Concepto ideológico de raza

Las razas como poblaciones

Una raza, en general, es una población de seres vivos que, perteneciente a una especie, ha tenido poco o ningún flujo de genes (cruce entre poblaciones) durante un largo periodo de tiempo.
La especie humana consta de diferentes poblaciones que podrían etiquetarse como «razas» (negra, amarilla, blanca) con frecuencias genéticas distintas y asociadas a continentes o regiones extensas. Sin embargo, no son taxonomías científicamente válidas, por lo cual se ha propuesto eliminar la palabra «raza» en los textos de Antropología y sustituirla por población.
Una población humana es simplemente cualquier grupo de gente que se cruza entre sí con frecuencia más que fortuita y que muestran uno o más genes diferentes con los grupos vecinos de gente. De cualquier modo, la palabra raza y su significado popular son demasiado importantes como para ignorarlos.

Taxonomías raciales tradicionales

La definición de raza como una población en la que aparecen uno o más genes con una frecuencia característica contradice las nociones populares sobre las divisiones raciales del moderno Homo sapiens; según la cual el Homo sapiens está dividido en un número pequeño y fijo de grupos raciales cuyos miembros poseen un conjunto de rasgos hereditarios característicos.
Muchos de estos rasgos, fácilmente perceptibles, los constituyen los rasgos externos (color de la piel, forma del pelo, de la nariz, cantidad de vello, estatura, etc.).
El primer problema que plantea este concepto de raza es que los rasgos de estos conjuntos no permanecen juntos en el tiempo o en el espacio. Por el contrario, cada rasgo puede ser clasificado independientemente y separado genéticamente estando sometido a las fuerzas evolutivas de la mutación (ocurre cuando el ADN se copia con errores durante la replicación), deriva (fluctuaciones al azar en la frecuencia de los genes) y selección.
En consecuencia, al menos la mitad de la población del mundo exhibe hoy en día paquetes de rasgos faciales con los que no cuentan los estereotipos populares. Así los ainu (Japón) están entre la población de más cabello del mundo, frente al arquetipo de cabello escaso que se atribuye a la raza mongoloide. O los nativos australianos, que presentan cabello claro y ondulado a pesar de ser de piel oscura, etc. Además ocurre, por ejemplo, en la taxonomía popular americana, que si un progenitor es «negro» y el otro «blanco», el hijo es «negro», a pesar de que la mitad de sus genes son «blancos». De esta manera se produce el fenómeno del «blanco» (con un único antepasado «negro») clasificado socialmente como «negro». De la misma manera, la mayoría de los «negros» americanos han recibido una significativa parte de sus genes de ancestros europeos recientes, pero se les considera africanos.
Con objeto de ser más rigurosos, más científicos, habría que imitar a los brasileños, que identifican los tipos raciales no por 3 o 4 términos, sino por 300 o 400.

Antigüedad de las razas

Nadie sabe qué conjunto de rasgos caracterizaba a las poblaciones de hace 25.000 o más años. Esta incertidumbre es especialmente relevante en lo que se refiere a las partes blandas del cuerpo, color de la piel y forma del pelo, ya que estas características no se mantienen en el registro fósil.

Purasangres

Otro concepto popular erróneo acerca de la raza es que existen individuos «de pura sangre» que son más representativos que otros de los rasgos, la esencia o el arquetipo de la raza.
Pero si se ignora a los individuos que no conforman a los que se supone que debe ser el aspecto típico de su grupo racial, se está violando el concepto de raza como población. De la misma manera, cualquier individuo cuyos genes formen parte del pool genético de una población es un miembro de esa población como cualquier otro.
No se puede caracterizar a una población por sus frecuencias genéticas, ya que los individuos que la componen no poseen frecuencias genéticas: son los grupos los que las poseen y en el curso de generaciones de una familia de individuos, los diversos genes del paquete genético van cambiando como consecuencia de las fuerzas de la evolución.

