El Crecimiento Económico

Agricultura

El siglo XVIII es el último siglo de la historia de Europa occidental del que se puede afirmar todavía que las actividades económicas estuvieron dominadas por la tierra. En todos los países representaba la máxima parte del capital productivo.
El tanto por ciento de los campesinos era al menos del 80 % de la Francia prerrevolucionaria, el 75 % tanto en Polonia como en Rusia y no era muy inferior en Inglaterra. En este siglo, un aumento del catastro repercutía de un modo muy fuerte en la demanda de manufacturas industriales. Las formas de la propiedad y del cultivo de la tierra se hallaban en la base de la sociedad y repercutían también en el plano político, donde los gobierno europeos fueron inducidos a favorecer la agricultura como fuente de la potencia económica. El siglo XVIII fue el siglo de la fisiocracia, los fisiócratas sostuvieron en particular que para estimular la agricultura era necesario favorecer el libre comercio de cereales, además de promover el desarrollo de carreteras y la creación de canales. También estuvo caracterizado por el aumento de la producción, comprendida la de los intereses industriales (cáñamo, moras, lino). Si en la primera mitad el siglo el crecimiento fue debido a la roturación de terrenos, sobre todo en Inglaterra ésta fue luego la causa que llevó a los progresos tecnológicos.
En la producción agrícola de ese periodo los aldeanos decidían tanto los productos que se iban a cultivar como las fechas de arado, siembra y cosecha. Esto dificultaba la experimentación de nuevos métodos, señalando que la persistencia de campos abiertos y del sistema de cultivo «comunal» constituyó en todas partes un obstáculo a la introducción de mejores prácticas agrícolas. Por otra parte el desarrollo de la propiedad exclusiva de la tierra era rechazado por los miembros más pobres de la comunidad campesina, cuya posibilidad de subsistencia estaba vinculada a los bienes comunes de cada pueblo. Estos sistemas tradicionales de cultivo , sin embargo, eran muy poco aptos para responder de manera satisfactoria a un aumento de población continuo.
En ciertas regiones europeas existía aún mucha tierra abandonada, que el aumento de la población inducía a cultivar. En la Europa del Norte se recurrió a un sistema particular de conducción (Koppelwirtschaft) para coordinar mejor el gobierno de los terrenos de pasto y de las tierras destinadas a ser aradas, superando la distinción entre campos comunes, campos del campesinado y campos sin cultivar. En Inglaterra se recurrió a los cercados (enclosures), promovido por los grandes propietarios, se benefició del apoyo del Parlamento y del gobierno. El derecho a los cercados fue acompañado por la subdivisión de los terrenos comunales y por el aumento creciente de crisis para los pequeños propietarios agrícolas (yeomen), que hasta entonces habían sacado provecho del uso de esas tierras comunitarias. Estos campesinos se vieron obligados a vender sus tierras y a convertirse en asalariados agrícolas o bien en trabajadores de las ciudades.
En extensas zonas de Europa se utilizaba la llamada «rotación trienal», pero se empezaban a difundir innovaciones con respecto a este sistema, la introducción de nuevas hierbas de forraje (trébol, hierba medicinal y nabos) aumentó la producción del suelo gracias a las propiedades de ese cultivo. Su desarrollo contribuyó a mejorar la crianza y la selección delas semillas.
En el plano de la tecnología hay que mencionar el uso del arado de hierro y la siembra por el método de perforación.
