Sexualizando Al Antropólogo: Implicaciones Para La Etnografía

Fran Markowitz

Hasta hace muy poco tiempo la sexualidad era un asunto inexistente para los antropólogos, incluso la mención de pasada de los impulsos sexuales o la vulnerabilidad sexual del etnógrafo estaba ausente prácticamente en todas las etnografías y en las páginas de los manuales de campo. Como sabía todo estudiante o etnógrafo novicio, el “campo” era un ámbito de androginia y ceguera sexual.

Los estudios de género han pasado de la periferia de la disciplina a su centro, y se han escrito y se siguen escribiendo gran profusión de artículos que exploran y con frecuencia celebran las dimensiones “personal” o “intersubjetiva” de la interacción entre los antropólogos y los informantes. ¿Porqué, entonces, teniendo en cuenta estas dos revoluciones paralelas en antropología, un pesado silencio sigue ocultando la sexualidad –o la falda de sexualidad en su caso- de los etnógrafos entre sus informantes?

Mi deseo no es convertir al género etnográfico en una autobiografía sexual, sino continuar la tendencia que sitúa a los etnógrafos en un lugar real, entre un grupo real de personas, tanto físicas como intelectuales procurando crear una narración etnográfica como uno encuentra al otro en su realización.

¿PORQUÉ NEUTRALIDAD DE GÉNERO?

Una vez establecido –como sino lo supieran- que el comportamiento sexual es parte del repertorio cultural de todo grupo humano, tiene mucho sentido teórico para los antropólogos experimentar prácticas sexuales nativas como parte de su planteamiento holístico para adquirir conocimiento a través de la observación participante. Pero cuando los antropólogos muestran pensamientos libidinosos o una actitud coqueta hacia sus informantes, por no hablar de plenas relaciones sexuales, se arriesgan a sufrir la censura profesional (ya que se tachan de métodos ilícitos para hacerse con información y adquirir poder o protección y están sujetos a condena).

Gran parte del silencio que rodea la sexualidad de los antropólogos, junto a una moralidad oficial que prohibe implicarse sexualmente en la práctica antropológica, deriva de la herencia victoriana de la disciplina. Esta prohibición de la sexualidad fue defendida posteriormente por la preocupación poscolonial por establecer e imponer un código ético con el fin de proteger a la población objeto de la investigación antropológica. Incluso la expansión de las investigaciones sobre la noción de género y prácticas sexuales transculturales no han podido abrir brecha en la prohibición de incluir el juego sexual en el esquema de la observación participante.

Así, en los raros casos en los que los etnógrafos hablan públicamente de su sexualidad durante el trabajo de campo, suele ser para mostrar hasta dónde llegan para garantizar su asexualidad o cómo han podido evitar verse implicados en cortejos o romances.

Cuando se rompe el tabú del sexo en el terreno la comunidad antropológica estima que el suceso es un incidente aislado, como fueron ejemplo de ello la publicación póstuma de los diarios personales de Malinowski y también Paul Rabinow. Para conservar la legitimidad profesional y evitar la censura de los antropólogos deben tratar de amoldarse a la convención de un trabajo de campo asexual, asumiendo una postura de neutralidad de género hacia los informantes y dejando clara esta postura cuando escriben.

Yo mimo me preparé para el trabajo de campo intentando separar mi sexualidad de la persona que se presentaba con empatía y objetividad ante mis nuevos vecinos y amigos.

Cuando me dispuse a iniciar mi trabajo de campo pensé con ansia en la experiencia de Margaret Mead en Samoa. Debido a que evidentemente no era un hombre pudo acceder a las mujeres y muchachas de la aldea, y debido a que era tan diferente de ellas, también tuvo la oportunidad de entrevistarse con los jefes y participar en las actividades masculinas.

LA NEUTRALIDAD DE GÉNERO DESBARATADA: EL ANTROPÓLOGO SE SEXUALIZA

Hice un trabajo de campo sobre inmigrantes soviéticos. Así, los hombres no tuvieron ningún problemas en considerarme una mujer, y las mujeres me instaron a que me uniera a su celebración de la feminidad poniéndome de peluquería y poniéndome más maquillaje. Mis informantes consideraron que mi presencia sexualmente neutra no era muy convincente. Mi marido puso también en entredicho mi pretensión de ser asexuada.

Los hombre que yo veía, no estaban tan interesados en mi como mi marido sospechaba.

