Sitio dedicado a la Antropología

Carlos V Y Sus Rivales

Compartir:
Carlos V aglutinaba en un mano un gran poder, además de la corona húngara, unía a su cetro imperial la corona española y la joven potencia transoceánica en continuo desarrollo de los castellanos. En contrapartida, a tales vastos dominios de los Habsburgo se erigía no solo el expansionismo otomano, sino también la decidida acción de Francia. Carlos V soñaba con restablecer el prestigio del Imperio y con hacer de su cabeza el árbitro de los destinos continentales, no obstante, a pesar de haber perseguido su objetivo durante más de tres décadas tuvo que reconocer que no la había conseguido.

Como en Italia anteriormente, ahora en Europa los estados concretos perseguían una política absolutamente exenta de prejuicios, abierta a todas las alianzas que fueran eficaces y provechosas. Francia sola no podía haber hecho frente a los Habsburgo, cuyos territorios prácticamente la rodeaban en torno a 1530, pero no le fue difícil apoyarse en los principales adversarios del emperador y disgregar el bloqueo a que era sometida.

Frente a la herejía, Carlos V no se mostró ciertamente inactivo. En los Países Bajos organizó un sistema de vigilancia religiosa similar al de la Inquisición española e hizo publicar toda una serie de ordenanzas sumamente rigurosas. Los más perseguidos fueron los anabaptistas, que quedaron relegados a la clandestinidad y reducidos a grupos aislados. Frente a la propagación del luteranismo, promovió la convocatoria de un concilio con la esperanza de subsanar las divisiones confesionales. Sus esfuerzos alcanzaron éxitos tardíos. En 1530 Melanchton, portavoz protestante, intentó ir al encuentro de los interlocutores católicos, pero Carlos V rechazó en bloque las confesiones de fe de los reformadores. En 1541, en Ratisbona, el legado pontificio logró un acuerdo con los luteranos pero los términos no fueron aprobados ni por el Papa, ni por Lutero ni por Calvino. En el ámbito eclesiástico, el concilio se realizó en 1545 y en el político y sobre todo alemán, la palabra quedó reservada a las armas (Mühlberg) y a la constatación de la imposibilidad de entenderse. La paz religiosa de Augusta no hizo sino sancionar la división entre principados católicos y principados protestantes.

Su confrontación con Francia no fue sustancialmente más afortunada ya que desde 1530 Francisco I no vaciló en emprender dos caminos que, aunque poco acordes con su título de rey Cristianísimo, eran políticamente rentables. El apoyo a los príncipes protestantes, adversarios del emperador, y el del entendimiento con los turcos. Con apoyo francés, el duque de Baviera, católico aunque contrario a los Habsburgo, se alió con el landgrave luterano de Hesse para restituir al duque de Württembeerg el estado que en 1522 le había quitado el hermano del emperador, Fernando. Desde 1536 las hostilidades entre Carlos V y Francisco I se reanudaron y se concluyeron después de la muerte de ambos, tras una sucesión de tratados de paz y conflictos armados con fases alternas para cada bando.

Otro adversario aún más temible que el francés le tuvo ocupado durante décadas en el opuesto frente balcánico y en el berberisco norte de África. El Imperio Otomano tenía como objetivo principal la expansión armada en dirección a Europa, toda su estructura interna estaba concebida en función de la guerra, de modo que el organismo estatal equivalía a una inmensa máquina bélica. Todo titular de una propiedad territorial (timar) estaba obligado como máximo a prestar servicio militar a caballo, a su vez cualquiera que participase en el ejército victorioso podía ser investido como señor de tierras en la nueva zona conquistada. El timar no se heredaba, de modo que las tierras podían ser redistribuidas a quienes se distinguían en la guerra. Los pueblos sometidos estaban obligados por la administración turca a pagar un conjunto de tributos y prestaciones variables según las necesidades bélicas y, por otro, muchos de sus integrantes —para mantener sus tierras o recuperarlas— participaban en las operaciones militares junto a los turcos. La serie ininterrumpida de derrotas cristianas no debe sorprender ya que ninguna potencia europea estaba organizada de un modo tan vasto y coherente en función del ataque y de la expansión armada. Al innegable deseo de hacer la guerra santa contra los infieles no musulmanes se unía el interés personal de los combatientes. Incluso la religión de los países subyugados era aprovechada, a cambio del permiso para practicar los respectivos cultos, debían abonar tributos especiales que financiaban las futuras campañas. En cuanto a las fuerzas armadas, además de utilizar las propias e inducir a elementos de los pueblos sometidos a reforzarlas, no dudaron en constituir milicias escogiendo por la fuerza a los jóvenes que les interesaban entre las poblaciones cristianas, éstos jóvenes eran deportados, sometidos a un rígido adiestramiento militar, hechos musulmanes e integrados en un cuerpo especial de infantería, cuyos miembros se llamaban jenízaros, verdaderos soldados profesionales, les estaba prohibido casarse (hasta la mitad del siglo XVI), constituían el núcleo y la flor del ejército: eran entre 20000 y 30000 hombres y formaban la fuerza armada más disciplinada de la época.