En el cultivo el maíz se difundió en Languedoc y Rusia Meridional, el girasol en Bulgaria y el tabaco en los Países Bajos austriacos y Ucrania. Decisiva fue la presencia de la patata ya ampliamente difundida. En la crianza los merinos españoles llegaron a varios países del continente europeo, desde Prusia y Suecia.
La agricultura afectaba de modo directo, amplio y profundo a las relaciones entre los hombres. Desde Francia hasta Rusia y desde España hasta Austria, el interés del propietario noble era casi por norma introducir cambios o mejoras que no amenazasen el sistema social cuyo principal beneficiario era él mismo.
La revolución agrícola inglesa, además de un conjunto de innovaciones técnicas, trajo que los grandes propietarios de tierras confiaban sus posesiones a arrendatarios ricos que empleaban a trabajadores asalariados. El pequeño propietario iba desapareciendo, como la nueva agricultura inglesa exigía capitales, éste veía que le convenía más vender y convertirse en arrendatario, este último se convirtió en el símbolo de un personaje nuevo y reconocido, que alcanzaba un rango social de gentilhombre en virtud del dinero que sabía ganar con su propia capacidad y espíritu emprendedor.
Mientras los gentilhombres ingleses habían sido parte determinante en el despegue agrícola de su país en sentido capitalista, en varias partes del continente la nobleza mantuvo una concepción consciente y coherente de su posición especial en la sociedad. En Francia alrededor del 20 o 25 % de la tierra pertenecía a los nobles, el 15 % a los burgueses, el 10 % al clero y el 55 % a los campesinos. Los campesinos franceses no eran propietarios de tierras en el sentido moderno del término, puesto que estaban sujetos a la carga de obligaciones financieras con respecto al seigneur, que giraba en torno al 30-40 % de sus rentas. La aspiración a librarse de tales gravámenes fue la mayor fuerza que animó a la revolución campesina de 1789. En España, sólo los «grandes» estaban exentos de impuestos, los noble menores (hidalgos) estaban sujetos a ellos. Los señores castellanos arrendaban sus tierras con contratos de larga duración, en cambio, en Aragón y Cataluña los propietarios cultivaban aún gran parte de sus posesiones. En Andalucía, los trabajadores sin tierras constituían las cinco sextas partes de la población. A partir de 1759, el gobierno, quitando el privilegio de la Mesta, promovió en Castilla el arado de las tierras. La agricultura hizo innegables progresos en Italia, entre mejoras, roturas y deforestaciones, aunque todo ello fue en beneficio de los grandes propietarios y de la burguesía establecida en el campo. La política agrícola de los Habsburgo consistió en promover la formación de una clase de campesinos propietarios. El área germánica se podía dividir en dos zonas agrícolas: la del oeste del Elba, donde prevalecía la dirección de las tierras por parte de los campesinos y la oriental, caracterizada por extensas fincas nobles cultivadas por siervos. La economía de los grandes dominios rurales húngaros siguió siendo patriarcal, autosuficiente y aislada por la escasez de carreteras, la nobleza húngara poseía el 60 % de las tierras y en Polonia el 78 %, cuyos propietarios nobles se enriquecían con el mercado del trigo y con la destilación. Rusia era el país en que el gobierno central dejaba en mayor grado a los campesinos en manos de los nobles, sometidos a una servidumbre rigurosa, privados de identidad civil y sometidos a la justicia de los nobles, constituían casi un tercio de la población rusa a fines del siglo XVIII.

