados por la enfermedades contagiosas —ante todo la viruela— traídas por los conquistadores, a fines del siglo XVI, de ochenta millones se habían reducido a doce. El cruce étnico entre los recién llegados y las mujeres de lugar dio lugar a la humanidad criolla que constituyó uno de los mayores fenómenos culturales y raciales provocados por la conquista.
Tras la conquista de México continuaron hacia la América meridional. Diez años después de que Pascual de Andagoya hubiera llegado al sur de la actual Colombia (1523), se encontraron frente a los incas a 3000 m de altura (1532) y sólo con el rescate del emperador Atahualpa se apoderaron de metales por valor equivalente a medio siglo de producción europea. Tras haber sido bautizado, el soberano fue estrangulado en el verano de 1533 y los españoles pudieron entrar en Cuzco. Pizarro prefirió tener en principio a un soberano inca y nombró a un hermanastro de Atahualpa, llamado Manco que no tardó en provocar una revuelta, los doscientos hombres de Pizarro tuvieron que resistir un asedio de unos dos meses hasta la llegada de refuerzos capitaneados por Almagro (marzo de 1537), nacía así una gran provincia, la del Perú cuyo control no fue fácil, Manco se refugió en las montañas y desde allí condujo una prolongada guerrilla contra los invasores, en cambio, su sucesor Titu-Cusi (1560-1571) se hizo bautizar y dejar a los misioneros agustinos permanecer en la zona por él controlada. En 1572, el virrey Francisco de Toledo se apoderó de la base de Vitcos en hizo decapitar al inca Tupac Amaru, entonces se produjeron las discordias entre los jefes españoles llegando a una especie de guerra civil entre dos facciones capitaneadas por Pizarro y Almagro. Los partidarios de Almagro fueron derrotados en abril de 1538 y se refugiaron en la costa del Pacífico. Tres años más tarde un hijo de Almagro regresó al Perú y asesino a Francisco Pizarro en 26 de junio de 1541.
La América del Sur española se extendió un poco hacia la Amazonia —Orellana entró en 1540— y a lo largo de la costa chilena donde tuvieron la feroz resistencia de los araucanos que infligieron un grave derrota a los conquistadores en la batalla de Tucopel, 1553. El resto del siglo el virreinato del Perú no se extendió mucho más.
Magallanes había llegado, en 1521, a Filipinas, pero los españoles no estaban ya en condiciones de establecerse allí duraderamente. La fundación de Buenos Aires en 1535 fue un gran acontecimiento. La expedición de Legazpi y Urdaneta (1564-1565) logró la ruta para atravesar el Pacífico que facilitó la ocupación de Filipinas y que los españoles llegaran a la zona de la producción de las especias, se realizaba así la cirunnavegación económica del globo. Las Filipinas eran ya una colonia hacia 1570 y en sus islas los misioneros llevaron a cabo una de más importantes obras de conversión: de un centenar en 1570 pasaron a 100000 an 1583 y cerca de 300000 a finales del siglo. Se estableció una línea regular entre Acapulco y Manila. Simultáneamente se implantaban dos redes de penetración europeas en Extremo Oriente: la portuguesa con base en Macao y la española con base en Filipinas.
A través de la subyugación de la mano de obra indígena, los españoles persiguieron también el dominio de las vastas tierras interiores del continente americano y les impusieron su religión y les marcaron con el sello de su propia raza.
Tanto Fernando e Isabel como sus sucesores reservaron a los castellanos la exclusiva de los monopolios y del aprovechamiento de las tierras de ultramar, cedieron a los particulares la tarea de fundar las colonias en cuyo interior cada uno tenía amplia jurisdicción. Se instauró la que consistía en la delegación a un hombre emprendedor de los derechos señoriales sobre un dominio y sobre los indígenas que lo habitaban, se dio práctica de exigir a los jefes indígenas que proporcionasen determinadas cantidades de mano de obra a los titulare de las encomiendas, los indígenas eran considerados como parte integrante del botín sin ninguna contrapartida real para ellos, cada individuo estaba sometido a un tributo en oro y en trabajo desde la edad de catorce años. La encomienda no suprimía la autoridad indígena, sino que hacía a su detentor (encomendero) el árbitro de la aplicación de las prescripciones cuya observancia debía asegurar la integración de los indígenas en el nuevo sistema. Este régimen se impuso durante todo el siglo XVI, sin oposición, en los virreinatos de México y del Perú.
Castilla creo órganos centrales de control comercial y administrativo. En 1503 se creó y estableció en Sevilla la Casa de Contratación, que en nombre del rey supervisaba y regía el movimiento de las mercancías y de los metales preciosos. En 1524 fue creado el Consejo de Indias, que trataba los asuntos de mayor importancia relativos al imperio de ultramar. En las colonias bajo la autoridad suprema de los virreyes, fueron instituidas las de auditores y procuradores, auténticos detentores del poder. La primera en Santo Domingo (1511) luego México (1527), Panamá (1538), Lima y Guatemala (1542), Guadalajara, Santa Fe, Las Charcas, Quito y santiago de Chile (1564) y la última del siglo XVI fue la de Manila en 1583. Compuesta de letrados, la audiencia fue el verdadero instrumento de la construcción imperial en ultramar.
La intelligentsia española del siglo XVI, representada por eclesiásticos, intentó frenar los excesos cometidos por los conquistadores contra los indígenas, se distinguieron los dominicos Antonio de Montesinos, Bartolomé de las Casas (1474-1536) y Francisco Vitoria, que contribuyeron a despertar la conciencia europea ante estos problemas. En 1538, Pablo III publicó una bula que prohibía esclavizar a los indígenas, pero en 1545 Carlos V sancionaba definitivamente el sistema de la encomienda.
La conquista militar y administrativa fue acompañada y sostenida por la religiosa, que representó su aspecto más duradero, destacaron los agustinos, los franciscanos y los dominicos, la evangelización se caracterizó por un número reducido de sacerdotes en relación a las necesidades reales. Se crearon tres arzobispados (m de siglo) y las diócesis fueron de quince en 1566 a treinta cuatro en 1622. Se produjo un proceso de criollización eclesiástica acompañada de un fuerte declive del espíritu misionero y una agravación de la conducta respecto a los indígenas.