A fines del XV y comienzos del XVI la expansión turca quedó frenada en los Balcanes, ya por la resistencia húngara como por el conflicto entre el sultán y el sha de Persia, Selim I (1512-1520) atacó a los persas y sus tropas llegaron a ocupar Tabriz (1514) pero no doblegaron al adversario. En la otra dirección, los otomanos, obtuvieron pronto resultados notables, en 1516 ocupaban Siria, Palestina y el mismo Egipto, incluso Arabia llegó a pasar bajo su dominio hasta el Golfo Pérsico y el océano Índico. Los españoles habían pasado a la ofensiva en la costa del norte de África —donde se habían establecido numerosas bases piratas musulmanas— ocupando Melilla (1497), Mers-el-Kebir (1505), Orán (1509), Bujía y Trípoli (1510) y controlando el norte argelino (1515). Mientras las fuerzas navales turcas, compuestas por unidades corsarias armadas en el Egeo, habían comenzado a establecerse en el norte de África, tras apoderarse de la isla de Djerba y luego Cherchell, su jefe aceptó la invitación argelina de establecerse en su ciudad pero sucumbió ante los españoles ante las murallas de Tlemecén. El mando de los corsarios fue asumido por su hermano, Khaireddin, conocido como Barbaroja que, para enfrentarse mejor a los españoles, apeló directamente al Diván que lo nombró su lugarteniente (1516), así el poder otomano se instalaba en el Mediterráneo occidental y tomaron la posesión definitiva de Argel en 1529.

Carlos V no podía asistir inactivo a los progresos otomanos —Barbarroja se había apoderado de Túnez en 1534— y la reacción del emperador fue inmediata y coronada por el éxito; en 1535, él mismo participó en la expedición que logró recuperar Túnez y poner una guarnición española en La Goleta. La situación en el mar empeoró al aliarse el sultán y Barbarroja con Francia, cuando al año siguiente se reanudó el conflicto ente el emperador y Francisco I, una flota fancoberberisca realizó un ataque contra Baleares y las costas españolas, la contienda entre el Imperio y el turco era más abierta cuando Solimán (1520-1566), sucesor de Selim, había reemprendido enérgicamente el avance en los Balcanes, a fin de 1521 la fortaleza de Belgrado caía en sus manos, el ataque que realizó contra Hungría concluyó con la victoria de Mohacz (1526) donde perdió la vida el soberano magiar y se desmoronó todo su imperio, pasando en gran parte a dominio otomano —el resto quedó en poder de los Habsburgo— la ofensiva turca continuó llegando, tres años más tarde, a asediar Viena, aunque en vano, lo que acabó con sus avances en tierra.

Por mar, sin embargo, continuaron. Una imponente coalición marítima se había constituido para hacerles frente, formada por los venecianos, los españoles y el pontífice, alrededor de 200 unidades se encontraron frente a la fortaleza de La Prevesa, con casi otro tanto de navíos musulmanes al mando de Barbarroja, que había reunido sus fuerzas en el golfo de Arta. Andrea Doria, levantó el bloqueo y permitió salir a la flota turca a mar abirto lo que aprovechó Barbarroja para presentar batalla que, aunque sin infligir graves pérdidas a la flota cristiana, que transformó en una victoria que fue más en el plano moral y estratégico que en el puramente naval, pero como consecuencia la colación naval cristiana no pudo reconstruirse durante mucho tiempo.

Carlos V intentó recuperar Argel pero la empresa fracasó y produjo notables pérdidas (1541). Andrea Doria sólo logró tener un éxito en 1551, atacando y tomando Djerba, base del corsario Dragut, éste junto con unidades francesas contraatacó en 1553 y arrebató Córcega a los genoveses a favor del rey Cristianísimo. En 1560 una expedición naval hispanopontificia intentaría en vano ocupar Trípoli, en poder de Dragut. El Mediterráneo se había convertido casi en un lago otomano, mientras los movimientos de la mayor potencia europea, la española, quedaron condicionados, al menos hasta Lepanto, por la amenaza que suponía el imperio otomano.
Compartir:

0 comentarios:

Publicar un comentario

BUSCAR

Archivo del blog