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Los Estados Del Norte De Europa

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Un país bastante singular en el tablero europeo resultó ser Suecia, que se impuso casi con prepotencia en el siglo XVII. Rica en hierro y cobre, produjo además excelentes soldados y soberanos que, de forma poco habitual para la época, se ponían personalmente al frente de sus tropas. Casi indisoluble fue la perfecta unión con que los ejércitos aunaron la sincera devoción a la causa protestante y la dedicada al monarca. No fue menos importante el papel desempeñado en las empresas suecas por la potente nobleza que sacó de ello grandes beneficios. La aristocracia se convirtió en una fuerza expansionista, la guerra y las conquistas se alimentaron por sí mismas aunque el reclutamiento se realizaba a la antigua manera feudal. A partir de 1613 en la caballería predominó el voluntariado y en la infantería el reclutamiento, con cerca de diez mil hombres cada una.
El vigor continuo de las ofensivas suecas aseguró al país una reputación guerrera indiscutible. El expansionismo sueco empezó a declinar en 1660, la crisis financiera repercutió sobre todas las relaciones sociales y desde 1665 el estado no era capaz de sacar nada de dos terceras partes de sus tierras. Tras Westfalia y la Guerra de los Treinta Años, Suecia se había asegurado el control de gran parte del espacio económico de Alemania septentrional con la posesión de los estuarios del Elba, Oder y Weser lo que se añadía a su establecimiento en todas las costas bálticas.
El gran Elector de Brandeburgo, Federico Guillermo, ascendió al poder en 1640, fue el que inició el proceso de formación de la potencia de los Hohenzollern y apostó por una sola carta: el ejército. Al principio no disponía de buenas fuerzas ni de medios, para mantener la propia administración y pagar a las tropas dependía de las personas notables de las provincias, que poseían el control local sobre los impuestos. En su primer año de gobierno no disponía más que de dos mil quinientos hombres a cuyos jefes debía, a menudo, arrestar como culpables de vejaciones o licenciar por incompetencia. No obstante, logró aumentar el número de efectivos del ejército hasta ocho mil en 1648.
El primer y esencial vuelco para conseguir la reforma militar la llevó a cabo gracias a un compromiso. En 1635 obtuvo de los Junker (grandes propietarios nobles de tierras) una financiación de 530.000 táleros a cambio de importantes concesiones políticas y sociales. Federico Guillermo los autorizó como la única clase autorizada para adquirir propiedades además de otorgarles la exención de los impuestos y la jurisdicción absoluta sobre sus propios campesinos. El gran Elector administró sagazmente los fondos concedidos y dieron sus frutos: de 8.000 soldados en 1655, al año siguiente se pasó a los 22.000 y, en 1660 llegaron a ser 27.000. a partir de 1655 instituyó una especie de estado mayor general a las órdenes del barón Von Sparr, bajo cuyo mandato se encontraron cada vez más unificadas las diversas fuerzas provinciales. Realizó simultáneamente otra reforma que consistión en disminuir las prerrogativas de los jefes militares anteriores. Con la institución de un Comisariado general para la guerra, el reclutamiento, el abastecimiento, la soldada y alojamiento del ejército, además de la supervisión de los almacenes y los depósitos, fueron sustraídos al control de los distintos coroneles. Puso las bases de un sistema de absoluta fidelidad al soberano como jefe de las fuerzas armadas.
No tardó en ser lo suficientemente fuerte para desbaratar a los que le criticaban y desmantelar su resistencia, siendo sometidos a la voluntad del príncipe bajo la amenaza de la implantación militar de los derechos rechazados. Fueron los años de la guerra contra Suecia (1655-1660) los que permitieron a los Hohenzollern obtener, con la Paz de Oliva, la soberanía del ducado de Prusia. Al final del conflicto el ejército estaba totalmente organizado y los gastos cubiertos. Desde 1660 el gran Elector decidió asignar cargos estatales a los oficiales superiores que habían dejado ya el ejército e instalar a los soldados licenciados como colonos en tierras de propiedad pública (creando, con ello, una especie de reserva). Derrotó en sucesivos conflictos a los suecos, como en Ferhrbellin (18 junio de 1675) y practicó una política de tolerancia religiosa que le permitió gozar de la colaboración de grandes hombres para la administración y economía de su estado.
Le sucedió en el ducado Federico (1688-1713) quien reconoció en el ejército el baluarte de su propia autoridad aunque realizó otras obras de prestigio como la fundación en 1694 de la Universidad de Berlín y de la Academia de Bellas Artes dos años más tarde. De acuerdo con el emperador, el duque asumió el codiciado título de rey de Prusia y ser coronado en Königsberg en 18 de enero de 1701, la capital siguió estando en Berlín que fue engrandecida y embellecida. Después de su abuelo, el nuevo y homónimo soberano Federico Guillermo I (1713-1740) llevó el absolutismo militar a un nivel de plena madurez. Escribió en reglamento para la infantería, el adiestramiento y las evoluciones tácticas dieron a la infantería prusiana una flexibilidad y una precisión de maniobra desconocidas hasta entonces en Europa. Los efectivos del ejército alcanzaron los 83.000 hombres llegando a ser el cuarto del continente.
