Karl Polanyi: Critica Del Mercado, Critica De La Economía

Hesíodo, Los trabajos y los días

La cita de Hesíodo con la que iniciamos este artículo sobre el pensamiento socio-económico de Karl Polanyi , es la misma que encabeza la publicación de su última obra en castellano, El sustento del hombre . Es la expresión resumida del planteamiento que hace acerca de dos cuestiones que, articuladas la una a la otra cual si se tratara de dos caras de una misma moneda, constituyen uno de los aspectos nucleares de su pensamiento teórico.

Ese planteamiento es el siguiente:
  1. el contenido común de toda actividad económica es la provisión de bienes materiales -"el sustento"- para la reproducción de la sociedad (concepción sustantivista) y no la elección de medios escasos para fines alternativos (concepción formal), como pretende la formulación moderna de la ciencia económica;
  2. la concepción formal de la economía sólo es aplicable a una economía de mercado pura y su universalización como teoría y como método de análisis imposibilita -"oculta"- la comprensión del modo como la economía en tanto que actividad real se halla articulada con la sociedad y ahoga toda posibilidad de "pensar políticamente" (SH: 87) la relación entre lo económico y lo social.
En este sentido abordar en un artículo el planteamiento de Polanyi sobre el mercado y la ciencia económica según se anuncia en el título no es tratar una cuestión entre otras, sino desarrollar la esencia misma de su pensamiento. Trataremos primero de su concepción del mercado en términos conceptuales e históricos y, a continuación, de su crítica a la ciencia económica.

LA ECONOMÍA POLÍTICA DEL CAPITALISMO DE MERCADO

La economía de mercado no es un sistema económico sin más. Es siempre, por su propia esencia, un sistema político-económico: porque es una forma de organizar la producción y la distribución de bienes que exige una organización social y política adecuada a su estructura y a su funcionamiento. Eso es lo que queremos expresar con el título que hemos elegido para este apartado y que reproduce literalmente el de uno de los capítulos de obra de Stanfield (1986) sobre el pensamiento económico de Polanyi.

Esta concepción de lo que es una economía de mercado reclama una reflexión en dos etapas. En la primera, habrá que explicitar qué entiende excatamente Polanyi por mercado o economía de mercado en sí misma. En la segunda mostrar cómo y en qué sentido esta economía impone una determinada estructuración de la sociedad.

El método que sigue para llevar a cabo esta tarea discurre por una doble vía. La vía de la reflexión teórica abstracta y la vía del observación y análisis de la sociedad inglesa del siglo XIX. El siglo XIX inglés, que en términos históricos se inicia, para él, hacia 1830 y concluye en los años veinte del presente siglo, es el período en el que Inglaterra sufre una experiencia de desestructuración social y humana como nunca se había conocido en la historia; el origen de la misma se halla en la puesta en práctica, por primera vez en la historia de la humanidad, de una economía de mercado, es decir, de una forma de producir y distribuir el sustento del hombre regulada exclusivamente por el mercado.

El mercado autorregulador

La referencia al concepto, o al menos a la idea, de mercado se halla permanente presente en los escritos de economía teórica o empírica. El lenguaje económico-periodístico actual ha llegado incluso a hipostasiarlo como si se tratara de una agencia social omnipresente que rige, sin saber muy bien cómo, el destino de todos los componentes de nuestra vida económica (y hasta extraeconómica). Es raro, sin embargo, encontrar aun hoy reflexiones teóricas que se den como objeto expreso su definición exacta. De modo que, como dice Ferrarese (1992: 291) en un espléndido artículo sobre el tema publicado en Stato e Mercato, es una especie de "unexamined assumption" de las ciencias sociales y, en particular, de la económica .

Ferrarese (1992) distingue cuatro planos de significación en los que puede situarse el concepto de mercado: el espacial, el ideológico, el de paradigma de la acción social y el institucional. En Polanyi se encuentran referencias al significado del concepto de mercado en estos cuatro planos, que se hallan, además, interrrelacionados. Concederá, no obstante, una relevancia especial al plano institucional: el mercado es una institución social que da forma a la actividad económica. Veamos cómo lo hace.