Más consistentes fueron las ventajas que Europa sacó de las colonias de ultramar en el plano económico. El desnivel tecnológico y el escaso número de colonos hizo que los productos del suelo fueran secundarios. Los productos coloniales fundamentales en el imperio hispánico siguieron siendo las drogas y las especias asiáticas y sobre todo los metales preciosos americanos, a la extracción y tratamiento de éstos se dedicaron a los indígenas y también a muchos esclavos negros, el rendimiento fue posible porque el trabajo no era remunerado y era indiferente la suerte física de los trabajadores, las víctimas se contaron por millones. La exportación de metales preciosos a Europa, a comienzos del siglo, superó las 25000 toneladas. Dos grandes centros de producción eran el mejicano y el peruano con los yacimientos del Potosí que proporcionaron el 80 % de la plata peruana y donde a fines del siglo XVI se concentraba una masa de 120000 hombres, ascendió a 160000 en 1610.
En la primera mitad del siglo XVI, la plaza a la que iban a parar los metales preciosos llegados a España era Amberes, a la que se enviaban como pago a material bélico y papel. Los bienes que provenían de América representaba una cincuentava parte de la producción de la agricultura europea, en el plano de los intercambios su valor resultó el doble o el triple que el del comercio marítimo del trigo en Europa. En el siglo XVI, la plata representó el 80 % de los metales preciosos, el oro un poco menos del 20 % y las perlas el 1-2 %.
El éxito colonial de Portugal no fue menos notable que el de España, la superación del Cabo de Buena Esperanza, por sus navegantes, les puso en contacto con India e Insulindia, donde interesaban casi de modo exclusivo las especias asiáticas. África proporcionó, además de un número cada vez más creciente de esclavos, cierta cantidad de oro que sirvió para financiar la importación de las especias asiáticas. Al principio de siglo fue el oro de Guinea y más tarde el de Mozambique. Incluso la difusión de la fe cristiana, que ere el objetivo principal de las empresas de ultramar, se centró prioritariamente en Asia, aunque a Brasil, Álvares Cabral había llegado casi por casualidad entre abril y mayo de 1500 cuando se dirigía a la Indias. El asentamiento comenzó después de 1530, tras la expedición de Martín Alonso de Souza. En 1540 se procedió al nombramiento de un gobernador general que permitió a la monarquía empezar a percibir los derechos regulares, después llegaron los jesuitas que contribuyeron a la estructuración del país y hacia fin de siglo construyeron astilleros navales.
La gran aventura lusitana del siglo XVI siguió siendo la asiática donde no tuvieron ninguna dificultad en asumir el control del océano Índico, tanto desde el punto de vista náutico como comercial, los intereses lusitanos y los de los comerciantes árabes entraron en abierto conflicto.
Se debe tener en cuenta las dimensiones geográfica de Portugal, en torno a 1500 eran menos de un millón y medio, y lo mares que surcaban que se encontraban con adversarios más aguerridos que los encontrados por los españoles. El tiempo que se tardaba entre Goa y Lisboa equivalía al que se tardaba entre Lima y Sevilla, a fines del siglo XVI con el sistema en su máxima perfección, se tardaba en el trayecto dieciocho meses para un viaje de ida y vuelta. Uno de ida y vuelta de Goa a Japón duraba tres años.
Tanto en África como en Asia, el imperio portugués se basó en el sistema de la factorías monopolistas, aprovechas por la corona a través de los concesionarios. Un capitán mayor —desde 1505 asumió el título de virrey— delegaba sus propios poderes en regidores y gobernadores, de su incumbencia fueron las responsabilidades militares, comerciales y logísticas. La victoria naval entablada en Diu por Francisco de Almeida (1509) en la que venció a los musulmanes consagró una supremacía incontestada en el siglo XVI. El sucesor de Antequera, Albuquerque comprendió la importancia de las embocaduras del golfo Pésico y del mar Rojo y así orientó una política de cooperación con Persia y vio igualmente la necesidad de ampliar sus bases hacia Insulindia, donde Goa, conquistada en 1505 se convirtió en la capital de la India portuguesa. Tomó Malaca en 1511 y su posesión duró 130 años, Ormuz conquistada entre 1507 y 1508 fue sede del virrey a partir de 1510 y a través de esta fortaleza y su escala, los portugueses lograron pertrecharse de la moneda persa de plata que les resultó preciosa en os intercambios efectuados en las plazas indias. Lo que no prosperó fue el bloqueo al mar Rojo, siempre fallido y en 1517 se abandonó la idea de poseer Adén.
Durante todo el siglo XVI, el volumen de la producción de las especias aumentó sin cesar, las cantidades llegadas a Europa se duplicaron, objeto de amplio consumo, la pimienta constituía los dos tercios de los artículos que importaban a Europa, cultivada en Malabar tenía la ventaja de llegar a los mercados occidentales en diez meses mientras el resto de especias tardaban mucho más tiempo desde las Molucas —sándalo, macis, clavo, etc.— . A partir de 1501-1503 el centro de maniobra de las especias fue Amberes. La ciudad más perjudicada fue Venecia, aunque mantuvo el eje Venecia–Alejandría para suministrar a Europa. Por la ruta del mar Rojo llegó una cantidad de especias equivalente a tres cuartas partes dela que tomó la ruta del Cabo de Buena Esperanza. En el océano Índico el comercio estuvo en manos portuguesas en un 60 % mientras que el resto lo mantuvieron los árabes.
Tras el viaje de Magallanes, —portugués al servicio se España— lucharon durante años para que les reconociesen la pertenencia de las Molucas a su área de influencia, resuelto a si favor en 1529. en 1522 sus naves habían alcanzado las costas australianas, en 1543 enlazaron con Japón con quien se incrementaron los intercambios comerciales, se realizó una importante empresa misionera con el jesuita Francisco Saverio que en 149 fundó una iglesia que llegó a contar con dos millones de fieles. En 1555 llegó para ellos la hora de China, se instalaron en Macao que pasó a ser un gran puerto comercial. A diferencia del imperio español, los portugueses no realizaron un auténtico crecimiento a lo largo del siglo, referente al comercio, le nivel alcanzado en 1515 no fue superado en el futuro.
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La Monarquía Absoluta En La Europa Occidental

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El siglo XVI se caracteriza tanto por la subsistencia de una concepción contractual de la autoridad como por el lento triunfo de una idea absolutista del estado, el soberano siguió siendo considerado legítimo en tanto que respetaba las exigencias fundamentales y tradicionales, como la de defender la fe y su propio dominio y salvaguardar las posibles prerrogativas de los distintos miembros del cuerpo social y sus delegaciones.
La exigencia de la política exterior y la acción militar hicieron necesaria una acción centralizada de los asuntos públicos. A excepción de los Países Bajos e Inglaterra, todo el mundo se sentía mucho más vinculado a la fidelidad hacia el príncipe natural que al valor todavía incierto de , se admitía que era necesario obedecer al rey, aun cuando su comportamiento pareciera tiránico: oponerle resistencia era casi un sacrilegio.