El verdadero problema surgió cuando las relaciones con los informantes se transformaron en amistad, y esta amistad se tino de atracción erótica. Quizá porque los antropólogos han sido preparados tan bien como para no pensar en los informantes como compañeros sexuales, o porque hay un consenso general acerca de que las relaciones sexuales en el trabajo de campo pueden ser desastrosas, o simplemente debido al temor de la censura profesional, yo no había oído hablar de ningún antropólogo que se hubiera visto envuelto en un asunto romántico con u informante. Sin duda yo no esperaba verme atraída por ninguno de los hombres con que me encontré en el curso de mi investigación. Pero sucedió.

Durante mi primer período de trabajo de campo, apenas tuve un indicio de la existencia más que casual por parte de los informantes masculinos, inmediatamente rechacé sus declaraciones de afecto y negué la existencia de su atractivo. Quizá deseosa de cortar el desarrollo de las relaciones antes de que brotasen me despersonalicé y despersonalicé la situación, negándome a creer que yo fuere el objeto del afecto.

Aun así, yo tenía miedo de embarcarme en aventuras románticas. Al esforzarme para mantener una relación platónica con dos hombre que habían expresado su atracción por mi y por los que yo sentía afecto, yo enfatizaba mi carencia de género como antropóloga y quitaba importancia a mi sexualidad, casi hasta el punto de negarla. Como era antropóloga novata tenía que quería seguir las reglas.

Pero en medio de lo que se había convertido en la rutina tragicomedia de rechazar las proposiciones, cogí cariño a dos de mis informantes masculinos.

¿Acaso no era yo un ser humano? ¿Lo era de verdad? ¿Acaso ser antropóloga cerraba automáticamente la humanidad como investigadores que realizan un trabajo de campo en un periodo liminal de carencia de sexo voluntaria? ¿ O estaba confundida por su definición de lo que constituye un ser humano? ¿La sexualidad forma parte de la persona? ¿Estaba descubriendo algo fundamental en cuanto a ser persona en la sociedad que estaba investigando? ¿Debía, en mi calidad de antropóloga célibe, entrar en este conocimiento cultural y llegar a comprenderlo? Y de no ser así, ¿sería posible tener una relación sexual con un apersona del grupo investigado y mantener la postura necesaria de participación despegada, por no decir nada de evitar la censura? Finalmente, me pregunté si estaba utilizando la ética de la antropología como excusa de conveniencia para evitar los sentimientos personales de vulnerabilidad que trae consigo una relación amorosa.

A diferencia del ruidoso silencio respecto a las insinuaciones, las indirectas sexuales y los encuentros eróticos de mi primer trabajo de campo, ahora registré pensamientos y sentimientos sobre el sexo en el trabajo de campo y diligentemente incluí en mi diario de campo todos los alicientes y propuestas de mis conocidos e informantes masculinos. Decidí, asimismo, que las relaciones durante el trabajo de campo no tenían porqué ser desastrosas. En efecto, yo sugerí un montón de razones por las que un romance con un informante podía ayudarme en mi trabajo. Sin duda podría haber mejorado mis conocimientos de la lengua y abierto puertas sobre las poco conocidas facetas de la cultura (es decir, las prácticas sexuales, ideas sobre el amor, cortejos hombre-mujer y asuntos de higiene). Lo que los antropólogos desean en el trabajo de campo es intimidad pero es también lo que más temen – esa línea difusa entre estar “dentro” y convertirse en nativo , conservando la objetividad y un sentido autónomo de sí mismo en relación al hacer y el sentir de los informantes y por ello perdiendo parte de sí mismo en el proceso.

Al dejar de lado mi celibato e iniciar lo que ellos y yo pensábamos que era una relación perfectamente normal trajo consigo gran cantidad de ventajas que duran hasta hoy. Sin embargo, ni mayor problema seguía siendo mi idea de que estaba haciendo algo erróneo que chocaba contra la base ética de la disciplina. He llegado a comprender que asumir una postura de neutralidad de género no es el modo de hacer frente a este desasosiego.

En el trabajo de campo, las mujeres rusas se negaban a clasificarme como asexuada. Mi sexualidad, algo que yo siempre había considerado algo absolutamente privado, se había convertido en un tema de debate e interés público. Las mujeres ex soviéticas y yo nos hicimos cada vez más amigas y me contaron cada vez más cosas sobre asuntos importantes de sus vidas.

El hecho de que yo me sexualizase como antropóloga fue fundamental al hacerme consciente de que la cualidad de persona, al menos en el grupo que yo estudiaba, no transcendia la sexualidad. “Personalidad asexuada” es una contradicción en los términos. Resultado de esto es que la sexualidad juega también un papel importante en la sociabilidad, y no es infrecuente ver video de porno suave en las reuniones informantes y contar chistes verdes en compañía mixta.

