Los Orígenes De La Revolución Francesa

Hacia el fin del «Ancíen Régime».
Hay que preguntarse si la Revolución Francesa representó la conclusión de una época o la maduración de otra nueva, resulta bastante lógico ver en ella el estallido de fermentos, tendencias y desarrollos que desde hacía décadas iban en su dirección y que habían llegado ya a manifestaciones semejantes o de gran relieve.
La revolución Francesa se diferenció bastante claramente de las revoluciones que la precedieron en la historia occidental, éstas fueron sobre todo tres: la Reforma, la revolución inglesa y la americana. La Reforma, dominada por personalidades muy notables y destacadas como Lutero y Calvino contribuyó a conferir una unidad bastante fuerte a la historia de los siglos XV, XVI y XVII, mientras la francesa coloreó un buen número de eventos propios de los siglos siguientes XIX y XX. Los acontecimientos ingleses del siglo XVII se desarrollaron a lo largo de varias décadas e interfirieron poco en los acaecidos en el continente por lo que pudo seguir su propia lógica y no ser alterada en su desarrollo ni siquiera por la fuerte personalidad de Cromwell. Esto también caracterizó a la revolución americana, a pesar de la intervención de varias naciones en la guerra de independencia que la acompañó, cuyas posibles semejanzas con la francesa se limitaría al triunfo de valores políticos en el continente americano que sirvieron como referencia para las aspiraciones de las elites francesas.
Como ocurrió con los tres grandes vuelcos históricos mencionados, la mejor manera de explicar la Revolución Francesa es recurriendo a sus precedentes, a los factores que intervinieron en su estallido. La RF realizó un vuelco súbito y luego dio lugar a cierto número de desarrollos que fueron claramente más allá del programa inicial o por lo menos del esbozo que había sido proyectado. En la investigación de los factores explicativos de la RF se distinguen habitualmente tres niveles: a largo plazo, a medio plazo y los inmediatos. Los resultados más convincentes han sido alcanzados con la reconstitución de los primeros y los últimos, es decir, aquellos que se encuentran en las estructuras de la Francia del Ansíen Régime o de los acontecimientos que precedieron inmediatamente a 1789.
Es necesario referirse a la situación política francesa y a sus principales elementos. Es difícil aludir a los acontecimientos revolucionarios sin conceder un puesto a la figura de Luis XVI, que en 1774 había subido al trono a la edad de veinte años tras el larguísimo reinado de su abuelo. Es cierto que sus cualidades personales, más bien mediocres sobre todo en el plano político, hicieron disminuir su prestigio y el de su función, su comportamiento frente a la R lo reduciría de un modo aún más claro. Desde 1776, Luis XVI no mostró saberse desprender de las intrigas de su corte ni de la presión política que esta última ejercía, aunque en ella no se encontrasen personalidades de gran relieve.
La estructura del gobierno francés apenas se había modificado desde el tiempo de Luis XIV, que había delegado deliberadamente funciones importantes y abierto la puerta de los más altos cargos a los que no eran nobles, los aristócratas habían reconquistado rápidamente el terreno perdido. Entre los cinco secretarios de estado, el más destacado era el controlador general de las finanzas. La administración de las finanzas públicas era deplorable, el viejo sistema de la recaudación de impuestos desperdiciaba sus provisiones en manso de excesivos intermediarios y de contrabandistas, la mitad de la recaudación no llegaba a las arcas del estado. En circulo se hacía vicioso por cuanto se recurría a esos financieros para completar con sus inversiones la deuda pública a largo plazo. La disfunción residía en que la recaudación de impuestos era considera como un sector de propiedad real y el soberano procedía a donaciones desmesuradas y permitía que su corte absorbiese una doceava parte de todos los ingresos del reino.
Las provincias francesas estaban gobernadas por 32 intendentes reales que supervisaban casi todos los sectores, desde el de orden público hasta la vida administrativa, económica y religiosa local. No era una gestión pacífica pues se pudieron contar entre 1715 y 1785 un centenar de sublevaciones de diversa entidad, eran agitaciones campesinas o de abastecimientos y generalmente sofocadas a la fuerza por las tropas reales.