El intercambio/mercado aparece en primer lugar como una de las cuatro "formas de integración" básicas de la actividad económica. Las otras tres son la reciprocidad, la redistribución y la hacienda (GT: cap. 4 y SH: 109-118). "Las formas de integración designan a los movimientos institucionalizados a través de los cuales se conectan los elementos del proceso económico" (SH: 109). Cada forma de integración requiere para su funcionamiento de unas estructuras institucionales y de unos principios de comportamiento marcados éstas. Los principios de comportamiento no adquieren sentido si no es dentro cada estructura institucional específica .

Cada forma de integración de la actividad económica tiene, como se ve, su propia especificidad. El rasgo central del intercambio en tanto que intercambio mercantil es la autorregulación. "La autorregulación implica que toda la producción está destinada a la venta en el mercado y que todos los ingresos provienen de ella. Existen, en consecuencia, mercados para todos los elementos de la industria, no sólo para los bienes (...) sino también para el trabajo, la tierra y el dinero, cuyos precios son denominados, respectivamente, precios de las mercancías, salario, renta territorial o `renta' e interés. Estos mismos términos indican que los precios forman los ingresos"

Que existen mercados para todos los componentes de la actividad económica quiere decir que el principio regulador de todos ellos son los precios. "La economía de mercado (es) una economía gobernada por los precios del mercado y únicamente por ellos" (GT: 83, subrayado nuestro). Los precios se establecen mediante "las así llamadas leyes de la oferta y demanda" (SH: 121). Las variaciones en la relación entre oferta y demanda harán, además, que esos precios no sean nunca estables sino que se hallen en permanente fluctuación (SH: 79).

La autorregulación en base a precios de los diversos mercados, exige, por fin, que con el objeto de hacer "mutuamente compatibles los valores relativos a todas las mercancías" (Hawtrey, citado por Polanyi en nota a pie de página, 1989: 127) todos esos mercados se hallen "en comunicación recíproca formando un gran mercado único" (GT: 127). Todas las unidades económicas son "intercambiables" (SH: 127) y, por consiguiente, necesariamente cuantificables (SH: 128). De modo que no existe ninguna mercancía cuyo uso esté asegurado: el trabajo puede ser sustituido por máquinas, las máquinas por acciones de la bolsa,...Todo depende de hacia donde la ley de oferta y demanda desplace la rentabilidad de cada una de ellas.

La autorregulación, por otro lado, no es más que el aspecto más visible y aparente de la forma de integración mercantil de la actividad económica. Porque esa autorregulación sólo puede darse si se ve acompañada de una serie de prerrequisitos institucionales y de comportamiento.

Entre los prerrequisitos institucionales destacan dos. En primer lugar, el derecho a la propiedad privada de las mercancías vendibles y la libertad de su uso, por una parte, y su correlato, el establecimiento de contratos libres entre las partes que deben respetarse (SH: 121), por otra. En segundo lugar, el "atomismo" (SH: 85) de los sujetos que participan en el proceso. Todos y cada uno de ellos existen y actúan por cuenta propia, en búsqueda de sus intereses particulares y separados de los demás; no hay grupos ni redes sociales ni coaliciones, sólo individuos y se relacionan entre ellos en cuanto tales.

La relación entre individuos es una relación particular. Si lo hacen, es en búsqueda de la satisfacción del lucro personal, del "máximo beneficio" (SH: 116), principio de comportamiento que el pensamiento económico moderno ha asimilado al de "acción racional económica" (SH: 85-86), acción consistente en la elección más adecuada entre medios escasos para alcanzar fines alternativos y jerarquizados (ver infra). La necesaria e ineludible mediación del dinero en toda transacción hará, por otro lado, que esa maximización del beneficio y del lucro individual tenga que ser (y no pueda ser otra cosa que) maximización dineraria (SH: 101). Este principio tiene, sin embargo, para Polanyi orígenes y concreciones diferentes según se trate de "desposeídos" o "propietarios"; en el primer caso nos encontramos con el "temor al hambre", en el segundo con "el deseo de ganancias" (SH: 83). No se trata, como se decía más arriba, de principios de comportamiento naturales; sólo lo son en y para una estructura institucional de mercado.

Una forma de integración de la actividad económica como la que se ha descrito siguiendo los escritos de Polanyi no sólo puede funcionar al margen del Estado, sino que lo requiere. "Existe otro grupo de condiciones que conciernen al Estado y su política. No se debe permitir nada que obstaculice la formación de los mercados y no hay que permitir que los ingresos se formen más que a través de la venta (...) Unicamente interesan las políticas y medidas que contribuyan a asegurar la autorregulación del mercado" (GT: 123).