La evolución de los distintos organismos europeos fue lenta para que su estructura empezase a emerger y se llegase al verdadero absolutismo. Este proceso es una de las características de la Edad Moderna.
Durante el siglo XV, apareció en Francia una constelación de prestigiosos tribunales de justicia que se convirtió en bastión de la presencia y jurisdicción monárquicas: los Parlamentos. El primero fue el de París, que hacia 1360 adquirió autonomía separándose del Consejo del Rey, Tolosa en 1420, los del Delfinado —en Grenoble en 1476—, de Guyena — en Burdeos en 1462—, de Borgoña —en Dijón en 1476— y de Normandía —en Ruán en 1515—. El derecho consuetudinario francés fue codificado en 1454. La monarquía aumentó su dominio sobre el país , aunque los gobernadores fueran todavía grandes feudatarios. Los Estados Generales fueron perdiendo su función al no ser convocados y los representantes de las clases sociales se reunieron con mayor frecuencia en los provinciales.
Desde principios del siglo XIV, la monarquía francesa estaba regida por leyes fundamentales, que se reducía a la ley sálica —excluía del trono a las mujeres— y a la imposibilidad de enajenar el patrimonio territorial el estado y renunciar a la propia soberanía. A lo largo de la segunda mitad del XV, el rey pudo dominar cada ves mejor el Grand Conseil —administrador supremo de justicia—. Francisco I constituyó un consejo más restringido —Conseil des Affaires—. Simultáneamente , con Enrique VIII, Thomas Cromwell creaba en Inglaterra el Privy Council.
En el terreno financiero, en Francia surgieron circunscripciones locales llamadas “élections” que se agrupaban en “généralités”, grupos de consejeros generales (cinco o seis). Había ido aceptando un sistema fiscal, bajo la presión de las necesidades impuestas por la Guerra de los Cien Años, que se basaba en el monopolio de la sal (gabela), el impuesto directo (talla) y el subsidio (aide) a los que se añadieron los derechos de aduanas y los diezmos eclesiásticos. Estos impuestos, desde 1451, el rey los exigió de manera autoritaria, que tenía en la talla su mayor fuente de ingresos, fijados por ordenanza y se cobraba parroquia a parroquia. No era un sistema equitativo al estar exentos los nobles, el clero y los altos funcionarios, también lo estaban algunos pueblos, distritos y ciudades, en la práctica estaba reservado a las clases medias e inferiores. Hacia la mitad del siglo XVI, la monarquía perfeccionó sus sistema de control atribuyéndose la supervisión de las finanzas urbanas (1555) y confiando a sus propios funcionarios la jurisdicción civil de las ciudades (1567).
En el terreno eclesiástico, el Concordato de Amboise (1461) si bien reservaba al Papa la potestad de conceder los beneficios más importantes, subordinaba esta concesión al beneplácito del rey. Más tarde, el concordato de 1516 entre Francisco I y León X confirió al soberano el derecho de nombrar alrededor de seiscientos cargos eclesiásticos de mayor relieve.
La situación de España resultó bastante distinta. La unión de las coronas aragonesa y castellana, sobrevino relativamente tarde y hasta el final del XVII las autonomías de las regiones mediterráneas se opusieron con éxito al centralismo. En Cataluña, la Generalitat, asumió prerrogativas judiciales y militares. En Aragón, las Cortes eran más potentes y estructuradas que en Castilla. Los derechos de cada eran celosamente defendidos frente al intrusismo real. En el seno de las propias Cortes aragonesas, los representantes catalanes formaban un grupo aparte, como un estado dentro del estado. En Castilla, las Cortes se reunían menos regularmente y el soberano podía designar directamente a algunos miembros. Tras la unión, las Cortes tuvieron una consideración todavía menor, Isabel y Fernando no las convocaron entre 1483 y 1497.
A fin del siglo XIV, la Hermandad entre las ciudades castellanes dejo de constituir oposición al poder monárquico. En cuanto a la Mesta, sus funcionarios eran asimilables a funcionarios reales. Los más perjudicados eran los campesinos, el soberano no conseguía salvaguardarlos de la explotación de los nobles.
La monarquía, aunque no pudo eliminarla en Cataluña, Aragón y Valencia, redujo casi del todo la autonomía de las ciudades de Castilla, que con las contribuciones que éstas votaban en las Cortes mantuvo el núcleo de un ejército permanente. La disolución de las autonomías municipales en Castilla fue casi total tras la represión de la revuelta de los comuneros (1520-1521), donde las ciudades se sublevaron contra la pretensión de instaurar en ellas a corregidores como supervisores administrativos y contra la exigencia real de que a sus delegados en las Cortes se les otorgasen plenos poderes para aprobar las contribuciones fiscales. Las ciudades reclamaban el derecho de nombrar a sus propios funcionarios y reunirse en las Cortes cuando lo creyesen oportuno. Los representantes de Carlos V cedieron ante la nobleza y recibieron a cambio el apoyo armado que derrotaron a los comuneros fácilmente en abril de 1521. Más tarde, cuando Carlos V trató de poner un impuesto a los nobles, éstos se negaron a aceptarlo (1538) y el monarca se abstuvo de convocar a la nobleza a las Cortes de Castilla, aunque siguieron fieles al soberano y éste les reservó gran parte de los cargos administrativos y eclesiásticos.
Según Philippe de Commynes, historiador y cronista francés (1447-1511), los reyes, como jefes de sus estados, eran siempre los responsables de sus errores porque les era posible seguir los dictados de la inteligencia política. No todos los príncipes eran tan frios y calculadores como Filippo Maria Visconti o Francesco Sforza en Italia, Luis XI en Francia y Fernando el Católico en España, pero el remedio a sus eventuales insuficiencias se había encontrado y se practicaba cada vez más: consistía en rodearse de hábiles ministros y de fieles consejeros que a su vez se valían de un cuerpo de funcionarios.
En los estados europeos no existía un gobierno como el sentido actual, no había ministros con competencias muy específicas y sectoriales, salvo en el terreno financiero, eran colaboradores laicos que desempeñaban diversas funciones o bien parientes consanguíneos que asistían al monarca o incluso altos dignatarios eclesiásticos de alto prestigio.
A medida que se iban organizando y articulando los consejos reales, se perfilaba una lucha entre los que pretendían pertenecer a él por su rango y los que procedían de una clase más modesta, la burguesía. La figura del canciller dominó en los siglo XIV y XV y los secretarios se impusieron en el XVI en grandes monarquías como la inglesa y la francesa. El secretario de Enrique VIII, Thomas Cromwell se convirtió en la persona más importante del estado en 1533 cuando sustituyó al cardenal Wolsey. En Francia , los secretarios del rey pasaron a formar parte de su consejo a partir de 1547. Desempeñaban la función de embajadores, de pronunciar discursos elocuentes y redactor documentos oficiales y de utilizar en beneficio del rey sus conocimientos de derecho y administración. El derecho romano ejerció un función cada vez más notable en la afirmación de la soberanía imperial.