El conjunto de la sociedad francesa estaba constituido, como la mayor parte de los ambientes europeos de la época, por un régimen de privilegio de determinados y restringidos grupos sociales en perjuicio de la mayoría. Al inicio del siglo el servicio del estado concernía directamente a cerca del 1 % de la población, incluyendo las familias interesadas. Este grupo desarrolló la tendencia a cerrarse en sí mismo en virtud de sus varios tipos de nobleza (de sangre, de toga) de carácter hereditario. Los mismos Parlamentos prohibían cada vez más el acceso a ellos a los miembros de la clase media. Análogo sistema se producía en el ejército donde las instrucciones del mariscal Belle-Île (1758) y sobre todo el edicto de Segur (1781) excluían a los que no fuesen nobles del grado de oficiales. Igual que en el clero, en 1789 todos los obispos franceses procedían de la nobleza.
La monarquía permitió que una parte de l poder público fuese acaparado por cuerpos sociales restringidos. La nobleza iba al asalto del estado y contra sus privilegios, difícilmente justificables, se polarizaban las reivindicaciones de quienes no eran nobles aunque sí más ricos e ilustrados, cerraba la posibilidad de ascenso a los demás grupos sociales ya que practicaban la política de reservarse para si todos los cargos. Se estaba viviendo un proceso de bloqueo social y político, de contraposición entre privilegiados y excluidos. Casi nadie discutía aún la existencia por separado de tres : la nobleza, el clero y el pueblo (llamado «tercer estado»). Justo ante de la R, la monarquía y la aristocracia chocaron frontalmente entre sí como si únicamente de ellos dependieran los destinos de todo el país, del que por lo menos políticamente tenían en sus manos todas las riendas.
Hay que significar la desproporción entre el número de privilegiados y la entidad de sus propietarios de tierras, así como de sus rentas recíprocas. En los campos franceses existían cerca de un millón de personas en condiciones semejantes a las de esclavitud y cerca de nueva familias sobre diez no tenían tierras suficientes para vivir de modo independiente, muchos nobles estaban restableciendo, en detrimento de los campesinos, los viejos derechos caídos en desuso o parcelando tierras y bosques sustrayéndolos a la comunidad rural que habitualmente se había beneficiado de ellos. De esta manera los burgueses coincidieron con los campesinos en la aversión progresiva hacia los privilegios nobiliarios. No se puede afirmar que la mayoría del clero fuera solidaria con los aristócratas, por la separación notable que existía entre las rentas de los simples sacerdotes y las de los prelados. Hay que destacar el frente compuesto que constituía el , del que formaban parte tanto numerosos campesinos y eclesiásticos como los artesanos, los profesionales y los comerciantes, por esta razón, la burguesía prerrevolucionaria francesa se ha definido como una nebulosa social. En enero de 1789, el abate Emmanuel Joseph Sieyès sostuvo en un célebre panfleto que de hecho el equivalía a toda la nación, precisamente porque cerca de doscientos mil privilegiados constituían menos del 1 por 100. En aquellos meses prerrevolucionarios y por consiguiente equivalió casi a burguesía, dado que esta última logró monopolizar la representación política. En 1789 el pueblo o la nación se encontraron unidas para quitarse de encima la supraestructura tripartita que el Ancíen Régime había codificado y transmitido, porque parecía evidente que, por un lado, existía una exigua minoría de privilegiados y, por otro, casi todo el país.
La libertad y la igualdad fueron enseguida proclamadas para todos, pero fueron entendidas y articuladas en primer lugar según las exigencias de la mayoría «burguesa» de los representantes del «tercer estado». Con todo en el transcurso de la R, los movimientos populares y los alborotos pusieron de relieve las hendiduras capaces de cambiar el cuadro que en un primer momento se había impuesto de un modo bastante unitario. A las nociones de , o se añadieron las más específicamente políticas y radicales de y de .

Los acontecimientos revolucionarios.