Comercios e Industrias

En el siglo XVIII se produjo un claro progreso comercial, manufacturero y crediticio. Este desarrollo económico se dio particularmente en algunos países de la Europa occidental, donde se registró un incremento de las personas empleadas en las manufacturas.
Los progresos estuvieron vinculados con los de los intercambios, con la aceleración de los transportes y con la mejora de las instalaciones portuarias. Los comercios internacionales seguían aún en primer lugar las vías marítimas, hasta el punto de que las naves europeas transportaron cerca del 75 % del valor conjunto del comercio mundial. El sector más dinámico fue el de los tráficos de productos coloniales, los puertos a los que afluían esos productos eran Londres, Liverpool, Bristol, Burdeos, Nantes, Ámsterdam y Copenhague y a partir de 1770 lo fueron también Hamburgo y Bremen. Entre 1780 y 1790, el 40 % del tonelaje conjunto de los navíos mercantes europeos hacía ondear la bandera inglesa o la francesa. Los grandes veleros del siglo XVIII eran una de las obras maestras de la tecnología europea.
En Francia, el tráfico global del país se quintuplicó entre 1715 y 1789, las exportaciones aumentaron de forma considerables, nuevas elites de empresarios burgueses se impusieron mientras la potencia financiera del estado —de precios y población constante— aumentaba sólo un 10 % entre 1698 y 1788.
En Inglaterra, hay que referirse a las Actas de Navegación bajo cuya protección el comercio exterior y el colonial conocieron una expansión notable. Walpole abolió gran parte de los aranceles sobre las exportaciones y además incentivó con premiso, influyendo positivamente sobre las actividades industriales. Para impedir la subida de salarios, adoptó una ley que prohibía las asociaciones de obreros. Se convertía en un ciudadano más que respetable quien había hecho fortuna en ultramar, a pesar de los métodos utilizados. Las llegadas de oro procedente de las minas brasileñas, recientemente descubiertas, hicieron de Londres el mercado monetario mundial. El crecimiento de la economía mercantil británica sacó su mayor provecho de las campañas militares coloniales y del uso afortunado de las fuerzas navales.
Los grandes competidores de los ingleses en el siglo XVII, los holandeses, estaban ya en franca decadencia. A partir de 1700, en particular los comercios de Hamburgo y Bremen se estaban imponiendo en perjuicio de los de las Provincias Unidas. En el transcurso del siglo XVIII, Ámsterdam mantuvo aún, la primacía en el campo bancario y financiero internacional.
Durante todo el siglo XVIII el mercantilismo de cuño propio del siglo anterior persistió en Francia, el país seguía siendo un mosaico de aranceles, reglamentaciones y medidas diferentes. Las regiones situadas en las inmediaciones de Lille y Ruán estaban entra las zonas más industrializadas del continente (con Barcelona, Ginebra, Zúrich y Génova). París, además, aparecía como un gran centro de mercado entre las grandes capitales, al lado de Ámsterdam, Ginebra o Frankfurt. El mercado de las capitales tuvo escasa incidencia en el desarrollo de la industria rural francesa. De hecho, el trabajo urbano era más costoso que el rural y los comerciantes de las ciudades otorgaban voluntariamente créditos a las industrial rurales(sobre todo textiles). Lyón y París figuraban como las más importantes ciudades manufactureras del continente. El desarrollo del puerto de Le Havre favoreció también la industria algodonera normanda, aunque los tejidos de algodón no fueron tan importantes como en Inglaterra, en Francia siguió prevaleciendo la elaboración de la seda, la lana y el lino.
En las regiones de Valencia y Cataluña se registró a finales de 1750 un florecimiento de las actividades relacionadas con el algodón y la seda. La transformación industrial catalana caracterizó la situación española y su relación con un satisfactorio mercado colonial de exportación facilitó la transformación de las industrias textiles rurales en actividades más mecanizadas.
En Austria, la emperatriz María Teresa intento también promover el surgimiento de las manufacturas textiles. Con todo, hasta finales del siglo XVIII, cuando el proceso de hilatura del algodón se pudo desarrollar rápidamente en Bohemia, la elaboración del lino, la lana y el algodón siguió siendo una ocupación rural invernal.
Se ha observado que a mediados del siglo XVIII los europeos disponían ya de una fuerza motriz cinco veces superior a las de los chinos. Las transformaciones eran lentas: basta citar el empleo del coque en la metalurgia, conocido desde el inicio del siglo XVII, aunque aprovechado sólo a partir de 1680. el uso del coque para la fusión del hierro se difundió en Inglaterra, donde el carbón de madera costaba mucho; se recurrió menos a él en Francia, donde los yacimientos de carbón fósil estaban bastante dispersos y distantes del mineral. El primer avance de la siderurgia británica se sitúa alrededor de 1760: fue seguido por un nuevo avance en 1780. La cantidad de carbón fósil extraída en Inglaterra, Gales y Escocia se triplicó entre 1680 y 1780. en lugar de hornos pequeños comenzaron a aparecer los altos hornos, los capitales invertidos, además de la capacidad productiva, eran claramente mayores, tanto en Inglaterra, donde la primera fusión con el coque fue realizada por Abraham Darby en 1735, como en Francia, que en 1785, Ignace de Wendel instaló los altos hornos de Le Creusot.
En los demás países del continente europeo la industria del hierro siguió estando durante mucho tiempo sujeta a los viejos procedimientos. Federico II indujo a William Wilkinson a crear en los confines de la Silesia prusiana unos hornos para producir cañones en que se usaba hierro fundido con el coque. Hasta 1775, el hierro importado de Suecia y de Rusia había aún dominado el mercado inglés: las transformaciones tecnológicas invirtieron entonces el proceso. Mientras Francia produjo 132.000 tm de hierro en 1796, la siderurgia de los Urales proporcionó 160.000 tm.

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