El edificio del absolutismo militar, al que potenció y mejoró, se completó con significativos ajustes políticos y sociales. Se apoyó decididamente en los Junker para integrar a las masas campesinas del ejército y también el servicio de los nobles en el cuerpo de oficiales fue realizado para establecer entre oficiales y soldados un tipo de relación análoga al tradicional de la sociedad rural. Así todos los nobles comprendidos entre los doce y dieciocho años fueron inscritos en listas sobre las que Federico Guillermo I designaba personalmente quienes eran admitidos en el cuerpo de cadetes de Berlín, así era raro que una familia aristocrática no tuviera al menos un hijo entre los oficiales, incluso a los menos provistos de medios económicos se les ofrecía una educación especial, un alto nivel de vida y la oportunidad de alcanzar los vértices de la autoridad militar o política. Como último punto del sistema, el rey mandó vestir a sus oficiales el mismo uniforme, por los que se hacía rodear y que, con el «rey sargento», formaban una especie de sociedad cerrada en sí misma.

El Imperio de los Habsburgo

Un perfil distinto es el del absolutismo de los Habsburgo del siglo XVII. Tras la paz de Westfalia cada pequeño estado alemán era una entidad soberana desmembrando el antiguo Sacro Imperio Romano. El Imperio adoptó entonces una nueva fisonomía en cuanto se identificó con los dominios de los Habsburgo en la Europa central y que comprendían una parte relevante de Alemania, Bohemia, Silesia, Eslovenia y Croacia, además de una parte de Hungría y el centro político del organismo imperial: Austria.
El absolutismo de los Habsburgo tenía poco en común con el prusiano o el francés, puesto que los dominios sobre los que reinaba conservaban autonomías y notables particularidades. Tanto a los grandes noble como a los altos dignatarios eclesiásticos les era en cierta medida posible engatusar al emperador, tanto en el plano administrativo o fiscal como en el del reclutamiento militar o en la ejecución de la justicia. No obstante, los intereses de la dinastía o los de la nobleza no dejaron de unirse estrechamente, recurriendo a una serie de compromisos, en el clima unificador de la Contrarreforma. El núcleo de la unión entre el soberano y la aristocracia estuvo cimentado por el espíritu de la cultura católica imperante en la zona.
En la Europa de los Habsburgo, desde 1648, la obra de la Contrarreforma se reanudó de un modo muy intenso con el expreso apoyo imperial, lo obispos no constituyeron un cuerpo social independiente de la dinastía y ésta reinaba en gran medida a través de la Iglesia y de la alta nobleza, ligados con fuertes vínculos entre todas. Prelados y nobles aparecían unidos por convicción y conveniencia, además de prestigio social, la propiedad agraria otorgaba a las familias dominantes el control de la justicia y la administración.
En todas estas tierras seguía reinando un absolutismo poco organizado. Ni los oficiales del ejército ni los funcionarios constituyeron los agentes de una auténtica centralización. El sistema judicial era aún menos unitario que los órganos de gobierno militar o político, por cuanto el Consejo aúlico (Reichshofrat) asumió una importancia cada vez mayor por la confianza en la imparcialidad de sus sentencias.
Singular era loa situación del ejército imperial, que desde 1648 asumió el aspecto de una fuerza armada permanente, aunque claramente cosmopolita. Por una lado, tendía a constituir un vínculo unitario supranacional y, por otro, ciertos cuerpos no recibían órdenes de nadie, comportándose de un modo autónomo, por ejemplo, los regimientos y guarniciones de los puestos fortificados de la frontera otomana. No obstante, existía un Consejo de guerra (Hofkriegsrat) que al tiempo que vigilaba las tropas intentaba controla el cordón de la frontera con los turcos desde Croacia hasta Transilvania. La financiación del ejército no estaba siempre aseguraba y se tenía que recurrir a toda clase de ingresos extraordinarios par cubrir las necesidades. Se debe reconocer que en la segunda mitad del XVII los territorios de los Habsburgo lograron constituir la base suficiente de un verdadero organismo estatal, reforzando igualmente la fidelidad a la dinastía y promoviendo un fuerte nexo entre religión y devoción a los Habsburgo.