Se ha dicho que la gestión de las finanzas francesas era bastante defectuosa y los diversos conflictos internacionales la habían empeorado todavía más. Se produjo así, entre 1786 y 1788, una crisis politicofinanciera. El gobierno intentó imponer nuevas tasas y una especie de subvenciones territoriales a las que habrían sido sometidas todas las propiedades de tierras. Los grupos privilegiados se opusieron a ello, haciendo de este enfrentamiento la ocasión para prevalecer sobre el mismo monarca. El conflicto se prolongó y enfrentó al Parlamento y a la autoridad real, cuyos ministros no lograron imponerse y acabaron siendo despedidos por Luis XVI. Se evocó recurrir a los Estados Generales del reino, el ministro de finanzas Etienne de Lomerérie de Brienne se comprometió a reunir la asamblea plenaria el 1 de mayo de 1789, con la decisión de reunir a la nobleza, el clero y al .
La primera batalla que se libró fue de procedimiento: afectaba a cuestiones de fondo y de ahí que resultara decisiva para el desencadenamiento consecuente de los acontecimientos. ¿Debían los EG ser elegidos y funcionar como en el pasado o no?. Desde 1614, toda asamblea tenía un número determinado de miembros y, para las decisiones de interés general, cada orden tenía un voto. El no quiso aceptar esta premisa que lo hubiese dejado siempre en minoría, dando por descontado que el clero y la nobleza habrían hecho frente común. Las circunstancias y el juego de las fuerzas presentes lo favorecieron porque desde el 5 de diciembre de 1788 el Parlamento aceptó que el número de delgados del fuese el doble del que correspondía a cada uno de los otros órdenes. Esta decisión fue ratificada por el Consejo real el 27 de diciembre de 1788.
Los diputados correspondientes a los EG fueron así 1165: 578 para el , 291 para el clero y 270 para la nobleza. La burguesía urbana, instruida y al menos en parte ya adiestrada en debates públicos, asumió casi el monopolio de la capacidad de expresión política del , bastante más que los artesanos y aldeanos, esa burguesía disponía además de tiempo necesario para una campaña política, así como de los medios para forzar los acuerdos más oportunos. Obreros y campesinos no tenían excesivas posibilidades de hacerse representar por otros que no fueran los profesionales más versados en derecho y los hombres de cultura burgueses. Estos fueron los autores de los “cahiers de dóleance” o listas de reclamaciones, que las autoridades invitaron a redactar en todo el país. Las exigencias y demandas que allí se expresaron fueron a menudo moderadas, aunque algunas fueron también radicales. Los routiers insistían en general en la completa igualdad civil de todos los miembros de los tres órdenes tradicionales, con la abolición consiguiente de los privilegios aristocráticos.
Los EG se inauguraron en Versalles el 5 de mayo de 1789. en cierto sentido, significaban el fin de la monarquía absoluta de los Borbones. Luis XVI no sabía como afrontarlos y comenzó a comportarse de un modo ambiguo, mostrando por un lado que no quería acatarlos directamente, pero intentando por otro condicionarlos con el despliegue de fuerzas militares. Los representantes del se opusieron a las deliberaciones por separado de cada orden. Así, el 17 de junio, se arrogaron por amplia mayoría el título de Asamblea Nacional; al cabo de dos días muchos diputados del clero se les unieron. Como la constitución de los EG no podía ser modificada sin consentimiento del rey, se trataba de un acto revolucionario. Tuvo éxito, no solo porque la AN juró no disolverse hasta haber definido una constitución sino porque el 27 del mismo mes el resto de representantes del clero y de la nobleza consintieron en unirse a esa Asamblea en formación plenaria. La nueva convención se definió como Asamblea Constituyente, atribuyéndose la doble prerrogativa de no disolverse y ser la única capaz de tomar la iniciativa de las leyes.
A partir de ese momento los acontecimientos se precipitaron. Tras haber anunciado reformas importantes el 23 de junio, Luis XVI ordenó de forma desconsiderada que se reunieran en la zona parisina veinte mil hombres de los regimientos exteriores a primeros de julio. Esto incitó los ánimos de la revuelta. El 12 de julio la capital estaba en manos del pueblo y como consecuencia de ello, el día 14 se apoderó de la Bastilla. Se habían armado espontáneamente milicias burguesas, que constituyeron una Guardia Nacional a las órdenes del marqués de La Fayette. Núcleos análogos se formaron en las provincias, mientras las viejas autoridades comenzaban a ser derrocadas y muchos campesinos atacaban las mansiones de los patronos. Cada vez había más defecciones en las filas del ejército.