Clinas

Las nociones populares imaginan las razas como ocupantes de territorios rígidamente delimitados. Pero, en realidad, los genes responsables de los rasgos característicos aparecen con frecuencia gradualmente creciente o decreciente de una región a otra. Tales distribuciones se denominan clinas.
Así la frecuencia de genes responsables del color oscuro de la piel, crece siguiendo la dirección Europa Mediterránea a lo largo del Nilo hasta África central.
Las clinas son el resultado de dos procesos evolutivos:
  • Flujo de genes. Como resultado de la propagación de genes por las poblaciones adyacentes se puede esperar un cambio gradual en las frecuencias de genes con la distancia.
  • Selección. Un patrón similar resultaría si hay una ventaja adaptativa para un gen y si esa ventaja varía con la latitud, longitud o altitud (el color de la piel, por ejemplo, tiene un modelo clinal desde las latitudes más bajas a las más altas).
La existencia de castas de clinas pone en duda la noción de que las razas estén asociadas con territorios fijos y antiguos.
El flujo de genes y la selección actúan constantemente alterando las frecuencias genéticas y los límites entre las poblaciones. Por consiguiente, no existe un punto de partida en el que todas las razas actuales eran puras y sin mezcla y vivían aisladas en su territorio.

Los grupos sanguíneos y la raza

Se plantea otro problema al definir las razas utilizando el paquete tradicional del rasgo. A medida que se añaden más rasgos, especialmente si se trata de rasgos que no son perceptibles externamente cambian los límites de las mismas.
Esto puede ser visto en el caso de los alelos que determinan las propiedades inmunológicas de la sangre, y en consecuencia el éxito de las transfusiones entre un hombre y otro.
Los grupos de sangre mejor conocidos son los controlados por tres alelos (A, B y O). Estos alelos dan lugar a cuatro fenotipos (A, B, AB y O). Todas las personas tienen uno de estos cuatro fenotipos de grupo sanguíneo. El tipo más ampliamente distribuido es el O, que se da en todos los continentes y a través de todas las divisiones raciales.

Raza y polimorfismos

El polimorfismo genético se produce cuando existen diversos alelos de un mismo gen en una misma población, normalmente expresados como diferentes fenotipos (p.ej. el color de la piel es un polimorfismo). Se estima que hasta un 30% de los genes humanos son de este tipo.
Se han llevado a cabo diversos análisis multivariacionales para medir el grado de variación en los rasgos polimórficos que se produce dentro de grupos locales (como tribus o pequeñas comunidades étnicas) y arrojan como resultado que un 85% de las diferencias genéticas se producen dentro de los grupos locales dentro de las principales razas.
Es evidente el fracaso de los arquetipos raciales para explicar la distribución de los polimorfismos. Los antropólogos físicos han encontrado que es mucho más productivo acercarse al problema de los polimorfismos genéticos desde un punto de vista dinámico evolutivo y estudiar el papel de la selección natural y de otras fuerzas evolutivas en la producción de las variaciones de las frecuencias de genes.

Células falciformes y polimorfismos conexos

Uno de los casos más interesantes de polimorfismo es el de las células responsables de la enfermedad que se conoce por el nombre de anemia de células falciformes, debido a la cual los glóbulos rojos son incapaces de transportar las cantidades normales de oxígeno. Todas las zonas en las que estos alelos aparecen destacan por su alta incidencia de la malaria. Se descubrió que, en presencia de los alelos de la falcemia, el parásito de la malaria era incapaz de reproducirse y que los individuos portadores de ese alelo en forma heterocigótica (heredado únicamente a través de uno de los progenitores) ofrecían una resistencia mucho mayor a la enfermedad. Los alelos que permanecen equilibrados de este modo constituyen lo que se llama un polimorfismo en equilibrio.
Otra forma similar de polimorfismo equilibrado es la que explica la persistencia de una enfermedad conocida como talasemia, en la que existe cierta incapacidad para reproducir el número adecuado de glóbulos rojos. En su estado heterocigoto parece no tener efectos nocivos. Al igual que con la falcemia, este alelo se encuentra en regiones infectadas de malaria. La explicación puede ser que las mutaciones hayan producido miles de anormalidades en los glóbulos rojos, la mayor parte de las cuales ineficaces contra la malaria. Unas pocas, sin embargo, demostraron ser eficaces y fueron reiteradamente adoptadas por la selección natural.
Otro interesante polimorfismo es la capacidad de degustar la sustancia amarga llamada feniltiocarbamida o PTC y cuya ingesta excesiva produce disfunciones en la glándula tiroides. Esta sustancia se encuentra en las plantas de mostaza, en el repollo y en las coles de Bruselas. Los degustadores tienen el alelo dominante T y curiosamente el bocio se presenta en un mayor porcentaje en los no degustadores. Por consiguiente, la capacidad para degustar el PTC como una sustancia amarga puede estar relacionada con la capacidad para detectar plantas que afectan negativamente a la función del tiroides.