No faltaron contrastes y resistencias, en los Estados de Carlos el Temerario y en el Imperio Germánico los esfuerzos centralizadores que tendían a aplicar normas más uniformes provocaron revueltas en las poblaciones apegadas a sus costumbres más ancestrales y a su antigua . En suelo inglés el derecho consuetudinario no fue nunca suprimido , salvo en los tribunales militares y eclesiásticos, mientras en cuestiones matrimoniales y testamentarias estaba en vigor el derecho canónico, fue el Parlamento el paladín del derecho consuetudinario para establecer un contrapeso al poder monárquico.
Un hecho estaba surgiendo con claridad: el príncipe y su corte constituían la suprema instancia decisoria, que se iba potenciando cada vez más . la teoría del derecho divino de los reyes se formuló y se sostuvo hacia finales del siglo XVI. La autoridad real se impuso como autoridad laica en conflicto con el papado o aprovechando las debilidades de la Iglesia.
Lo que contribuyó a aumentar la autoridad del príncipe fue la asignación de los distintos cargos y funciones públicos. Fue un proceso lento pero irreversible que llegó a su plena madurez a finales del siglo XVII, con el triunfo del absolutismo.
El instrumento de la vasta acción monárquica era ya la burocracia, los funcionarios constituyeron una categoría muy emprendedora y activa, cada uno estaba directamente interesado en su cometido, la remuneración era, a menudo, un factor totalmente secundario, porque no estaba garantizada de modo regular o no constituía el atractivo principal del cargo desempeñado. Mientras en Inglaterra varios cargos siguieron siendo honoríficos, en Francia se practicó la elección de los funcionarios (recaudadores y miembros del Parlamento).
El estado se asemejaba a una empresa de gestión pública, que se estaba montando y cuyos beneficios eran cada vez mayores, muchos acudieron a servir al soberano para invertir del mejor modo posible su prestigio, sus energías y su saber. El más alto de los objetivos sociales seguía siendo el de la nobleza. Un cargo público además de para obtener ganancias era el mejor medio para acrecentar la propia influencia, por lo menos a nivel local y satisfacer las ambiciones sociales.
Al irse formando la administración central de los estados se dio vida a un conjunto enmarañado y confuso de competencias. La distinción entre dominio privado del príncipe y patrimonio nacional era casi inexistente al principio, se fue precisando con extrema lentitud. Faltaba también el debido acoplamiento entre los poderes locales y centrales. La incoherencia de las situaciones se veía favorecida por la vía simultánea de sistemas jurídicos diversos, como el derecho romano, el canónico y el consuetudinario, de éstos resultó el incremento de la fortuna de las profesiones jurídicas ya que sus profesionales eran los únicos capaces de orientarse entre el laberinto de normas y trámites reglamentarios. Los cargos más elevados no fueron nunca vendidos y siguieron dependiendo siempre de la concesión soberana, su disponibilidad equivalía a la posibilidad de un gobierno efectivo y se reveló como una de las vías maestras del absolutismo. Era un fenómeno corriente que el soberano tuviese en cuenta solamente sus preferencias personales o recompensar algún servicio. No existía estabilidad en el ejercicio de los cargos más elevados: la muerte del soberano podía comportar su pérdida, aunque en el siglo XVI existieron, en la monarquías europeas, auténticas dinastías de funcionarios.
La continuidad era casi la regla en las administraciones ciudadanas y provinciales, donde los cargos públicos se convirtieron en monopolio de una especie de aristocracia que veló tenazmente para retenerlos. Los señoríos y principados de la Italia centroseptentrional constituyeron los prototipos de un género de poder político: el de un príncipe que era aceptado no solo por su legitimidad, sino porque aseguraba la función soberana por encima de sus propios intereses. En ciudades republicanas como Venecia, Florencia y Génova se ejerció cada vez más como señorío; estos señoríos no tenían que rendir cuentas a los ciudadanos, sino a un grupo restringido de ellos que detentaban el poder efectivo y que era el mismo estado.. la conciencia progresiva de la razón de estado iba ligada a un concurso de situaciones y a una maduración de las conciencias y una nueva dimensión de la mentalidad. El príncipe europeo quedaba como revestido de nuevas vestiduras, laicas y civiles, casi sagradas. Su acción se presentaba como trascendente y justificaba todos sus actos poniéndolos en un plano inatacable en sí mismo y por sí mismo. Los asuntos de estado escapaban al común de los mortales, se trataba de una esfera totalmente humana pero autónoma, que tenía cierto sabor a divino y era superior a la misma religión.
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Las Guerras De Italia

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Entre finales del siglo XV y principios del XVI, Francia había demostrado ser, a pesar de la pérdida del reino napolitano, la potencia más emprendedora en la península italiana. Controlaba buena parte del Piamonte, dominaba el ducado de Milán y, desde 1507, ocupaba también Génova. La política de Julio II le había permitido consolidar su preponderante presencia: Ferrara y Mantua eran sus fieles aliadas y le ofrecían una preciosa cuña en llanura bañada por el Po.
Su fuerza militar, tenía luces y sombras, disponía de un aguerrido grupo de artillería y de una caballería pesada formada por la flor de su numerosa nobleza, pero le faltaba infantería moderna, disponía sólo de grupos de infantes compuestos de cadetes indisciplinados. Se orientaba hacia los suizos y alemanes de donde reclutaba como mercenarios a millares de hombres para cualquier campaña, gracias a los notables recursos financieros de que disponía.
En la infantería helvética, se verificaba lo que no ocurría en Francia o Italia, que los nobles asumiesen la función de oficiales a pie para dirigir a los infantes. Los cuadros de piqueros suizos, nobles, caballeros, artesanos y campesinos se encontraban eficazmente unidos que unido a su rígida disciplina había constituido el secreto de sus victorias frente a Carlos el Temerario y luego en Italia.
Otros países relativamente pobres habían formado infanterías similares, los lansquenetes, que provenían de los estados hereditarios austriacos y de las zonas vecinas de Alemania meridional, donde los pequeños señores feudales o los cadetes nobles reclutaban a los campesinos formando una tropa excelente, un fenómeno análogo había tenido lugar durante las guerras de Italia. Constatada la inferioridad de la infantería española frente a la suiza, que militaba para los franceses, Gonzalo de Córdoba había tomado a esta última como modelo desde su primera campaña calabresa de 1495-1496 y la pequeña nobleza española no dudó en abastecer cada vez con sus miembros a las filas de esa infantería, que se debía revelar muy pronto como una de las mejores de Europa.