La AC continuó con sus trabajos. El 4 de agosto fueron abolidos los diezmos y las corvées, se inició un proceso de emancipación de los campesinos de los gravámenes seculares que debía relevarse como irreversible y fueron declarados libres de esas obligaciones. El 27 de agosto fue adoptada la célebre Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, especie de enunciado político de intenciones que tendía a dejar al individuo toda la esfera de acción compatible con el interés general y con los derechos ajenos. Se estableció, bajo la dirección de Locke y Montesquieu, que los poderes legislativos, ejecutivos y judiciales debían estar claramente separados. Brotaban las raíces del pensamiento de Rousseau por cuanto se afirmaba que la .
En los trabajos de la AC —que se reunió en París con el mismo rey a partir de octubre de 1789—no se resumieron todos los acontecimientos producidos en aquel clima político. Hay que recordar que esta asamblea confirmó la permanencia de la monarquía hereditaria e incluso la no responsabilidad del soberano y al que le quedaba reservado el nombramiento de los ministros, de los embajadores y de los comandantes militares; aunque no podía disolver la Asamblea, gozaba de un derecho de veto suspensivo respecto a los derechos que emanaban de ella. Al final del año 1789, no existían aún republicanos declarados en las filas de la representación nacional.
Una obra no secundaria de la AG fue el reajuste del gobierno local. Las généralités centralizadas, con sus intendentes a la cabeza, fueron sustituidas por una nueva ordenación cuyos funcionarios debían ser elegidos desde abajo. Fueron creados 83 departamentos (15 de enero de 1790), gobernados cada uno por un consejo general de 36 miembros elegidos. Cada departamento estaba subdividido en distritos, cantones y comunidades; a esta últimas, cerca de cuarenta y cuatro mil, fue confiado lo esencial de la administración local. Fue instituida una red de tribunales, a nivel local, departamental y nacional: se iba desde el juez de paz de cantón hasta el tribunal de casación y —para los asuntos políticos— hasta la Corte.las diócesis fueron reducidas de 135 a 83.
El 12 de julio de 1790 fue votada la constitución civil del clero que debía entrar en vigor en el mes de noviembre siguiente. Los eclesiásticos y sacerdotes no obtuvieron permiso para someter su constitución a la aprobación de un sínodo. Mientras se ordenaba prestar juramento a los ministros del culto que ocupaban algún cargo (27 de noviembre de 1790), los representantes del clero se escindían en dos tendencias opuestas: entre marzo y abril de 1791 sobrevenía la condena papal de su constitución civil. En materia eclesiástica la AC había tomado decisiones radicales. Por una lado, el 2 de diciembre de 1789, los bienes de la iglesia habían sido nacionalizados; por otro, se ordenó que tanto obispos como párrocos fueran elegidos. La disensión en el clero contribuyó a reforzar la primeras reacciones de la AC que ya habían comenzado a manifestarse, si ciertos aristócratas buscaban ayuda extranjera para una sublevación, ahora se estaban delineando los trazos de una auténtica contrarrevolución interna que se revelaría importante. La Guardia Nacional jugó un papel ambiguo, por un lado, como instrumento del orden frente a altercados y, por otro, un refugio contrarrevolucionario. En algunas provincias se constituyeron comités contrarrevolucionarios y se pensó en preparar una insurrección general. En este contexto, se desarrolló un clima de guerra civil y una psicosis de miedo y sospecha. Se intentaba crear una atmósfera unitaria y se organizaban manifestaciones de solidaridad cívica y política: la fiesta de la Federación Nacional, celebrada el 14 de julio de 1790, constituyó un momento de expresión colectiva. El pueblo empezaba a sentirse amenazado y hacía todo lo posible para precaverse y armarse contra todo peligro interno y externo.
La AC proclamó en mayo de 1790 que la nación francesa renunciaba a comprometerse en guerras de conquista y a utilizar sus propias fuerzas contra la libertad de ningún pueblo. Esta declaración fue incluida en la constitución de 1791 y confirmada en abril de 1792. la proclamación francesa del derecho de los pueblos a disponer de sí mismos constituía una amenaza al derecho internacional existente y podría provocar múltiples repercusiones. En agosto de 1791, el rey de Prusia, el emperador de los Habsburgo y el elector de Sajonia se unieron al conde de Artois, hermano del rey Luis XVI, para emprender una cruzada contra el nuevo régimen surgido de los EG.
