Las Paradojas De La Masculinidad: Algunas Reflexiones Sobre Sociedades Segregadas

Deniz Kandiyoti

Introducción

Cualquiera que trabaje en cuestiones de modernización y de emancipación femenina en Oriente Próximo deberá inevitablemente tropezarse con esos hombres “ilustrados”, profeministas, que fueron, con frecuencia, los primeros que denunciaron prácticas consideradas degradantes para las mujeres – ignorancia forzada, reclusión poliginia y repudio (derecho unilateral del marido a divorciarse).Había en principio, toda una serie de explicaciones que proporcionaban las razones de su aparición: los efectos de la expansión colonial y la influencia de Occidente, el surgimiento de nuevas clases en este contexto y un impulso más universal hacia una modernidad inherente en los proyectos nacionalistas que iban apareciendo. No obstante, había dudas sobre las motivaciones profundas.

La madre inculca e incluso moldea a su hijo inconscientemente a su propia imagen. Aun así, el hijo varón posee una cantidad excesiva de poder sobre la madre recluida, lo que es fuente del desamparo de esta cuando el niño es pequeño. El sometimiento de la mujer a través del pardah y de la poliginia mutila y distorsiona en última instancia la psique del varón. Los reformadores masculinos no hablaban desde la posición del patriarca dominante, sino desde la perspectiva del joven hijo de la madre repudiada o repudiable.

Connell presenta la masculinidad como una construcción social que se alcanza a través de un orden de género que define la masculinidad en oposición a la feminidad y, al hacerlo, sostiene una relación de poder entre hombres y mujeres como grupos. Las relaciones de poder entre los hombres construyen diferentes masculinidades . La política de géneros entre los hombres implica luchas para definir lo que Connell denomina masculinidad “hegemónica” o “socialmente dominante”, y que la forma de masculinidad que es hegemónica en un determinado tiempo y lugar implica una concreta institucionalización del patriarcado y una estrategia concreta para la subordinación de las mujeres.

En un anterior trabajo propuse la identificación de diferentes formas de patriarcado, a través de un análisis de las estrategias empleadas por las mujeres paras hacerles frente, según la clase social, la casta y la etnia. De todos modos, no tuve plena conciencia de las dinámicas existentes entre los hombres, debido a mi creencia implícita de que el patriarcado se reproduce a sí mismo en primer lugar en las relaciones entre , más que en las relaciones dentro de los géneros; esto me llevó asimismo a privilegiar ciertas instituciones (parentesco y familia) respecto a otras (tales como el Estado y el ejército). Aunque sigo creyendo que el patriarcado tiene su más rotunda expresión en relación con la subordinación de las mujeres, una explicación adecuada de la reproducción de las relaciones patriarcales exige una atención más estricta hacia esas instituciones que son las responsables principales de las identidades masculinas.

El punto de vista de Connell abre la posibilidad de examinar las masculinidades subordinadas y el modo en que ciertas categorías de hombres pueden experimentar la estigmatización y la marginación. En Occidente, este examen, se ha centrado sobre todo en los hombres estigmatizados debido a su orientación sexual o a sus experiencias como miembros de la clase trabajadora o como negros.

Sin duda todas las formas de masculinidad subordinada son atribuibles a las desigualdades estructurales de clase, casta, ubicación étnica u orientación sexual. ¿Que posible importancia podrá tener esto respecto a una élite masculina que estaba a la vanguardia del cambio social en sus sociedades? Podría tener cierta relación, en la medida en que reinterpreté su postura como una posible crisis en las maculinidad hegemónica. Esto implicó, ente otras cosas, el rechazo de vida derivado de las disposiciones domésticas de sus padres. Creo que no se ha prestado suficiente atención a las contradicciones internas de ciertos tipos de patriarcado. Por ello dirigí mi atención a la producción de la masculinidad y a sus principales instituciones responsables en Oriente Próximo musulmán entre los siglos XIX y XX en la Turquía otomana.
Maridos distantes e hijos queridos

Aunque la familia es el punto de partida obvio, hay reservas sobre el modo en que se abordaba habitualmente la construcción de la subjetividad de género.

Gilmore invoca a los neofreudianos para dar cuenta del desarrollo de la identidad masculina: “la primera orden en la empresa de un hombre es: no ser una mujer”. Esta teoría es de utilidad limitada si queremos elucidar las formas culturalmente específicas de la subjetividad masculina o femenina.

Ha habido también cierta insatisfacción respecto a la categoría de género como instrumento de análisis social para algunas antropólogas feministas. Así afirman que el género oscurece tanto como aclara nuestra comprensión de la realidad social.