Esas son las características fundamentales en que se desagrega el contenido articulado del concepto de mercado según lo concibe Polanyi. Podría decirse que, a grandes rasgos, tiene muchas semejanzas con el de otros economistas y sociólogos que se han ocupado del tema. Entre éstos hasta sería posible incluir los nombres de algunos neoliberales radicales, como Hayek y Friedman; también en ellos se halla presente como uno de los rasgos básicos del mercado la idea de autorregulación . No obstante, de todos ellos, y en particular de estos últimos, se va a diferenciar netamente por modo como va a teorizar y valorar la relación de la forma de integración económica mercantil con la sociedad en su conjunto.

De la economía de mercado a la sociedad de mercado

Así pues, "la economía de mercado es un sistema económico regido, regulado y orientado únicamente por los mercados, (en el que) la tarea de asegurar el orden en la producción y la distribución es confiada a ese mecanismo autorregulador" (GT: 122). Ese orden es asegurado de un modo distinto por las otras tres formas de integración de la actividad económica.

No se trata, sin embargo, simplemente de una forma de integración entre cuatro. Las tres primeras formas de integración gozan de una peculiaridad que las diferencia en conjunto de la de intercambio: en éstas el orden de la producción y de la distribución de bienes se halla integrado, "incrustado" ("embedded") en el orden social; su lógica económica es dependiente de su lógica social. En los tres casos "la pregunta universal de quién debe hacer qué, qué medios deben ser utilizados, cuánto se va a utilizar, cuándo, a quién irán a parar los resultados productivos y en qué cantidad son cuestiones que deciden las normas de conducta de la estructura social particular que rija en cada caso" (Pearson, 1994: 50). Su "orden económico es una simple función del orden social" (GT: 92). De ahí que no pueda hablarse de la existencia de una actividad económica separada del resto de actividades que estructuran la sociedad con un significado propio y regulada por instituciones y leyes específicas.

No quiere decir que no exista actividad económica. Toda sociedad requiere de la producción de medios de subsistencia y de su distribución para su "aprovisionamiento", para su "sustento". Lo que no se da en las formas de integración distintas de las de mercado ni en las sociedades o comunidades históricas en las que predominan es una actividad económica con sentido, reglas y leyes propiamente económicas. En ninguna de ellas puede observarse la presencia del "homo oeconomicus" ni de la acción racional calculadora que la ciencia económica moderna pretende universales. Hay actividad económica, pero como tal es invisible .

El carácter de la economía de mercado es en este sentido radicalmente distinto. En su caso la actividad económica se constituye como una actividad específicamente económica. Con instituciones y comportamientos diferenciados y separados de un modo claro y nítido del resto de instituciones y comportamientos sociales y políticos.

Una institución social cuya "estructura de apoyo" son la propiedad privada, la atomización de quienes participan en ella (individuos desocializados), la articulación de todos esos individuos a través de relaciones de compraventa (oferta y demanda) y su movilización y desplazamiento a través de los precios resultantes sometidos en permanencia a fluctuaciones y que exige un comportamiento orientado hacia la maximización calculada (y calculada necesariamente en dinero) del lucro de sus agentes, es una institución social que sólo tienen un sentido: el de organizar la producción y distribución de medios para la satisfacción de necesidades materiales; en ello empieza y en ello acaba. "La subsistencia se asegura fundamentalmente mediante instituciones económicas que actúan por móviles económicos y se gobiernan por leyes económicas. Las instituciones, los móviles y las leyes son específicamente económicas" (SH: 121)

Su particularidad respecto de las demás formas de coordinación se encuentra así tanto en la forma de organizar la actividad económica como en la especialización de su contenido; y ambos aspectos se hallan conectados.

Se trata de una diferenciación que Polanyi encuentra ya en Aristóteles , "testigo ocular de algunos de los rasgos originales de un comercio de mercado en el momento de su primera aparición en la historia de la civilización" (Polanyi, 1975: 95), y en la cual se inspira. Aristóteles sólo distingue entre dos "modos de adquirir", la adquisición doméstica y la adquisición comercial, pero las características que atribuye a la primera de ellas van más allá del ámbito puramente doméstico ya que entre sus agentes incluye tanto al jefe de familia como al Estado.