El monarca francés, torpe políticamente, antes de terminar el año 1790 había proyectado ya huir al extranjero. El plan falló: el 25 de junio de 1791, la familia real fue conducida bajo una buena escolta desde Varennes hasta París, la AC apartó al rey de sus funciones, aunque luego se las restableció, al haberse comprometido a aceptar la constitución que había sido elaborada. Las consecuencias no fueron irrelevantes. En el plano interno, el edificio político de la burguesía moderada resultó minado y se pudo constituir un auténtico partido republicano. En el plano internacional, la Europa aristocrática se sintió comprometida en mayor grado a eliminar la herejía política contraria al Ancien Régime. Se declaró, de momento, 15 de julio de 1791 al soberano inviolable y se proclamó que no se intentaba procesarlo. A fines de septiembre se llegó a la proclamación de la constitución por Luis XVI, que fue aclamado. Las libertades de expresión, de opinión y prensa fueron sancionadas al mismo tiempo que el régimen político fundado en la separación de poderes. Fue publicado un código penal que establecía penas uniformes para todos los ciudadanos. Pero las intrigas del rey, la contrarrevolución y la evolución del contexto internacional hicieron imposible el compromiso que había proyectado la nueva constitución emanada de las fuerzas de los monárquicos constitucionales.


Francia y Europa.
Existieron muchos vínculos que unieron a todos los adversarios de la Revolución, empezando por la corte, por la familia real y por el mismo Luis XVI. En provincias, una parte de los individuos notables retrocedía espantada ante ciertas iniciativas de la AC. En varias zonas reinaba un notable desconcierto. Se producía alternativamente una adhesión o un rechazo de cuanto acaecía en la capital francesa. La reacción era muy viva en Bretaña, en Maine y en la Vendée, aunque también en Alsacia y Lorena y en la meseta central. Eran los burgueses más moderados, a quienes se oponían muchos miembros de la sociedad revolucionaria, los que se habían alzado en París.
En el año 1791 la R pareció encontrarse en una encrucijada: entre el asentamiento o bien el reflujo, el avance o al menos el reforzamiento. Los clubes, organizaciones espontáneas fuera del nuevo sistema institucional, optaban por este último, empezando por el club de los “cordeliers”, guiado por Marat, Hébert, Desmoulins y Danton. En la capital había surgido desde 1790 auténticas estructuras que se habían convertido en apoyo a la actividad revolucionaria. Eran 48 secciones y los ciudadanos se reunían allí cotidianamente: comerciantes, productores, independientes y personas sin trabajo. En estas asambleas poco a poco los moderados fueron arrinconados, en 1792 se abrieron a una participación popular más amplia. Los entusiasmos por el vuelco que estaba en curso llegaron a forjar formas de religiosidad y de entrega laicas, se trató de trasposiciones de la sensibilidad cristiana a la más propiamente cívica. El texto de la Declaración de los Derechos fue presentado como un nuevo decálogo en el que se invocaban los auspicios del Ser Supremo. Esto reflejaba un clima ilustrado y deísta y se llegó además a la formación de una auténtica liturgia revolucionaria. Desde 1790 fue erigido un , que naturalmente fue imitado, primero en Périgod y Poitou, auque luego todas las partes, surgieron los <árboles de la libertad>. Todo un folclore significativo se expresó en las miríadas de grabados populares que representaban episodios revolucionarios, esto se manifestó sobre todo en la escarapela tricolor (hecha obligatoria para los hombres a partir del decreto de 8 de julio de 1792) y en el sombrero frigio de color rojo, llevado sobre todo por los “sansculottes”, en la chaqueta corta llamada «carmañola» y en la pica, arma que fue definida como sagrada por Robespierre.
Frente a la contrarrevolución aliada con la Iglesia tradicional y animada por muchos de sus ministros, los más radicales promovieron no solo formas de culto laico sino también ceremonias y decisiones incluso anticristianas. En noviembre de 1793, con acompañamiento de rituales laicos, las Diosa razón fue solemnemente entronizada en Notre-Dame, mientras párrocos y obispos eran obligados a abandonar sus cargos. Un tanto diferente era la orientación de Robespierre, favorable al culto del Ser Supremo, dominado por el entusiamo por una religión civil del modelo rousseauniano, se proponía dar a la virtud laica el apoyo de la fe en la inmortalidad del alma y en el Ser Supremo.