Viendo ahora que el sexo juega un papel tan importante y obvio en la formación de la personalidad de los ex soviéticos, estoy segura de que nunca me habrían invitado a participar en tantas actividades, ni habría hecho tantos amigos, ni hubiera sido recibida en sus círculos familiares, si yo hubiese persistido en mantener una actitud asexuada y de género neutro. Puede que hayan diagnosticado que yo era anormal, que estaba enferma y que resultaba amenazadora. Por el contrario, mi yo dotado de género y sexuado proporcionó la clave para desvelar muchos enigmas culturales que no había previsto: el uso legítimo del engaño y del fraude para alcanzar los fines deseados, la sincera apreciación por parte de los hombre y también de las mujeres de la feminidad, la importancia básica de la maternidad en la vida de las mujeres, y el nexo fundamental entre sexualidad y la cualidad de persona.

Pero yo sostengo que negar la propia sexualidad y el correspondiente rechazo a adecuarse al menos en alguna medida a las expectativas de género de la sociedad son contraproducentes para el trabajo de los antropólogos. El etnógrafo tradicional y sin género probablemente trazará retratos áridos y grises de la gente que estudia, en vez de obtener una compresión multidimensional y holística que debe ser la meta principal.

EL ANTROPÓLOGO SEXUALIDAZO: CONSECUENCIAS PARA LA ETNOGRAFÍA

La sexualidad en el trabajo de campo proporciona un ejemplo convincente que permite examinar y criticar algunos de los dogmas básicos de las estrategias de la investigación antropológica y sus efectos sobre aquellos a los que estudia.

Deben reconocer que implícito en la estrategia de la neutralidad de género existe la exigencia de que los informantes también deben ser desexualizados. El equilibrio en las relaciones de rol funciona bien cuando aquellos ven a los antropólogos muy diferentes como para encajar en sus esquemas sexuales y por tanto relegan a una categoría asexual en sí misma. En tales situaciones la comunidad receptora concuerda con la propia división “yo/otro” del antropólogo y todo marcha bien. Pero el equilibrio del poder sexual no rige cuando “los nativos” ven al antropólogo visitante no como un super o subhumano asexuado, sino tan maduro, sexualmente activo, receptivo y más parecido que diferente de ellos mimos.

Jill Dubisch ha destacado que el trabajo de campo antropológico se basa en una estructura jerárquica desviada a favor del etnógrafo. Los antropólogos son quienes establecen las reglas sin la complicidad de sus informantes , lo que es una cara de la historia de las relaciones etnográficas. La otra cara es que el etnógrafo de campo es por naturaleza todo menos superior, ya que se basan en informantes para todo, para comida y alojamiento, aprendizaje de la lengua, y consejos en normas de etiquetas, prono decir nada de la obtención de los preciados datos que convierten a un viaje de campo en un éxito.

Los antropólogos en el trabajo de campo necesitan negociar su sexualidad con el fin de hacer coincidir sus expectativas con las de sus anfitriones, evitar y controlar el acoso, expresar el afecto y la atracción, e incluso expresar la asexualidad.

Si los antropólogos admitiesen no solo en las fiestas y reuniones sino también en sus escritos profesionales que su sexualidad es problemática y negociable en interacciones con los interlocutores de sus trabajos de campo, sus representaciones etnográficas serían más equilibradas, más ricas, y más auténticas, aunque quizá menos objetivas.

Al ser seres sexuales los investigadores se hacen más accesibles, más humanos, más reales y menos distantes y poderosos o patéticos que si fuesen antropólogos asexuados. Así, pues, estamos en camino de combatir la arrogancia.

En los inicios de la disciplina, cuando la finalidad de la antropología era documentar la variedad de las culturas humanas descubriendo y haciendo la crónica de cada pueblo del planeta la postura científica de la objetividad se tomó como necesidad. Uno de los caminos APRA alcanzar esa postura objetiva fue desexualizar al antropólogo cuando él-ella-ello iba por ahí buscando datos de aquellos a los que estudiaba. Al haber cambiado el impulso de la antropología del reportaje a la interpretación, los antropólogos tratan ahora de minimizar la distancia y reducir la jerarquía que separa al investigados del investigado. Así, pues, ahora llaman asesores, anfitriones, y maestros a los informantes y los tratan como tales. Quizá habría que añadir amantes a la lista.

El género establece una diferencia fundamental en cada sociedad, y la ceguera personal de los antropólogos en estos asuntos ya no se acepta. El hecho es que las cuestiones sexuales no sólo cuentan en su relación con el género sino también como acto físico, tema de conversación, actividad de ocio, y factor importante en definir cada individuo como humano, y necesitan ser evidentes en la etnografías. Cuando esto sea así, los antropólogos habrán dado un paso más en dirección a dejar atrás la crisis de confianza en sus esfuerzos.

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