La nariz y la configuración corporal

Se han estudiado distribuciones de los rasgos asociados con las principales razas según su posible valor adaptativo (o contribución al éxito reproductivo). Los resultados distan de ser concluyentes pero algunas interesantes sugerencias permiten relacionar ciertos rasgos con la temperatura, la humedad y otros factores climatológicos: por ejemplo, la nariz larga de los europeos puede haber sido el resultado de la necesidad de elevar el aire frío y húmedo a la temperatura corporal antes de que alcance los pulmones. La forma redondeada y ancha que se da en general entre los esquimales puede deberse a que la forma esférica es la que más calor produce y más lo conserva (la forma esférica presenta el máximo de masa corporal con el mínimo de superficie).
La altura y delgadez de los africanos nilóticos puede deberse, por las razones opuestas, a que ello combina el mínimo de masa corporal con el máximo de superficie, maximizando de ese modo la pérdida de calor.

La deficiencia de lactasa

La deficiencia de lactasa constituye también otro polimorfismo. La capacidad de digerir leche depende de la capacidad del cuerpo para producir la enzima denominada lactasa. La mayoría de los mamíferos adultos, incluido el sapiens, pierde esa capacidad de producir lactasa al alcanzar la pubertad o la madurez y, por tanto, de digerir leche sin fermentar.
Presumiblemente, esto tiene un valor adaptativo que impide la competencia entre individuos maduros y niños por la leche materna.
Sin embargo, se da una mayor incidencia del alelo que permite a los adultos seguir produciendo lactasa en las poblaciones cuya subsistencia depende de la ingestión de gran cantidad de leche de origen animal como principal fuente de calcio. Esto ocurre especialmente en el norte de Europa.

El color de la piel

La mayoría de las personas no son ni muy claras ni muy oscuras, sino de piel morena. La piel extremadamente clara de los europeos del norte y la muy oscura de los centroafricanos son adaptaciones especiales. Los ancestros de piel morena pueden haber sido comunes a ambos hace miles de años. La piel humana debe su color a la presencia de partículas conocidas como melanina y su función primaria es proteger las capas superiores de la piel de los efectos nocivos de la longitud de onda ultravioleta de la luz solar.
Las personas, al carecer de pelo (que tiene otras ventajas) se exponen a dos tipos de peligrosas radiaciones: la quemadura solar ordinaria y los cánceres de piel. La melanina es la primera línea de defensa de nuestro cuerpo contra estas enfermedades. Cuantas más partículas de melanina, más oscura será la piel. Sin embargo, si la exposición a la radiación solar no tuviera más que efectos dañinos, la selección natural habría favorecido el color negro para todas las poblaciones. Pero los rayos de sol no siempre presentan una amenaza implacable. Cuando cae sobre la piel, la luz del sol convierte una sustancia adiposa de la epidermis en vitamina D, lo que juega un papel vital en la absorción del calcio, imprescindible, a su vez, para el crecimiento y fortalecimiento óseo.
Como la vitamina D se puede obtener de pocas comidas (principalmente de los aceites e hígados de pescado marino), las poblaciones del interior deben depender de los rayos del sol y de su propia piel para el abastecimiento de esta sustancia. Por lo tanto, el color particular de la piel de una población humana representa en gran medida un punto de equilibrio entre los peligros de excesiva y de escasa radiación solar.
Este equilibrio es el que explica, en gran parte, la preponderancia de la gente de color moreno en el mundo y la tendencia general del color de la piel a ser más oscuro entre las poblaciones ecuatoriales y más claro entre las poblaciones que viven en latitudes más altas. En las latitudes medias la piel sigue la estrategia de cambiar los colores con las estaciones, bronceándose al exponerse al sol y perdiendo dicho bronceado en invierno. La correlación entre el color de la piel y la latitud no es perfecta, porque otros factores, como la disponibilidad de los alimentos que contienen vitamina D y calcio, la cobertura nubosa de la región durante el invierno, la cantidad de ropa que se lleva y las preferencias culturales pueden trabajar a favor o en contra de la relación prevista.