El teatro fue , sin duda, una caja de resonancia de la R y orientado en ese sentido por un decreto del 19 de enero de 1791. La música supo galvanizar las multitudes y a las masas armadas a las que fue confiada la supervivencia de la causa revolucionaria. La canción que luego será definitiva, la “Marseillaise” fue escrita y musicada para los soldados de la armada del Rin por un oficial de talento, Claude Rouger de Lisle, con el título de “Chant de guerre pour l’armée du Rhin”.
La nueva Asamblea Legislativa, la primera de tipo moderno elegida en Francia, tuvo una vida breve: desde el 1 de octubre de 1791 hasta el 10 de agosto de 1792. En ella eran ya pocos los aristócratas y eclesiásticos que ocupaban un puesto, antes había muchos administradores locales, abogados, médicos y militares, en su mayoría partidarios de la monarquía constitucional. Eran hombres nuevos decididos a no admitir en sus filas a quien hubiera formado parte de la AC. Los girondinos, que no formaban un partido organizado y que provenían en gran parte de la pequeña burguesía, se situaban en el centro del hemiciclo, cuya derecha ocupaban los fuldenses y a su izquierda los jacobinos, estos últimos habían formado un club bretón, reconstituido como Sociedad de los Amigos de la Constitución. De los 750 miembros de la AL, los jacobinos eran sólo 136. en aquellos meses, la inflación se agravó e hizo aumentar el paro, al tiempo que la revuelta rural se hacía aún más grave, las masas urbanas se hacían más sensibles a la campaña de los jacobinos y de los “sans-culottes”, estos últimos en gran parte artesanos, pequeños negociantes o asalariados ganados para la causa punitiva y decidida contra los adversarios de esa causa.
Los girondinos sostuvieron que el camino de salida sería la apertura de las hostilidades contra las potencias europeas movilizadas contra Francia. El 25 de enero de 1792 fue enviado un ultimátum al emperador Leopoldo II y se declaraba oficialmente la guerra el 20 de abril, bajo propuesta calculada por el propio Luis XVI. En aquel momento Francisco II había sucedió a Leopoldo en el trono imperial y con ello las operaciones militares experimentaron un impulso inmediato. Las cortes de Viena y Berlín calcularon que el conflicto sería breve, en efecto, al principio las fuerzas francesas huyeron en desorden ante las austroprusianas del duque de Brunswick. El ejército revolucionario, no había tenido el tiempo suficiente para reorganizarse y sobre todo para amalgamar las tropas regulares con las levas improvisadas del gobierno. Con la huida Francia pudo salvarse de la experta táctica del duque de Brunswick, que no supo aprovechar su ventaja.
El auténtico ejército nacional, fundado en una leva universal y obligatoria, se realizó enteramente sólo con la ley de Jourdan de septiembre de 1798. desde 1792 se había tendido a ir en esa dirección. El 20 de septiembre de 1792 el ejército de Brunswick fue derrotado en Valmy por Dumouriez y Kellermann tuvo que retroceder hasta la frontera. En octubre el conde de Custine ocupó la orilla izquierda del Rin, llegando a Maguncia y Frankfurt, al tiempo que la victoria de Jemappes (6 noviembre) permitía a Dumouriez apoderarse de lo Países Bajos austriacos. El 27 de noviembre fue decretada la anexión de Saboya.
En París, los girondinos habían oscilado entre el deseo de aproximarse al soberano y una actitud más rigurosa respecto a su doble juego, cada vez más evidente.. el rey sólo pensaba en salvarse con éxito de los ejércitos extranjeros. Por lo demás, ante la explosión de patriotismo y unidad revolucionaria catalizada por la guerra, los girondinos intentaron aprovecharlo en su propio beneficio. El 3 de agosto, el alcalde de la capital francesa Jerôme Pétion, en nombre de 47 sobre un total de 48, pidió a la AL que el rey fuese declarado como soberano destronado. Ante la incertidumbre de los diputados, el pueblo de París se constituyó en Comuna insurreccional y tomó las armas. El 10 de agosto tuvo lugar el asalto a las Tullerías, donde residía el soberano, por parte de los grupos jacobinos, de milicias revolucionarias y de sans-culottes. La AL suspendió en sus funciones al rey y reconoció la Comuna insurreccional de París que pudo imponer que la AL diera lugar cuanto antes a una nueva instancia: la Convención Nacional que rápidamente establecida abolió la monarquía.