El hecho de que la economía de mercado constituya una institución social separada del resto de la sociedad y especializada en la producción y distribución de bienes no quiere decir, sin embargo, que la sociedad tenga una existencia autónoma e independiente cuya estructuración y dinámica se produzcan al margen del mercado. Política y sociedad se hallan institucionalmente separadas del mercado, pero su configuración y su dinámica se encuentran determinadas por él: "Una economía de mercado únicamente puede funcionar en una sociedad de mercado" (GT: 105, subrayado por nosotros). En una economía de mercado "la sociedad es gestionada en tanto que auxiliar del mercado. En lugar de que la economía se vea marcada por las relaciones sociales, son las relaciones sociales las que se ven encastilladas en el interior del sistema económico" (GT: 104-105). Stanfield (1986: 110-111) expresa la misma idea del siguiente modo: "La economía desincrustada (de mercado) no significa que la economía sea de hecho autónoma ya que (...) la sociedad, la cultura y la política tiene que apoyar el comportamiento económico de múltiples maneras. (...). El mito del mercado y la glorificación del beneficio produce una tendencia perversa de dominación de la vida social, cultural y política por razones económicas".

Sería prolijo reproducir los múltiples argumentos que Polanyi desarrolla para apoyar esta tesis que constituye uno de los pilares de su pensamiento. Nos limitaremos a hacer referencia a aquellos que nos parecen centrales.

El primer argumento, aunque genérico, es el más obvio. Si toda sociedad necesita organizar de alguna manera la producción y distribución de medios materiales para su subsistencia y la forma de hacerlo en la sociedad moderna es a través de una economía de mercado, esa sociedad deberá configurarse política y socialmente de modo y manera que sea posible aquélla, es decir, en tanto que sociedad para el mercado, en tanto que sociedad de mercado (GT: 105). De otro modo no podría disponer de los medios necesarios para su subsistencia. La configuración de la sociedad habrá de hacer posible así el cumplimiento de las "leyes económicas" (SH: 81) y someterse a ellas sean cuales sean sus consecuencias sociales y políticas o, al menos, situando a éstas en un segundo plano frente a aquéllas .

El segundo se refiere al ámbito de la cultura. La economía de mercado determina la cultura de toda la sociedad y de sus miembros no sólo porque en la organización de la producción y distribución de bienes "el móvil de la ganancia deba sustituir al de la subsistencia" (GT: 81) sino porque eleva dicho móvil "al rango de justificación de la acción y del comportamiento en la vida cotidiana" (GT: 66).

El tercero y más importante tiene que ver con el papel que una economía de mercado impone al trabajo y a la tierra, realidades que, para Polanyi, constituyen "la esencia misma de toda sociedad" (SH: 81). La relevancia que concede a estas dos realidades es tal que el criterio definitivo a partir del cual, según Polanyi, se distinguen y diferencian unas formas de integración de la economía de otras es el de la posición que en cada en cada una ellas ocupan ambas. "La sociedad llamada salvaje se caracteriza por la integración de la tierra y de la mano de obra en la economía a través de los lazos de parentesco. En la sociedad feudal, los lazos de fidelidad condicionan la suerte de la tierra y de la mano de obra que la acompaña. En los Imperios que se apoyaban en el uso de las crecidas en la agricultura, la tierra era generalmente distribuida y a veces redistribuida por el templo o el palacio y lo mismo sucedía con la mano de obra (1975: 249).

Una economía de mercado autorregulada, al requerir que todos los bienes funcionen en tanto que mercancías y que todos los ingresos procedan de relaciones mercantiles, exige que también el trabajo y la tierra sean movilizados como una mercancía más. Tanto el uno como la otra podrán comprarse y venderse libremente en mercado y habrán de tener un precio. Es más, sólo cuando el trabajo y la tierra son convertidos en mercancías sometidas a la ley de oferta-demanda-precio particular y general podrá hablarse en todo rigor de economía de mercado . Pero si el trabajo y la tierra constituyen la esencia de la sociedad, mercantilizarlos es mercantilizar la sociedad entera. "Incluir a la tierra y al trabajo entre los mecanismos de mercado supone subordinar a las leyes del mercado la sustancia misma de la sociedad" (GT: 126).