Reanudada la guerra en Italia, durante dos décadas se extendió por todo su territorio, los españoles, en el norte, sufrieron importantes reveses iniciales. El ejército francés, al mando de Gastón de Foie, había pasado al contraataque en la llanura del Po a comienzos de 1512. el 10 de abril, 2000 lanceros, 3000 soldados de caballería ligera, 18000 infantes y 50 piezas de artillería atacaron el campo italoespañol, situado en la cercanías de Rávena, y con notable inferioridad numérica. En esta batalla, los lansquenetes, se mostraron por primera vez a la altura de los helvéticos. Aunque la infantería española, bien secundada por la italiana, pareció tomar ventaja inicial, no fue suficiente, el duque de Ferrara, tras un primer empleo no muy eficaz de la artillería francesa, colocó sus cañones de forma que abatiese a la caballería española y ésta lanzó un prematuro ataque sufriendo muchas pérdidas y permitiendo a la caballería enemiga realizar un decisivo movimiento envolvente que deshizo las filas de la infantería italoibérica. Sangrienta victoria que costó la vida a Gastón de Foie, pero que quedó sin fruto inmediato. Las hostilidades prosiguieron al año siguiente con un cambio total en las alianzas: el acuerdo de Julio II con el emperador Maximiliano hizo que Venecia volviera al bando francés. Los suizos, derrotados en Novara en 1513, se reconciliaron con el Papa León X. El emperador Maximiliano se quedó aislado en sus pretensiones sobre el ducado de Milán y la Tierra Firme veneciana. Al año siguiente, Francisco I, que había sucedido a Luis XII, emprendió el camino de Lombardía con 60000 hombres y 75 cañones. La gran batalla de Marignano (1515), en dos jornadas sucesivas, opuso a los piqueros helvéticos a sueldo por el duque de Milán contra los lansquenetes del Cristianísimo. El día 13 el éxito del enfrentamiento era incierto, el 14 los suizos daban la impresión de prevalecer, la vanguardia del ejército veneciano se presentó de improviso y la caballería de Bartolomeo d´Alviano los sorprendió por el flanco y la espalda mientras los lansquenetes se reorganizaban, volvían al ataque y aniquilaban al enemigo. La victoria permitía a los venecianos recuperar su Tierra Firme y a los franceses el ducado de Milán.
A la muerte de Fernando el Católico, Carlos de Habsburgo quiso firmar con Francisco I el tratado de Noyon (18 agosto 1516) era sólo una tregua. A la muerte de Maximiliano, enero de 1519, el 28 de junio era elegido para el trono imperial el rey de España, que se convirtió en Carlos V, contra la candidatura del soberano francés. Venecia estrechó sus lazos con Francia ante el aumento del poder imperial. Francisco I reabrió las hostilidades con apoyo de los cantones suizos, pero en 1521 el emperador volvió a poner d Francisco María, heredero de los Sforza, en el ducado de Milán, cuya posesión se convirtió indispensable para ambos competidores.
El general francés Lautrec atacó entre Monza y Milán el campo fortificado enemigo, el 27 de abril de 1522 sus mercenarios helvéticos se encontraron con los arcabuceros españoles en cuatro líneas sucesivas de mil hombres que mientras una disparaba las otras cargaban produciendo una derrota gravísima a las tropas suizas. Los arcabuceros disparaban a una distancia de doscientos metros con balas capaz de perforar todo tipo de corazas y la zona que tenían que recorrer los enemigos era más ancha y más mortal y peligrosa, el contraataque de los infantes españoles y alemanes provocó la muerte de al menos 3000 enemigos.
Francia no se resignaba a la pérdida del Milanesado y en otoño de 1523 envió un nuevo ejército para recuperarle. En otoño de 1524, Francisco I regresaba a Lombardía y obligaba a las tropas enemigas a refugiarse en Pavía en espera de refuerzos, llegados éstos en 1525, Pescara, comandante imperial, inició las operaciones para liberar Pavía, bajo cuyas murallas se encontraba el ejército francés. La victoria española se debió esencialmente a la excelente actuación de los arcabuceros, a la acción de los lansquenetes y a la salida de las tropas asediadas que sorprendieron por la espalda al adversario. El rey no pudo evitar su captura y Carlos V lo envió prisionero a Madrid, donde se vio obligado a firmar en enero de 1526 cuyas condiciones casi humillantes, una vez liberado, se negó a observar.
El 22 de mayo del mismo año, en Cognac, bajo la égida de Francia, se reconstituyó una liga italiana contra la preponderancia española, se adhirieron a ella: Venecia, Florencia, el Papa y el duque de Milán. Las fuerzas venecianas y pontificias no pudieron frenar a los lansquenetes imperiales que, al mando del condestable de Borbón, se dirigieron a Roma y la tomaron a saco (6 de mayo de 1527). Los franceses al año siguiente asediaron Nápoles que resultó un fracaso y donde murió Lautrec. En Italia septentrional, en 1529, los arcabuceros españoles se impusieron a los lansquenetes adversarios sin que la caballería francesa pudiese restablecer la situación. Desde entonces el rey de Francia no lograría jamás arrebatar a los españoles el ducado de Milán.
Carlos V, que se había reconciliado con el Papa Clemente VII, estaba llevando a cabo otra campaña para reforzar sus posesiones en Italia, los florentinos habían proclamado la república, pero su deficiente organización y su falta de cohesión militar, les hizo capitular al asedio en agosto de 1530 y renunciar para siempre a los ordenamientos republicanos y acoger a un príncipe, el duque de Médicis.
Francia había acabado suscribiendo la Paz de Cambrai (5 de agosto de 1529) a la espera de ser capaz de reemprender la ofensiva. A escala mundial y europea el conflicto no estaba acabado, pero en Italia el triunfo de casa de Habsburgo parecía evidente. Lo sancionó el coronamiento de Carlos V que tuvo lugar en Bolonia ante los representantes de todos los estados italianos que aceptaron la supremacía del Imperio.
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La Reforma

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Ningún acontecimiento de la historia occidental es tan complejo como la Reforma porque ha sido reducida a un fenómeno de la religiosidad y es considerada como propia de la esfera espiritual. En el propio clima de la Reforma, se encontraban incrustados, interpenetrados y estrechamente unidos lo político, lo social, lo económico, lo religioso y lo cultural. Presentó una especie de cocción en la que todo aparecía implicado, así que lo que se calificaba de religioso era una trama imprescindible de todas las realizaciones colectivas. Afectó profundamente al siglo XVII europeo con repercusiones significativas en otros continentes y que se prolongaron con fuerza hasta el propio siglo XVIII.