El origen de la piel blanca

Los pueblos mediterráneos que emigraron al norte, tuvieron que cubrirse con ropa abundante para protegerse contra los inviernos largos, fríos y nubosos. Además, su economía agrícola y lechera no les proporcionaba pescado marino rico en vitamina D. De esta manera, los individuos de piel clara no bronceada que podían utilizar las dosis más débiles y breves de luz del sol para sintetizar vitamina D se verían fuertemente favorecidos por la selección natural (y cultural, como veremos más adelante). Durante los gélidos inviernos, sólo un pequeño círculo de la cara de un niño podía exponerse al sol, favoreciendo así la supervivencia de los niños con manchas rosas translúcidas en las mejillas, características de la mayoría de los norteuropeos. Pero la vitamina D no previene el raquitismo por sÍ sola, además tiene que producirse una ingesta adecuada de calcio. Y, como ya hemos visto, los norteuropeos tienen la inusual característica de poder ingerir leche sin fermentar durante toda la vida.
La selección cultural también pudo jugar un papel importante en el favorecimiento de la piel clara. Es probable que estos ancestros cuando tuvieran que elegir a qué niños alimentar o abandonar, dieran ventaja a los de piel clara, habiendo demostrado la experiencia que tales individuos tendían a crecer más altos, más fuertes y más sanos que sus hermanos más oscuros. Igualmente, los adultos tenderían a escoger a compañeros de piel clara puesto que eran más sanos y tenían más niños. Así se llegaría a la percepción de los blancos como más bellos.

El origen de la piel negra

En las latitudes ecuatoriales, con el sol directamente sobre las cabezas la mayor parte del año y siendo las ropas un obstáculo para trabajar y sobrevivir, el color oscuro se perfilaría como el más ventajoso.
Además, la vitamina D nunca les faltaba y el calcio se obtenía fácilmente de ciertas plantas, por lo que el raquitismo y los defectos óseos eran escasos.
El principal problema sería el cáncer de piel y, al igual que en el caso anterior, lo que la naturaleza comenzó, la cultura lo amplificó. Los niños más oscuros fueron favorecidos por los padres. Igualmente, los compañeros de piel más oscura vivían más y tenían más hijos. De esta forma, el color negro llegaría a considerarse más bello (es interesante anotar que los africanos sintieron rechazo en su primer encuentro con los europeos porque el blanco era el color que ellos asociaban con la muerte y el mal).