El problema de la mercantilización del trabajo y de la tierra es que se trata en su caso de una mercantilización por así decirlo forzada. "Las mercancías son (...) objetos producidos para la venta en el mercado" (GT: 127); sin embargo, la tierra y el trabajo ni son producidos para la venta ni pueden serlo. "El trabajo no es más que la actividad económica que acompaña a la propia vida -la cual, por su parte, no ha sido producida en función de la venta, sino por razones totalmente distintas-, y esta actividad tampoco puede ser desgajada del resto de la vida, ni puede ser almacenada ni puesta en circulación. La tierra por su parte es, bajo otra denominación, la misma naturaleza, que no es producida por el hombre" (GT: 128 ). Al no ser producidas para la venta, ni el uno ni la otra son mercancías en sentido estricto. Y, sin embargo, ninguna economía de mercado funciona sin su mercantilización. La combinación de estas dos características lleva a Polanyi a definirlas como mercancías ficticias (GT: 128). Y "la ficción en virtud de la cual esto tenía que ser así se (convierte) (...) en el principio organizador de la sociedad" (GT: 132).

La economía de mercado no es así sólo economía sino también e indisolublemente una economía política de mercado. Sus efectos societales van aún más allá de lo dicho hasta aquí.

La conversión en mercancías de dos realidades sociales que no lo son en sí mismas y que, además, constituyen la esencia de toda sociedad, lleva directamente y por su propia lógica, a salvo de la intervención de otras fuerzas, a la destrucción de la sociedad y de la naturaleza. Merece la pena citar un largo párrafo de Polanyi al respecto: "Permitir que el mecanismo del mercado dirija por su cuenta y decida la suerte de los seres humanos y de su medio natural, e incluso que de hecho decida acerca del nivel y de la utilización del poder adquisitivo, conduce necesariamente a la destrucción de la sociedad. Y esto es así porque la pretendida mercancía denominada "fuerza de trabajo" no puede ser zarandeada, utilizada sin ton ni son, o incluso ser inutilizada, sin que se vean inevitablemente afectados los individuos humanos portadores de esta mercancía peculiar. Al disponer de la fuerza de trabajo de un hombre, el sistema pretende disponer de la entidad física, psicológica y moral "humana" que está ligada a esta fuerza. (...) La naturaleza se vería reducida a sus elementos, el entorno natural y los paisajes serían saqueados, los ríos polucionados, (...) el poder de producir alimentos y materias primas destruido " (GT: 128-129; ver también GT: 26).

Según puede verse, la destrucción de la sociedad producida por la economía de mercado en la que piensa Polanyi no consiste, como podría pensarse en una lectura precipitada de sus obras, en un proceso de empobrecimiento material de la clase trabajadora, aunque este proceso se haya dado de facto en el siglo XIX inglés. La destrucción consiste en una desestructuración social general que afecta de un modo particular a ésta. En una economía de mercado, "a pesar de la explotación, el obrero puede, desde un punto de vista financiero, encontrarse mejor que lo que tenía con anterioridad, lo que no es óbice para que un mecanismo (el mercado), absolutamente desfavorable al individuo y al bienestar general, cause estragos en su entorno, arrase su prestigio en la comunidad, su oficio y destruya, en una palabra, sus relaciones con la naturaleza y con los hombres, en las cuales estaba hasta entonces enraizada su existencia económica" (GT: 213).

Definitivamente para Polanyi el mercado es la "fábrica del diablo" (GT: 69). No sólo configura un tipo de sociedad a su medida sino que, además, su lógica y dinámica naturales llevan directamente a la destrucción de ésta.

No es de extrañar que, en este contexto teórico, Polanyi se esfuerce por mostrar cómo desde el punto de vista de la historia comparada de las sociedades: a) todas ellas hayan establecido mecanismos de control y defensa frente a cualquier mercantilización ; b) sólo haya una excepción a esta regla: el de las sociedades modernas de economía capitalista de mercado; c) aún así el proyecto de una sociedad plena de mercado es utópico, al menos a largo plazo, dado que la implantación de una economía de mercado origina automáticamente un movimiento societal de autodefensa, liderado por la clase obrera, (ver, en particular, GT: capítulos 13 Y 18) que termina por introducir elementos de "desmercantilización" en la movilización de las dos mercancías ficticias ; y d) la construcción de una economía y una sociedad tan poco natural como una economía y una sociedad de mercado y su reproducción sólo es posible a través de un inmenso esfuerzo político mantenido de legitimación: ese ha sido y es el papel y el sentido de la economía política clásica y neoclásica y del pensamiento liberal.