Fue la fase más extremista de la R. Improvisados tribunales del pueblo provocaron masacres, al tiempo que Robespierre proponía someter a Luis XVI a la Convención y condenarlo a muerte por traición, las pasiones y los instintos sanguinarios se juntaron con el maximalismo político dando lugar a la fase denominada del Terror.
Descubiertos unos documentos, el 20 de noviembre de 1792, comprometedores para Luis XVI, fue declarado culpable por una débil mayoría y guillotinado el 21 de enero de 1793. a partir de marzo estallaba la revuelta armada de los campesinos de la Vendée, seguida por la de los chouans bretones y normandos. El 9 de marzo de 1793 fue organizado un Tribunal revolucionario encargado de reprimir los delitos políticos: entre el 5 y 6 de abril nació el Comité de Salud Pública.
A los girondinos se oponían cada vez más ásperamente los jacobinos y los sans-culottes que constituyeron en mayo de 1793 un Comité central revolucionario que organizó y dirigió las revueltas producidas entre el 31 de mayo y el 2 de junio. Estos llevaron a la depuración de la asamblea de los jefes girondinos, a la formación de una fuerza armada de veinte mil sans-culottes y a la sanción de una nueva constitución. El gobierno surgido de este proceso se basaba en dos potentes Comités, que tenían sus órganos representativos y activos en las provincias. Mientras que los jacobinos controlaban la Convención y los órganos gubernativos, los sans-culottes regían la Comuna de París, los Comités revolucionarios locales y la Guardia Nacional. Fueron sometidas varias ciudades díscolas (Caen, Burdeos, Nantes, Lyón y Marsella) y reprimida la insurrección de la Vendée. El Terror llevó también a cabo la ejecución de la reina (16 de octubre de 1793) y de numerosos girondinos.
Cuando Robespierre y sus lugartenientes entraron a formar parte del Comité de Salud Pública, éste se convirtió en el corazón del régimen revolucionario. A fines de 1793 la alianza entre las dos facciones estaba empezando a quebrarse, porque los sans-culottes eran poco favorables a la acción dura y centralizada del CSP, como también del Comité de Seguridad General. Robespierre tenía que hacer frente a los grupos de oposición de Hérbert y de Danton-Desmoulins, aunque logró liquidar al primero el 25 de marzo y al segundo el 5 de abril de 1794. después de un atentado contra su vida, Robespierre hizo aprobar una ley que privaba al prisionero de una defensa colegial, lo que provocó cerca de 1300 ejecuciones con la guillotina. Surgieron disensiones y conflictos internos y el 27 de julio del mismo año se llegó a arrestar al mismo Robespierre, que fue guillotinado al día siguiente sin que los sans-culottes acertasen a reaccionar.
Las parisinas fueron depuradas y los moderados volvieron a tomar el control de la capital. La caída de Robaespierre desencadenó la caza de los jacobinos, cuyo club fue cerrado en noviembre de 1794, y se desorganizó a los sans-culottes. En menos de un mes el aparato gubernativo resultó claramente refundido en sentido moderado, aunque siguió siendo republicano. Se desmanteló la dictadura jacobina y se liquidó a los sans-culottes como fuerza política y militar. La Convención logró este último objetivo aprovechando la revuelta del 20 de mayo de 1795, que condujo a realizar 1200 arrestos en tan solo una semana.
Desde agosto de 1793 se había decretado la leva en masa y la movilización de todos los ciudadanos sin distinción de edad. Mientras en febrero de 1793 los efectivos eran de 300.000 hombres, en agosto habían ascendido a 650.000 y a más de 750.000 al año siguiente. Este ejército era bastante improvisado y su táctica se imitó a aprovechar su cantidad numérica. Tras haber actuado como tiradores, los soldados de infantería se lanzaban al asalto cargando en masa. Cierto número de jóvenes comandantes, se habían abierto paso hacia los primeros puestos por saber adecuar el espíritu de los reclutas y saberlo aprovechar militarmente. Al lado de Masséna, Murat y Jourdan hay que citar a Hoche, Bonaparte, Kellerman y Augereau. Jourdan derrotó a Coburg en Wattignies (octubre de 1793) y otra vez en Fleurus (junio de 1794) persiguiendo hasta el último soldado enemigo más allá del Rin. Ya no quedaba gran cosa de la coalición contra Francia de Rusia y Prusia, España y Portugal, además de Inglaterra y Estados Italianos.