La Reforma atrajo principalmente a las clases en ascenso, sobre todo en las zonas anglosajonas, desde los comerciantes y los burgueses hasta los artesanos y cuantos habían llegado al gobierno de las comunidades ciudadanas. Los diezmos y la fiscalidad gravaban en amplios sectores del mundo laico, hasta el punto de que los obispos ponían una multa anual por concubinato. En los países de lengua alemana y en los anglosajones, esos gravámenes suscitaban un malestar cada vez más acentuado así como a las clases sociales que estaban directamente afectadas por los privilegios del clero, que incluían impuestos sobre los productos en venta en el mercado y sobre las actividades mercantiles.
Hay que tener en cuenta que la reforma no fue un movimiento victorioso en todo el ámbito europeo, no se impuso en los estados ibéricos ni italianos así como tampoco penetró en la mayor parte de la península balcánica.
La cristiandad occidental acariciaba desde hacía mucho tiempo el proyecto de reformar la Iglesia, la idea surgió cuando su funcionamiento comenzó a resultar decepcionante lo que hizo aparecer la ruptura existente entre la vida atribuida a los primeros cristianos y la que se tenía ante los ojos, la imagen de un cristianismo primitivo ejemplar era en parte mítica e ideológica y la idea de una primera fase de pureza y de virtud se hacía necesaria para reaccionar frente a las que parecían ser formas de decadencia y adulteración. Una concepción espiritual de la función de la Iglesia chocó durante siglos con una concepción más temporal y política dentro del propio seno de la Iglesia, ambas tendencias se enfrentaron durante mucho tiempo y, a mediada que pasaban los años, grupos de laicos iban acercándose a los clérigos que defendían la Reforma. El fenómeno se acentuaba de tal manera que los sacerdotes no deseaban que los laicos leyeran y conocieran los libros sagrados y menos aún que discutieran sus contenidos e interpretación, aparecían como los hombres doctos y consagrados, que vivían distinto de los demás sin contraer vínculos familiares, que suministraban los medios para hacer propicia la divinidad y conjuraban las insidias de las fuerzas del mal. Por esto el clero ocupaban el primer rango social, se les pagaban los diezmos, se les legaban las propiedades inmuebles y las propiedades territoriales y legislaban en materia de comportamiento. El intento de los reformadores no era privar a la Iglesia del ejercicio de sus funciones, sino de disciplinarlo según determinados criterios.
Durante el siglo XV se sucedieron una serie de iniciativas y tentativas encaminadas a reprimir abusos de las órdenes monásticas, a introducir formas más sobrias de piedad, a fundar cofradías y asociaciones religiosas. Algunos reaccionaron de modo radical, John Wyclif (1330-1834) había sostenido que los príncipes tenían el derecho de expropiar el clero y distribuir y administrar sus bienes en beneficio de la comunidad, consideraba contrario a la ley divina el voto de castidad de las monjas y reprobable la mendicidad de los monjes. Aunque era un teólogo, expresaba las reacciones de la sociedad laica frente a la Iglesia y sus obras ejercieron una influencia notable, gran parte de sus críticas fueron reasumidas por los reformadores del siglo XVI. Joan Hus (1369-1415) y sus seguidores corroboraron sus ideas, en gran parte, afirmando que nadie podía hacerse representante de Cristo o de Pedro sino imitaba su comportamiento.
Al movimiento de la Devotio moderna se unieron, sobre todo en el noroeste europeo, instancias humanistas que promulgaban el retorno a las fuentes originales de la inspiración cristiana que tuvo su mayor exponente en Erasmo, la lenta y constante búsqueda de la perfección y elevación moral se fundaba en una disciplina interior y en la confianza de recorrer el camino de la virtud y de la salvación.
En el transcurso del siglo XVI, XVII y XVIII, la naturaleza llegará a ser gradualmente al instancia suprema, tanto en las dimensiones de la política y del derecho como en las de la moral y del conocimiento científico, convirtiéndose en un criterio de referencia para la verdad religiosa.
Mientras Carlos V se apoderaba definitivamente de Lombardía y preparaba su supremacía sobre la península italiana, el imperio era presa de agitaciones a las que intentaba hacer frente. La causa ocasional de los desórdenes fueron las tomas de posición del moje agustino, Martín Lutero (1483-1546), que entró en conflicto con un dominico a propósito de la asignación de indulgencias en territorio alemán. Antes de presentar y hacer circular sus “95 tesis” (1517), había llegado a convicciones dogmáticas contrarias a la doctrina tradicional. Impugnaba el derecho del Papa a distribuir los frutos de los méritos de Cristo y de los santos. En 1518 al remitir al pontífice sus tesis no se retractó de ellas, para él todo cristiano era un pecador, digno de ser condenado sin apelación posible sino creía profundamente poderse salvar solamente gracias a la misericordia de Dios, los sacramentos perdían su importancia, lo que contaba era la iluminación interior por la que cada uno se aseguraba de que la propia miseria moral no le sería imputada.
El luteranismo gozó de una serie de circunstancias favorables. Ante todo, su divulgador debería haber sido entregado al cardenal Cayetano, legado pontificio en Alemania, por el contrario, el elector Federico de Sajonia lo sustrajo a tal procedimiento, sosteniendo que no se tenía que arrestar antes de que el acusado fuera juzgado como hereje por una universidad alemana y tras una discusión pública. León X declaró heréticas 41 proposiciones de los escritos de Lutero y lo excomulgó (15 de junio de 1520), el fraile echó a las llamas la bula papal ante los profesores y estudiantes de Wittemberg. Al año siguiente más de un millar de caballeros le escoltaron hasta la Dieta de Worms, donde había sido convocado, rechazó retractarse y la Dieta lo expulsó del Imperio, aunque siguió defendido por el elector de Sajonia.