Cada uno de estos puntos merecerían una atención particular. Aquí nos limitaremos a tratar, brevemente, el último de ellos.

CRITICA DE LA ECONOMIA POLITICA

La crítica que hace Polanyi a la economía política se centra en dos momentos distintos: el primero es el del nacimiento histórico de la economía política clásica; el segundo tiene por objeto la refundación marginalista de la ciencia económica. La crítica de la economía política clásica se encuentra en La Gran Transformación. La de la neoclásica se halla dispersa en muchos de sus escritos.

La crítica polanyiana a la economía política clásica es más una crítica sociológica que teórica. Va dirigida sobre todo a mostrar el papel ideológico-político que históricamente cumplió.

La economía política nace a caballo entre los siglos XVIII y XIX ingleses de la pluma de pensadores bien conocidos como Malthus, Ricardo y Bentham y de otros que lo son tanto como Townsend y Burke .

El siglo XVIII inglés es testigo de un fenómeno hasta ese momento desconocido en la historia: el de una revolución industrial que a la vez que incrementa la riqueza de la nación multiplica el número de pobres e indigentes hasta unas cifras difícilmente soportables tanto en términos morales como políticos para las clases dominantes. Y si el problema era tanto moral como político se requería una respuesta que abordara a un mismo tiempo los dos planos.

Esa respuesta vino de la mano de un tipo de reflexión que terminará siendo una nueva ciencia: la economía política.

El punto de partida no era sólo la existencia de una pobreza masiva, sino también el de su carácter persistente: "decenio tras decenio el nivel de vida de los pobres trabajadores no mejoraba en absoluto, cuando no empeoraba" (GT: 204). Ahora bien, si este fenómeno era persistente a pesar del incremento de la riqueza y del "sistema de socorros" establecido por la Ley de Speenhamland de 1795, es que tenía unas causas ineludibles humanamente. Las causas sólo podían de ser orden natural; la sociedad tenía que formar parte de la naturaleza. Y si la naturaleza física se hallaba regulada por leyes inquebrantables por el hombre, lo mismo habría de suceder en la sociedad. Sólo quedaba una cuestión: descubrir esas leyes al igual que Newton había descubierto las de la naturaleza física. Ese fue el objetivo del esfuerzo pensador del momento.

Las premisas naturalizadoras de lo social dieron su fruto. Su muestra más evidente fueron la Ley de la población de Malthus y la Ley de los rendimientos decrecientes de Ricardo, que "hacen de la fecundidad humana y de la fertilidad del suelo los elementos constitutivos del nuevo territorio cuya existencia ha sido descubierta" (GT: 193). Sólo son la punta del iceberg de ese "nuevo territorio" de la naturaleza, pero el territorio quedaba ya descubierto. De su exploración se encargará una nueva ciencia, tan nueva como aquél: la economía política. Así, si había pobres y su situación no mejoraba, nadie tenía la culpa y la política nada podía hacer; su existencia formaba parte de la naturaleza social ordenada.

El desarrolo de la economía política mostrará el sentido de la pobreza en ese orden: "Unicamente el hambre puede espolear y aguijonear (a los pobres) para obligarlos a trabajar; y pese a ello nuestras leyes han decretado que nunca deben pasar hambre. Las leyes, hay que reconocerlo han dispuesto también que hay que obligarlos a trabajar. Pero la fuerza de la ley encuentra numerosos obstáculos, violencia y alboroto; mientras que la fuerza de la ley engendra mala voluntad y no inspira nunca un buen y aceptable servicio, el hambre no es sólo un medio de presión pacífico e incesante, sino también el móvil más natural para la asiduidad y el trabajo; el hambre hace posibles los más poderosos esfuerzos, y cuando se sacia, gracias a la liberalidad de alguien, consigue fundamentar de modo durable y seguro la buena voluntad y gratitud".

Ese es el orden social natural y, como todo orden natural, no sólo irreformable sino también bien ordenado. En consecuencia, el único papel que le queda al orden humano de la política es el permitir y facilitar su funcionamiento . "Nada de salarios fijos, ni socorros para los parados útiles, pero tampoco salarios mínimos ni nada que garantizase el "derecho a vivir". Hay que tratar el trabajo como lo que es, una mercancía que debe recibir su precio del mercado. Las leyes del comercio son las leyes de la naturaleza y, por consiguiente, las leyes de Dios" (GT: 195; el subrayado es nuestro).