La controversia del coeficiente intelectual

Muchas personas están convencidas de que ciertos grupos raciales son por naturaleza más inteligentes, más musicales, más atléticos, más espirituales o más atractivos que otros. Estos estereotipos surgen de un problema metodológico común: la imposibilidad de controlar el efecto de las influencias culturales en la conducta de estos grupos.
En los últimos tiempos, la cuestión de las diferencias raciales se ha centrado en medir y comparar los cocientes intelectuales (CI) de los negros y blancos americanos. Es muy conocido el caso de que, en todo el país, la puntuación de los blancos superó en una media de un 15% a los negros, incluso en las muestras de correlativos estatus socioeconómicos.
Inicialmente se consideraba la inteligencia como un rasgo completamente heredado que no podía verse afectado por ninguna clase de influencia del medio. Más tarde, sin embargo, se admitió que el medio y la cultura podrían ejercer alguna influencia en el modo en que un individuo pudiera desenvolverse en un test de CI. Desde entonces se ha intentado medir qué parte de la puntuación de dicho test debe atribuirse a las influencias ambientales y culturales y cuál a la herencia, con el fin de desarrollar un test «exento o independiente de la cultura». Pero es una contradicción suponer que los seres humanos puedan estudiarse soslayando o anulando los efectos de la cultura (de sus ideas, de sus hábitos de percepción y de acción, etc.).
La heredabilidad de la inteligencia: algunos psicólogos sostienen que la inteligencia tiene un factor de heredabilidad del 80%, con lo que tan sólo el 20% se debería al medio.
La heredabilidad, sin embargo, es un predictor válido de la inteligencia sólo bajo un conjunto dado de condiciones ambientales. Las heredabilidad no dice nada acerca de cuáles serían las puntuaciones del cociente intelectual u otros rasgos hereditarios en un conjunto diferente de condiciones ambientales. Además, la heredabilidad no define los límites del cambio. Por todo ello no existe prueba alguna de que los negros americanos no pudieran lograr grandes avances en el test de experimentar un repentino cambio en su medio cultural.
El factor minoritario en el test de CI: el factor fundamental que estos estudios no pueden controlar es el efecto que sobre el desarrollo de los tests tiene el hecho de pertenecer a un grupo que es degradado, segregado y discriminado y que nunca ha podido desarrollar una sólida tradición de estima académica o de logros intelectuales.
No obstante, existe un estudio que se acerca a alguna de las condiciones necesarias para controlar los efectos que tiene sobre el CI el hecho de ser educado en una familia blanca o en una negra. Se trata de una investigación en la que se comparan las puntuaciones de CI de niños negros y niños blancos adoptados por padres blancos acomodados. Los resultados son los siguientes: tanto los niños adoptados negros como blancos obtuvieron puntuaciones más altas que la población en general. No hubo diferencias entre los CI de los niños negros y blancos. Los hijos biológicos de los padres blancos tuvieron puntuaciones más altas que sus «hermanos» adoptados (lo que podría explicarse como una ventaja heredada puesto que esos padres tenían CI superiores a la media o como un efecto de la adopción en los niños adoptados).

El Efecto Flynn

La premisa básica que presupone que el CI mide un rasgo heredado, fijo e inamovible tanto para grupos como para individuos se ha visto desafiada por un nuevo descubrimiento. El psicólogo James R. Flynn observó, cuando estudiaba las pruebas de inteligencia realizadas a los militares norteamericanos, que los reclutas que poseían una puntualización media con relación a sus compañeros de promoción se encontraban por encima de la media si se les comparaba con las puntuaciones obtenidas por una generación anterior.
Si las pruebas de cociente intelectual midieran realmente lo que se supone que miden, tendríamos que creer que los niños que nacen hoy día superan en inteligencia a sus abuelos en más de un 25 por ciento.