A parte de la solidaridad de sus seguidores tuvo otro aliado muy importante en la imprenta que difundió sus tesis y sus escritos. Lutero tuvo ardorosos partidarios: desde Carlstadt hasta Ulrich von Hutten, desde Franz von Sickingen hasta Felipe Melanchton, quien a fines de 1521 presentaba ordenada toda la doctrina luterana en la obra “Loci comunes”. A partir de entonces numerosas ciudades fueron adoptando el luteranismo: Constanza, Erfurt, Magdeburgo, Halberstadt, Breslau, Bremen, etc. Alemania era el terreno más apropiado para una revuelta antirromana y antiopontificia. En 1525 algunos príncipes alemanes se aliaron para defender la doctrina, incluido el elector de Sajonia y en la Dieta de Spira lograron rechazar la aplicación del Edicto de Worms que cuando una nueva Dieta, en 1529, quiso volver a ponerlo en vigor, la protesta de seis príncipes alemanes y catorce ciudades se aganron el epíteto de protestantes, nombre que desde entonces designaría a los seguidores de Lutero y posteriormente a todos los reformadores de análoga inspiración. En 1513 llegaron a tener un verdadero pacto armado llamado la Liga de Esmalcalda. Ni el Papa ni el Emperador pudieron hacer nada contra los príncipes que no dudaron en manejar el movimiento reformador para su propio provecho, éstos se otorgaron toda una serie de poderes, se convirtieron, revestidos de obispos, en soberanos en el pleno sentido de la palabra, ampliando su propia estructura administrativa, interfiriendo en las nominaciones eclesiásticas y en la formulación de la doctrina. Hubo una Reforma desde las altas esferas, que iba acompañada de centralizaciones territoriales y comportaba visitas e inspecciones oficiales y confiscaba bienes eclesiásticos. Los juristas protestantes sostuvieron que los príncipes electores no debían ser considerados súbditos del Emperador sino asociarse con él en el gobierno de Alemania. Fueron los estados territoriales contrarios a los Habsburgo los que hicieron posible la victoria protestante en la Dieta de Augsburgo de 1555.
Lutero no se había limitado a los problemas religiosos y a las consecuencias que se derivaron, algunos de sus seguidores asumieron posiciones más radicales que él. Lutero no revolucionó la vida del fiel, el confesionario se conservó y gran parte del servicio religioso siguió celebrándose como antes., puesto que no tenía un programa litúrgico muy claro e innovador. Más llamativa fue la consecuencia de la doctrina según la cual todos los cristianos participaban del sacerdocio, conllevaba que el clero no tenía que constituirse en una casta separada, que sus miembros podían casarse y que los conventos debían ser abolidos. El mismo Lutero se casó con una monja, Katharina von Bora, con quien tuvo seis hijos.
Aprovechando esto los campesinos tendían a rebelarse frente a los abusos y a los gravámenes feudales, así es fácil imaginar el numeroso grupo de seguidores que tuvo Thomas Müntzer (1489-1525) cuando anunció a los campesinos que ellos eran los elegidos, destinados a conseguir la victoria frente a los príncipes y los grandes personajes que querían impedir el triunfo del Evangelio. Los predicadores radicales se pusieron a la cabeza de los aldeanos dando origen al movimiento de los anabaptistas, que según ellos, debían bautizarse de nuevo para conseguir comunidades de santos, donde todo se repartiría equitativamente. Los mismos nobles luteranos, incluido Lutero, se enfrentaron a ellos, Müntzen fue capturado y ejecutado en 1525. en 1534 una nueva revolución de los anabaptistas se produjo en el valle del Rin hasta que se impuso la represión por parte de las tropas episcopales y se les dispersó.
La gran aportación del luteranismo consistió en la ruptura de la unidad confesional propia del mundo católico. Lutero, con la ayuda de los príncipes, no dudó en constituir una Iglesia diferente de la de Roma . fue el primero de una larga lista de reformadores que intentaron organizar iglesias autónomas que respondiesen a sus doctrinas, pero que fuesen generosas con el poder constituido: Marín Bucero (1491-1551) en Estrasburgo, Ecolampadio (1482-1531) en Basilea, el rey Gustavo Vasa (1523-1560) en Suecia, etc.
La gran victoria militar que Carlos V obtuvo sobre los protestantes alemanes en Mühlberg (24 de abril de 1547) no pudo restablecer la situación y sus efectos fueron pasajeros. Alemania, aunque reconoció como Emperador al hermano de Carlos V, Fernando de Habsburgo, se encontró dividida en el plano religioso en dos zonas desiguales: Baviera y la parte occidental (valles del Mosa, del Mosela, y gran parte del valle del Rin) siguieron siendo católicos, el resto —cerca de 2/3 del territorio— fue desde entonces protestante: la Paz de Aubsburgo (1555) sanción esta división confesional.
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Carlos V Y Sus Rivales

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Carlos V aglutinaba en un mano un gran poder, además de la corona húngara, unía a su cetro imperial la corona española y la joven potencia transoceánica en continuo desarrollo de los castellanos. En contrapartida, a tales vastos dominios de los Habsburgo se erigía no solo el expansionismo otomano, sino también la decidida acción de Francia. Carlos V soñaba con restablecer el prestigio del Imperio y con hacer de su cabeza el árbitro de los destinos continentales, no obstante, a pesar de haber perseguido su objetivo durante más de tres décadas tuvo que reconocer que no la había conseguido.

Como en Italia anteriormente, ahora en Europa los estados concretos perseguían una política absolutamente exenta de prejuicios, abierta a todas las alianzas que fueran eficaces y provechosas. Francia sola no podía haber hecho frente a los Habsburgo, cuyos territorios prácticamente la rodeaban en torno a 1530, pero no le fue difícil apoyarse en los principales adversarios del emperador y disgregar el bloqueo a que era sometida.

Frente a la herejía, Carlos V no se mostró ciertamente inactivo. En los Países Bajos organizó un sistema de vigilancia religiosa similar al de la Inquisición española e hizo publicar toda una serie de ordenanzas sumamente rigurosas. Los más perseguidos fueron los anabaptistas, que quedaron relegados a la clandestinidad y reducidos a grupos aislados. Frente a la propagación del luteranismo, promovió la convocatoria de un concilio con la esperanza de subsanar las divisiones confesionales. Sus esfuerzos alcanzaron éxitos tardíos. En 1530 Melanchton, portavoz protestante, intentó ir al encuentro de los interlocutores católicos, pero Carlos V rechazó en bloque las confesiones de fe de los reformadores. En 1541, en Ratisbona, el legado pontificio logró un acuerdo con los luteranos pero los términos no fueron aprobados ni por el Papa, ni por Lutero ni por Calvino. En el ámbito eclesiástico, el concilio se realizó en 1545 y en el político y sobre todo alemán, la palabra quedó reservada a las armas (Mühlberg) y a la constatación de la imposibilidad de entenderse. La paz religiosa de Augusta no hizo sino sancionar la división entre principados católicos y principados protestantes.