El que posteriormente se probara que muchas de las leyes formuladas por estos primeros científicos de lo social fueran erróneas carecía de importancia. Lo importante es que se había creído descubrir un nuevo orden natural y una nueva ciencia que lo investigaba y lo imponía como norma, por más que supusiese la aceptación de la presencia masiva de la pobreza. "El descubrimiento de la economía fue una revelación revolucionaria que aceleró la transformación de la sociedad y el establecimiento de un sistema de mercado (GT: 199) .

Así el descubrimiento y desarrollo de la economía política fue el instrumento ideológico imprescindible para la superación del orden social anterior y la implantación del nuevo orden de una sociedad de mercado (Prieto, 1993). Pero si su sentido histórico es ese, es evidente que su significado real se sitúa mucho más en el terreno de lo político que en el de lo estrictamente científico.

La crítica polanyiana a la economía neoclásica se mueve en una dirección diferente, aunque su conclusión final no se aleje tanto de la anterior.

La economía neoclásica se construye como ciencia a partir del significado de término "economizar" en tanto que "ahorrar" (SH: 91). Es un significado que expresa la relación medios-fines y hace referencia al hecho de la escasez. Tiene un contenido formal y es conceptualizado como acción racional.

La acción racional se define como la elección de unos medios en relación con un fin. La especificidad de la acción racional no se refiere "ni a los medios ni a los fines, sino a la relación medios-fines" (Polanyi, 1975: 241). Cualquiera que sea el fin, lo racional es elegir los medios adecuados para alcanzarlo. Así, "la lógica de la acción racional se aplica a todos los medios y fines concebibles" (Polanyi, 1975: 241), desde los más banales a los más elevados.

"Cuando la elección de los medios en relación con un fin se halla marcado por su insuficiencia nos hallamos ante la economía" (Polanyi, 1975: 241) que Polanyi denomina formal. La escasez es un postulado básico en esta concepción de la economía. El postulado de la escasez supone: a) que los medios son escasos; b) que la elección de uno u otro medio se halla determinada por la escasez.

Pero esta concepción formal de la economía está tomada desde la experiencia de una economía de mercado instituida y sólo es aplicable a ella. La escasez se hace aquí evidente a través de los precios y aparece relacionada con el poder de compra, que por definición siempre es limitado.

La ciencia y la teoría económica moderna se hallan así construídas tanto desde el punto de vista de su definición como de su práctica a partir de los supuestos indicados: racionalidad, escasez y elección. Su definición más precisa y elaborada y aceptada sigue siendo la de Robbins: Economía es "la ciencia que estudia la conducta humana en cuanto a relaciones entre fines y medios escasos, susceptibles de usos alternativos".

Se da así una perfecta correspondencia entre la definición de la economía como actividad y la de la economía como ciencia; una y otra son economía formal. Ahora bien, si la primera sólo es válida en el caso de una economía de mercado, lo mismo habría que decir de la segunda. Reducir la economía como actividad al problema de la elección racional de medios escasos para lograr fines alternativos y la economía como ciencia a la reflexión y análisis sobre este tipo de actividad y pretender que la primera es universal es caer en la "falacia económica", es decir, en el "error lógico" de "igualar la economía humana general con su forma de mercado".

Si toda sociedad requiere de un determinado tipo de actividad económica para lograr su "aprovisionamiento" y, sin embargo, como se encargan de mostrar la antropología y la historia, sólo en las sociedades modernas se observa un tipo de organización y comportamiento económicos similares a los que presupone la economía formal , si ni siquiera una economía de mercado puede funcionar, ni funciona a largo plazo según lo plantea y exige dicha economía como lo demostró la Gran Transformación de los años Treinta, es evidente la necesidad de elaborar una concepción alternativa de la actividad y de la ciencia económicas.

La alternativa ofrecida por Polanyi consiste en una definición sustantivista de la economía, como actividad y como ciencia social. En tanto que actividad son económicas todas aquellas actividades de producción y distribución de bienes materiales que tiene por objeto la satisfacción de las necesidades de una sociedad. La economía como ciencia social, a su vez, tiene por objeto el estudio de las formas de integración de aquélla y del modo como se hallan incrustadas ("embedded") en la sociedad, de su diversa institucionalización. En este contexto, volvemos a recordarlo, para Polanyi la economía de mercado no es más que una de las formas de institucionalizar la economía entre otras.