Raza e industrialización

En el siglo XIX el fracaso de los negros y de otras razas para competir con éxito contra las naciones blancas en la manufactura, el comercio y la guerra se consideró una prueba irrefutable de que los blancos europeos y sus descendientes en Norteamérica constituían una raza superior.
Convenientemente olvidaron que la historia está llena de relatos de imperios que fueron puestos de rodillas por pueblos que, en su momento, se consideraron irremediablemente atrasados y bárbaros: si a Julio César o a cualquiera de sus contemporáneos se les hubiera preguntado si podrían pensar en los bárbaros (británicos o germanos) como pueblos esencialmente iguales a los griegos o romanos, probablemente hubieran respondido que si esos norteños poseyeran la habilidad de los mediterráneos habrían podido expresarla desde hace tiempo, en vez de seguir viviendo en medio de la desorganización, la miseria, la rudeza y la ignorancia.
En cuanto a la arrogancia racial de los chinos, nada mejor la expresa que la negativa del emperador Ch’ien Lung en 1792, a la petición de una delegación de «bárbaros de rostro rojizo» de abrir relaciones comerciales. Inglaterra –dijo el emperador- no tenía nada que China pudiera desear. Era el mayor y más poderoso imperio que el mundo había visto jamás. Cincuenta años después de la arrogante afirmación el poder imperial chino fue destruido, sus ejércitos humillados por un puñado de tropas europeas, sus puertos marítimos controlados por mercaderes extranjeros y sus masas campesinas atrapadas por el hambre y la peste.
Buena parte de la humillación sufrida por la industria y el comercio de Estados Unidos a manos de sus competidores japoneses proviene de la arrogancia racial. En los años 30 los americanos opinaban que los japoneses sólo podrían imitar a la industria americana. Cincuenta años después los coches japoneses pondrían a Detroit de rodillas y el mercado americano sería dominado por los microscopios japoneses, cámaras fotográficas, relojes digitales, calculadoras, aparatos de televisión, grabadoras de vídeo y docenas de otros productos de consumo fabricados en Japón.
Igualmente, hoy en día se sigue pensando que el África negra está condenada, en razón de su herencia genética, a ser una perpetua rezagada en un mundo de avanzada industrialización y alta tecnología. Veamos las razones históricas de este retraso:
  • En el año 500 d.C. los reinos feudales africanos y europeos eran muy semejantes, excepto por el hecho de que los africanos se vieron privados a causa del Sahara del legado de tecnología e ingeniería que los romanos habían dejado a Europa.
  • A continuación, el Sahara volvió a inhibir el flujo de influencias Árabes que tanto contribuyeron a revitalizar la ciencia y el comercio europeos. Los pueblos mediterráneos desarrollaron en naves su comercio y sus guerras, convirtiéndose en potencias marítimas. Sus correligionarios de piel oscura, al sur del Sahara, estaban preocupados principalmente con atravesar el desierto y carecían de cualquier motivación hacia las aventuras marítimas.
  • En el siglo XV cuando las primeras naves portuguesas llegaron a la costa guineana, no resultó difícil alzarse con el control de los puertos y sellar el destino de África. Después de agotar sus minas de oro, se vieron abocados a la caza de esclavos para ser exportados al otro lado del Atlántico. Al finalizar el comercio de los esclavos, los europeos obligaron a los africanos a labrar y trabajar las minas para ellos.
  • Entretanto, las autoridades coloniales hicieron lo posible para mantener a África sometida y atrasada, estimulando las guerras tribales, limitando la educación de los africanos y, sobre todo, evitando que desarrollaran una infraestructura industrial que les permitiera ser competitivos una vez alcanzada la independencia política.
Otro ejemplo de las consecuencias del colonialismo nos lo proporciona el caso de Indonesia y Japón: En el siglo XVI ambas civilizaciones isleñas compartían muchos de los rasgos de los estados feudales agrarios. Indonesia se convirtió en una colonia holandesa en tanto que Japón cerró sus puertas a misioneros y comerciantes europeos, rechazando todo lo que no fueran libros, especialmente libros técnicos que explicaran cómo fabricar municiones, ferrocarriles o productos químicos. 300 años después Indonesia se encontraba subdesarrollada y Japón se convirtió en una superpotencia industrial.

La adaptación y la antigüedad racial

A causa de las fuerzas de la evolución (mutación, selección, deriva y flujo genético), los rasgos que se usan para definir a las razas o en día, así como los que se han usado en el pasado reciente, pueden no haber formado parte del mismo paquete en tiempos más remotos. De hecho, se desconocen los rasgos que caracterizaron a las poblaciones de hace 25.000 o más años. Esto es especialmente cierto en lo que se refiere a las partes blandas del cuerpo y el color de la piel, dado que estos rasgos no se han conservado en el registro fósil.
La creencia de que las razas actuales representan viejas formas aisladas de descendencia se halla ampliamente contradicha por los efectos adaptativos de la selección. Como acabamos de ver, los polimorfismos humanos pueden ser el resultado de la selección hacia alelos ventajosos. Si los rasgos que se usan para la clasificación racial son fuertemente adaptativos, entonces no pueden usarse como evidencia para dar cuenta de una antigua descendencia biológica común.

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