La relación entre los nobles católicos y los sacerdotes era muy estrecha, muchos miembros de las órdenes religiosas estuvieron muy vinculados a la aristocracia. La importante presencia de la Compañía de Jesús alcanzó la cumbre de su influencia, en la Europa central, en la segunda mitas del siglo XVII. Los jesuitas se asignaron las tareas de una actividad misionera de reconquista, sobre todo en zona luteranas y calvinistas, consiguiendo su mayor eficacia a través de su densa red de colegios, donde acogieron a muchos nobles. Organizaron sociedades de laicos, se introdujeron en las universidades y hacia 1700 eran ya 1300. también fue rapidísimo el desarrollo de los capuchinos que a comienzos del siglo XVIII estaban establecidos en al menos cien localidades.
Decisiva fue la personalidad el piadosísimo Leopoldo I, que reinó desde 1658 hasta 1705. se valió mucho de sus consejeros (nobles o eclesiásticos), desde 1668 a 1685 tuvo como colaborador al capuchino Emmerich Sinelli que fue a la persona a la que más escuchó mientras ejerció las funciones de obispo de Viena (1680-1685). Supo hacer desempeñar una tarea esencia a su corte y fue precisamente gracias a ella como el emperador implantó el régimen absolutista. Cada provincia tenía su lugarteniente designado por el monarca. El centralismo de los Habsburgo resultó bajo algunos aspectos relativamente modesto y la unidad de los dominios imperiales no fue forjada sólo por la preeminencia política o militar del emperador. Viena —en 1683 tenía unos cien mil habitantes— era la vitrina del Imperio, con su rostro multinacional y su ciudadanía políglota. Los Habsburgo no quisieron alterar la jerarquía y consagraron el ascenso a un número limitado de familias por lo que aquella nobleza se convirtió en una casta más o menos exclusiva en la que se perpetuaron algunas decenas de casa aristocráticas que conservaron su predominio gracias a la acumulación de las posesiones de tierras y de las dignidades más prestigiosas. En las provincias, por debajo de los aristócratas más eminentes, estaba bien arraigada una nobleza de barones y de caballeros. Se podía hacer, también, una distinción entre dos categorías de nobles de la casa de Habsburgo: la austriaca, bohemia y húngara (territorios de directa soberanía dinástica) y la de tipo imperial de las demás regiones.
Limitación fundamental a los poderes del monarca estaba la llamada «ley del país», considerada vinculante para todos, también para el monarca. El órgano de gobierno que más se aproximó a una función supranacional fue el Consejo Privado, también existía una Cámara de la Corte para administración de las finanzas y de los impuestos indirectos.
Una especie de altar paralelo a nivel menor del absolutismo se había constituido en Austria sobre las dietas provinciales que comprendían el clero, las ciudades y a veces los campesinos, además de los nobles que predominaban en ellas. Estas asambleas establecía contactos con la corona, fijaban impuestos y aprobaban el reclutamiento de hombres para el ejército, además de presentar sus propias reivindicaciones. Esta alianzas preservaban los señoríos nobles.
Bohemia, seguía siendo la región más rica de la monarquía, aunque también la burguesía había sufrido un claro declive respecto a la aristocracia propietaria de tierras. En Silesia se sintió la presión de la Contrarreforma, cerca de seiscientas iglesias protestantes fueron cerradas desde 1650. Más clara y compleja fue la acción de la Contrarreforma en Hungría, se insistió en el culto a san Esteban, se intensificó la acción de tradición católica magiar y también se legó a la alianza entre la dinastía vienesa y quienes tenían los resortes del poder local (unas cuarenta familias de magnates) que controlaban la administración y tenían fuerzas armadas propias con las que defendían las fronteras de los ataques turcos. Fueron las diez mayores casas las que se unieron en torno a la dinastía, que en compensación dejó en sus manos los órganos de poder local y les aseguró un amplio prestigio social. Existía un último elemento que hacía de Hungría un territorio particular en el seno de la monarquía era la recíproca alergia entre el elemento magiar y el alemán, mal vistos eran los generales y funcionarios de Viena y los grandes nobles húngaros se sintieron cada vez más incómodos en la corte y en los cargos oficiales de la capital, debido a ello, la dinastía no logró implantar allí el orden político de tipo absolutista que intentaba extender y que provocó lasrgas y vivas revueltas sobre todo en el campo. No obstante, el dominio del país por los Habsburgo hacía constantes progresos, tras la conquista de Buda (1686), en la Dieta de Presburgo los magiares reconocieron el carácter hereditario de la corona de san Esteban en la Casa de Austria. En 1690 el emperador hizo reconocer a su hijo José como rey de los rumanos y soberano húngaro, pero tras los ocho años de la revuelta dirigida por Ferenc II Rakoczi, en 1711 se llegó a un acuerdo por el que el país conservaba toda una serie de órganos administrativos y políticos locales, así hasta la época de Maria Teresa, para hacer valer la mayor parte de sus directrices, los Habsburgo tuvieron que servirse de las instituciones magiares tradicionales.
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