Ortner sugiere que un análisis basado en desventajas estructurales análogas sería más útil. Este concepto es especialmente prometedor para la comprensión de cómo interactúan las diferencias de género con otras diferencias (edad, clase y etnia) para producir subjetividades cambiantes y construcciones de género más fluidas.

¡En qué lugar de esta perspectiva encajan las descripciones de la vida familiar a fines del siglo XX?. Se repiten las sugerencias en los estudios psicoanalíticos respecto a que las sociedades con pautas estructurales que tienden a debilitar los lazos matrimoniales, en las que la maternidad se valora mucho mientras que ser esposa o hija está desvalorizado, pueden producir una implicación materna con los hijos intensa y ambivalente. La implicación se refiere a que el rol femenino culturalmente definido tiene una influencia decisiva sobre la experiencia de la maternidad. El hijo puede convertirse en blanco de la seducción materna y, al mismo tiempo, de la rabia reprimida de la madre, ya que ésta lo convierte de forma alterna en un protector idealizado y, asimismo, rechaza y ridiculiza sus pretensiones masculinas. Se supone que todo esto produce una masculinidad narcisista e insegura .

Aunque en última instancia no lo suscribo. Mi resistencia se hace eco del rechazo de Loizos a mantener un concepto unificado de la “masculinidad griega”, debido a la evidente complejidad de las sociedades en cuestión y de los variados contextos en los que se desarrollan los roles masculinos.

En el caso de la Turquía otomana, los escasos textos sobre el crecimiento en el seno de un hogar poligínico emanaban de la exigua élite de la clase alta. Trabajos recientes de demografía histórica confirman que la incidencia real de la poliginia puede haber sido no sólo muy baja sino también haber estado confinada en los funcionarios gubernamentales y en los religiosos de alto rango.

Por muy fundamental que puedan se las experiencias en la familia, son sólo un ejemplo de una serie completa de acuerdos institucionales que entran en la definición de lo que significa ser un hombre o una mujer. Sin duda, el mayor interés reside en la multiplicidad de subjetividades de género, y en su naturaleza interactiva, y en el modo en que son reconstruidas en nuevos ámbitos institucionales.

Releyendo las narrativas masculinas

Pocas veces se ha escuchado la voz de los hijos varones, negociando y construyendo su identidad a partir de sus experiencias infantiles. Así, debemos tomar en consideración cómo el niño experimenta su masculinidad en relación con su madre y el mundo de las mujeres, y preguntarnos qué otras cualidades de la masculinidad se negocian a través de sus experiencias con los hombres. Más importante aún es que debemos intentar recomponer el modo en que se acoplan estas experiencias más bien diferentes de masculinidad, con todas las contradicciones y ambigüedades que esto implica.

Así la transición al hamman de los hombre significa entrar en el mundo de los adultos de manera abrupta y definitiva, consumándose así la separación entre los sexos institucionalizada en las sociedades musulmanas. Es en el momento de entrar en el mundo masculino cuando puede haberse sentido “feminizado” en virtud de su cuerpo inmaduro, mientras que su status como posesor incuestionable de pene puede haber sido más seguro entre las mujeres. Es sólo conjetura saber si esta experiencia se reactiva a lo largo de la vida de los hombres, en particular cuando se encuentran en contextos totalmente masculinos que incluyen jerarquías de poder, en las que se perciben a sí mismos dotados de relativamente escaso poder.

Suad Joseph, en una etnografía basada en el Líbano, convierte en un argumento de peso la importancia fundamental de las relaciones hermano/hermana al definir un sentido de género. La autora sugiere que los hermanos y hermanas árabes están atrapados en una relación de amor y mimo, por un lado, y de poder y violencia, por otro, de una manera que reproduce el patriarcado árabe.

Construcciones de la masculinidad en las interacciones hombre/mujer

Las mujeres adultas celebran las masculinidad física de un muchacho dándole gusto mimándolo y accediendo a sus peticiones. Mientras el muchacho está solo con la madre y las hermanas puede jugar a ser el amo incuestionado de la casa. Sin embargo, cuando están su hermano mayor y su padre, la situación cambia radicalmente. Es apartado y se le confían tareas domésticas, todavía forma parte del ámbito femenino y goza de un status muy bajo.

Frente a los varones mayores el joven se muestra encantador, apaciguador y obediente; de varias maneras, su comportamiento es una réplica del comportamiento que se espera de las mujeres ante la autoridad de los varones adultos. Además, puede existir en la masculinidad una violencia subyacente que emerge en las relaciones entre los hombres. Los temas de dominio y subordinación son muy evidentes no sólo en las interacciones intergeneracionales, sino también entre iguales.