Entre los efectos de la Constitución (la III, la de 1795), hay que destacar la eliminación de los guetos, la disolución de los tres órdenes privilegiados, la confiscación de las tierras eclesiásticas, etc.., además de las elecciones por sufragio más o menos limitado. Pero en la imposición de sus ideas a los pueblos colindantes y anexionados, encontraban demostraciones hostiles, como en el territorio belga —anexionado como provincia por la Convención en octubre de 1795—, como en Renania, sometida a un gobierno militar. Holanda ocupada por Pichegru a fines de 1794 fue proclamada República Bátava en enero de 1795 pero tuvo que aceptar una guarnición de 25.000 hombres y ceder a Francia parte de su territorio.
La Convención sólo fue disuelta el 26 de octubre de 1795, dejando tras de sí una nueva constitución bicameral con un Consejo de los Quinientos y un Consejo de Ancianos de 250 miembros. De esta constitución nació el régimen del Directorio. Los candidatos al ejecutivo eran presentados por los Quinientos a los Ancianos que elegían a cinco, cada año el mandato de uno expiraba y se procedía a la sustitución. Esta Directorio duraba en el cargo cinco años y no podía ocupar un puesto en las asambleas ni promover en ella leyes. Se produjo así un periodo de inestabilidad política. En septiembre de 1797, el Directorio entró en crisis: uno de sus miembros Barthélémy, fue arrestado y otro, Carnot, tuvo que emprender la huida; 214 diputados de su misma tendencia fueron depurados. Esta golpe de estado llevado a cabo entre el 3 y 4 de septiembre lo dio el general Augereau. Entretanto estaba emergiendo la estrella de otro general: Bonaparte. En su campaña de Italia había comprendido que con sus conquistas había contribuido a acrecentar las finanzas y el patrimonio del estado. En sólo los tres primeros meses de campañas militares, hizo afluir a las arcas del erario francés la ingente suma de 60.000.000 de francos. A fines de 1797, Bonaparte logró boicotear un acuerdo con Inglaterra y persuadir al Directorio de que le confiase realizar una expedición a Egipto. El general difícilmente había atravesado el Mediterráneo si Nelson no hubieses creído que el objetivo napoleónico era Inglaterra. Poco después de la llegada de Bonaparte a Egipto, Nelson se tomó un clara revancha derrotando a la flota francesa en Aboukir (1 de agosto de 1798).
Bonaparte no tardó en demostrar que él ponía en primer lugar su ambición personal antes que dedicarse a mejorar la suerte de toda la nación. La expedición egipcia puso a Francia en guerra contra Turquía y reavivó la reacción de Rusia. En la península Italiana, las tropas francesas habían invadido los Estado Pontificios (febrero de 1798) que el ejército napolitano recuperó parcialmente. El general Championnet, logró recuperarlo nuevamente e incluso ocupar Nápoles (23 de enero de 1799), donde fue proclamada la República Partenopea. Austriacos y rusos se dirigían hacia Italia, los franceses salieron de Nápoles pero el general Barthélémy Joubert fue derrotado en Novi el 15 de agosto de 1799. la reconquista fue llevada a cabo por André Masséna entre el 25 y 26 de septiembre, derrotó en Zúrich a los rusos de Korsakov y obligó a Suarov a retirarse.
Bonaparte, esquivando a Nelson, abandonó Egipto (octubre de 1799),llegó a París donde tomó el mando de la guarnición militar y con una atrevido golpe de mano, ayudaddo por su hermano Luciano, logró hacerse nombrar cónsul junto con Syeyès y Roger Ducos, era el 9-10 de noviembre de 1799 y puede considerarse como el fin de la fase revolucionaria y preludiaba el ascenso al trono imperial de Napoleón Bonaparte.

Compartir