Su confrontación con Francia no fue sustancialmente más afortunada ya que desde 1530 Francisco I no vaciló en emprender dos caminos que, aunque poco acordes con su título de rey Cristianísimo, eran políticamente rentables. El apoyo a los príncipes protestantes, adversarios del emperador, y el del entendimiento con los turcos. Con apoyo francés, el duque de Baviera, católico aunque contrario a los Habsburgo, se alió con el landgrave luterano de Hesse para restituir al duque de Württembeerg el estado que en 1522 le había quitado el hermano del emperador, Fernando. Desde 1536 las hostilidades entre Carlos V y Francisco I se reanudaron y se concluyeron después de la muerte de ambos, tras una sucesión de tratados de paz y conflictos armados con fases alternas para cada bando.

Otro adversario aún más temible que el francés le tuvo ocupado durante décadas en el opuesto frente balcánico y en el berberisco norte de África. El Imperio Otomano tenía como objetivo principal la expansión armada en dirección a Europa, toda su estructura interna estaba concebida en función de la guerra, de modo que el organismo estatal equivalía a una inmensa máquina bélica. Todo titular de una propiedad territorial (timar) estaba obligado como máximo a prestar servicio militar a caballo, a su vez cualquiera que participase en el ejército victorioso podía ser investido como señor de tierras en la nueva zona conquistada. El timar no se heredaba, de modo que las tierras podían ser redistribuidas a quienes se distinguían en la guerra. Los pueblos sometidos estaban obligados por la administración turca a pagar un conjunto de tributos y prestaciones variables según las necesidades bélicas y, por otro, muchos de sus integrantes —para mantener sus tierras o recuperarlas— participaban en las operaciones militares junto a los turcos. La serie ininterrumpida de derrotas cristianas no debe sorprender ya que ninguna potencia europea estaba organizada de un modo tan vasto y coherente en función del ataque y de la expansión armada. Al innegable deseo de hacer la guerra santa contra los infieles no musulmanes se unía el interés personal de los combatientes. Incluso la religión de los países subyugados era aprovechada, a cambio del permiso para practicar los respectivos cultos, debían abonar tributos especiales que financiaban las futuras campañas. En cuanto a las fuerzas armadas, además de utilizar las propias e inducir a elementos de los pueblos sometidos a reforzarlas, no dudaron en constituir milicias escogiendo por la fuerza a los jóvenes que les interesaban entre las poblaciones cristianas, éstos jóvenes eran deportados, sometidos a un rígido adiestramiento militar, hechos musulmanes e integrados en un cuerpo especial de infantería, cuyos miembros se llamaban jenízaros, verdaderos soldados profesionales, les estaba prohibido casarse (hasta la mitad del siglo XVI), constituían el núcleo y la flor del ejército: eran entre 20000 y 30000 hombres y formaban la fuerza armada más disciplinada de la época.

A fines del XV y comienzos del XVI la expansión turca quedó frenada en los Balcanes, ya por la resistencia húngara como por el conflicto entre el sultán y el sha de Persia, Selim I (1512-1520) atacó a los persas y sus tropas llegaron a ocupar Tabriz (1514) pero no doblegaron al adversario. En la otra dirección, los otomanos, obtuvieron pronto resultados notables, en 1516 ocupaban Siria, Palestina y el mismo Egipto, incluso Arabia llegó a pasar bajo su dominio hasta el Golfo Pérsico y el océano Índico. Los españoles habían pasado a la ofensiva en la costa del norte de África —donde se habían establecido numerosas bases piratas musulmanas— ocupando Melilla (1497), Mers-el-Kebir (1505), Orán (1509), Bujía y Trípoli (1510) y controlando el norte argelino (1515). Mientras las fuerzas navales turcas, compuestas por unidades corsarias armadas en el Egeo, habían comenzado a establecerse en el norte de África, tras apoderarse de la isla de Djerba y luego Cherchell, su jefe aceptó la invitación argelina de establecerse en su ciudad pero sucumbió ante los españoles ante las murallas de Tlemecén. El mando de los corsarios fue asumido por su hermano, Khaireddin, conocido como Barbaroja que, para enfrentarse mejor a los españoles, apeló directamente al Diván que lo nombró su lugarteniente (1516), así el poder otomano se instalaba en el Mediterráneo occidental y tomaron la posesión definitiva de Argel en 1529.

Carlos V no podía asistir inactivo a los progresos otomanos —Barbarroja se había apoderado de Túnez en 1534— y la reacción del emperador fue inmediata y coronada por el éxito; en 1535, él mismo participó en la expedición que logró recuperar Túnez y poner una guarnición española en La Goleta. La situación en el mar empeoró al aliarse el sultán y Barbarroja con Francia, cuando al año siguiente se reanudó el conflicto ente el emperador y Francisco I, una flota fancoberberisca realizó un ataque contra Baleares y las costas españolas, la contienda entre el Imperio y el turco era más abierta cuando Solimán (1520-1566), sucesor de Selim, había reemprendido enérgicamente el avance en los Balcanes, a fin de 1521 la fortaleza de Belgrado caía en sus manos, el ataque que realizó contra Hungría concluyó con la victoria de Mohacz (1526) donde perdió la vida el soberano magiar y se desmoronó todo su imperio, pasando en gran parte a dominio otomano —el resto quedó en poder de los Habsburgo— la ofensiva turca continuó llegando, tres años más tarde, a asediar Viena, aunque en vano, lo que acabó con sus avances en tierra.

Por mar, sin embargo, continuaron. Una imponente coalición marítima se había constituido para hacerles frente, formada por los venecianos, los españoles y el pontífice, alrededor de 200 unidades se encontraron frente a la fortaleza de La Prevesa, con casi otro tanto de navíos musulmanes al mando de Barbarroja, que había reunido sus fuerzas en el golfo de Arta. Andrea Doria, levantó el bloqueo y permitió salir a la flota turca a mar abirto lo que aprovechó Barbarroja para presentar batalla que, aunque sin infligir graves pérdidas a la flota cristiana, que transformó en una victoria que fue más en el plano moral y estratégico que en el puramente naval, pero como consecuencia la colación naval cristiana no pudo reconstruirse durante mucho tiempo.

Carlos V intentó recuperar Argel pero la empresa fracasó y produjo notables pérdidas (1541). Andrea Doria sólo logró tener un éxito en 1551, atacando y tomando Djerba, base del corsario Dragut, éste junto con unidades francesas contraatacó en 1553 y arrebató Córcega a los genoveses a favor del rey Cristianísimo. En 1560 una expedición naval hispanopontificia intentaría en vano ocupar Trípoli, en poder de Dragut. El Mediterráneo se había convertido casi en un lago otomano, mientras los movimientos de la mayor potencia europea, la española, quedaron condicionados, al menos hasta Lepanto, por la amenaza que suponía el imperio otomano.
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