Hostilidad y estímulo en las relaciones masculinas

En las interacciones de la vida cotidiana adquiere la forma de “ser de mecha corta”, es decir que a la más ligera falta de respeto o provocación puede desembocar en lo que parecerían consecuencias desproporcionadas. Hay una fuerte relación entre extracción social y expresiones de la masculinidad agresiva, con formas más moderadas y manifestaciones verbales en las clases superiores, y con formas menos contenidas y físicas en las clases populares.

Hay escasa documentación sobre investigaciones referidas a la naturaleza de las relaciones intergeneracionales entre hombres. Aun así, un reciente estudio sobre los hogares de Estambul, basado en entrevistas en profundidad con mujeres, que eran el sostén de la familia, y sus maridos desempleados ofrece importantes claves referentes a las distintas orientaciones entre el hombre como sostén de la familia, su inestabilidad ocupacional y las relaciones de género a nivel del hogar.

Hay una ambivalencia que surge en relación con el control del presupuesto familiar y de las prioridades de gasto. Algunos hombres guardaban rencor a sus hijos porque los consideraban beneficiarios de lujos y favores que ellos mismos nunca habían tenido, manifestando así la competencia de los maridos con los hijos respecto a la atención de la madres. Además, dado que muchos hombres no poseían el control efectivo del presupuesto no podían, de hecho, influir sobre las prioridades de gasto de sus mujeres.

Por otro lado, la preocupación por demostrar su masculinidad los empuja a tratar de mantener su status comunitario aferrándose a los gestos simbólicos de masculinidad, revelando este estudio, la existencia de un nexo entre la alienación doméstica de los hombres y su tendencia a buscar confirmación y compañeros masculinos fuera de casa ,desencadenando ,en ciertos casos, un círculo vicioso.

Loizos señala el contraste en Grecia entre la masculinidad “domesticada” del responsable de la casa y la de los hombres “de espíritu libre” cuyo ámbito es el café. En esta muestra de Estambul la masculinidad libre tiene un valor compensatorio.

La expectativas de estímulo por parte de los pares puede provocar una enorme tolerancia hacia todo tipo de infracciones y malos comportamientos.

Aún así, hay mucha documentación respecto a que la función y el carácter de lo hombres van cambiando a lo largo del ciclo vital, proporcionando diversos escenarios para la realización de diferentes formas de masculinidad. En Anatolia, había tres grupos de edad conocidos para los hombres adultos, que corresponden a los cambios en sus roles, en contraste con la doble distinción de las mujeres entre kiz (muchacha soltera) y kadin (mujer casada). A los niños se les llamaba bala. Delikanli (de sangre loca) se refería a los adolescentes y jóvenes solteros, a los que se les aceptaba en alguna medida, un comportamiento desviado como propio de esta etapa. Los adultos casados son los akay, que constituyen el grupo activo de la aldea económica y políticamente. Y los kart akay (hombres viejos).

Las ambigüedades de género y el deseo homoerótico masculino

Los jóvenes son retratados como objeto de deseo y competencias entre los hombres de más edad, entre otros jóvenes y entre las mujeres del barrio que tratan de seducirlos para que sean sus amantes.

Es sobre todo la juventud y la belleza las que son objeto de deseo, y el amado es descrito como escurridizo y omnipotente. Con todo, sociológicamente, el poder de los jóvenes es un mito, solían depender de un poderoso patrón para su sustento y eran vulnerables ante cualquier abuso.

De todos modos hay mucha documentación referente a que, para muchos, la homosexualidad no constituía un tipo de vida exclusivo, pues acababan casándose y teniendo familia.

Lo que es de destacar aquí son las extremadamente complejas maneras en las que estos hombres eran erotizados. Como jóvenes, combinan toda una serie de masculinidades y feminidades – las características suaves y la esquivez de la adolescencia mezcladas con el vigor y la energía de su masculinidad- que provocaban su retrato como objetos de deseo, siendo igualmente ambiguo el género del cortejador.

Conclusión

Pretendía documentar la relatividad temporal, situacional y relacional de las identidades masculinas, situar las masculinidades en contextos institucionales culturalmente específicos que delimiten la serie de discursos y opciones asequibles a los actores sociales. Estos contextos institucionales son el lugar de prácticas materiales que dan cuerpo y forma a la subjetividad de género y aun así están sujetos a cambios y transformaciones constantes,.

Detrás de la persistente fachada de los privilegios masculino yacen profundas ambigüedades que pueden dar lugar al discurso defensivo masculinista y aun deseo genuino de protesta y cambio.

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