No es este el lugar de entrar en la discusión acerca del valor de este planteamiento alternativo de Polanyi. Mucho se ha escrito sobre él. La obra de Godelier, Antroplogía y economía dedica al tema muchas páginas. Lo que nos importa resaltar aquí es: a) la crítica polanyiana a los supuestos del planteamiento de la economía neoclásica; y b) y, como complemento de lo enterior, la necesidad de redefinir la ciencia economica y el lugar de la economía en la sociedad.

A TITULO DE CONCLUSION: LA FALACIA ECONOMICA Y LA REGULACION POLITICA DE LA ECONOMIA

La falacia económica no tiene sólo un sentido cognoscitivo. Tiene también, tiene sobre todo, un contenido político. Y si Polanyi se interesa por el primero es porque está interesado por el segundo.

Lo hemos ido viendo a lo largo de este artículo. La economía de mercado al requerir a partir de su autorregulación una sociedad de mercado es siempre una economía política de mercado. Exige la subordinación de la sociedad y de la política a su propia dinámica. En la medida en que la ciencia económica (clásica y neoclásica) es la teorización de lo que considera la economía, a pesar de no ser más que la teorización de una economía, la de mercado, y sostiene la inevitabilidad de las leyes que la conforman se convierte automáticamente en el instrumento político-ideológico de su defensa y extensión.

Cualquier crítica de la economía de mercado y cualquier intento de transformación o de reforma del mismo, transformación o reforma que se inscriben claramente en una perspectiva polanyiana , en el sentido de recuperar la preeminencia de la sociedad y de la política sobre la economía, han de pasar así necesariamente por la crítica de la ciencia económica como tal. La ciencia económica, y su extensión la "mentalidad de mercado", suponen en sí mismas la afirmación de la autonomización de la actividad y de las leyes económicas y, consiguientemente, el "eclipse del pensamiento político (-económico)" (SH: 87). El "sustento del hombre" no se alcanza más que como resultado del estricto cumplimiento de estas leyes cuyo contenido establece aquélla; no hay sitio para una "política del sustento".

Los años en que Polanyi escribe son propicios a la reivindicación de esta política y de otra ciencia económica. Son los años del keynesianismo. En 1947 publica un artículo con un título que hoy sorprendería: "La obsoleta mentalidad de mercado" (el subrayado es nuestro).

El pensamiento liberal y la "mentalidad de mercado" vivían entonces sus horas bajas. En 1944, además de La Gran Transformación, aparecen otras dos obras de sendos autores de pensamiento liberal radical: El camino de servidumbre de Hayek y Omnipotencia gubernamental de Mises en defensa de la economía de mercado. Sus autores las publican conscientes de escribir en un contexto ideológico, político y científico que les margina. Mises en el libro citado reivindica ni más ni menos que el derecho a la palabra para hacer oír sus tesis: "El primer requisito para un orden social mejor, escribe, es el regreso a la ilimitada libertad de pensamiento y de palabra" (Mises, sin fecha: 31). La mentalidad de mercado era efectivamente considerada en aquellos años como una mentalidad "obsoleta".

La situación de los noventa es bien diferente. El liberalismo, neo o no, ha recuperado su hegemonía y la economía de mercado, como teoría y como práctica, se ha convertido en la economía ortodoxa, una ortodoxia que la política ha asumido como tal.

Problemas sociales no faltan en este final de siglo. Desde que a mediados de los años setenta se inicia una nueva etapa en la historia del capitalismo mundial capas importantes de la población cada vez más numerosas contemplan cómo sus condiciones de trabajo y de vida se deterioran: el paro alcanza cifras que cualquier observador de la etapa anterior consideraría políticamente insostenibles, el trabajo de quienes logran o mantienen un empleo se intensifica, la posibilidad de trazar un itinerario de vida y alcanzarlo se torna una utopía, la delincuencia -síntoma de descohesión social- no deja de crecer, países enteros ven cómo su economía -y con su economía sus condiciones de trabajo y de vida- se halla sometida a profundas crisis originadas por movimientos, al parecer "incontrolables", de especulación financiera mundial,... (Bienefeld, 1991).

El "derecho a vivir" al que se refiere con frecuencia Polanyi en sus escritos, que había se había conquistado -o reconquistado- en el momento de la Gran Transformación y que en las sociedades modernas significa ante todo "derecho a trabajar" parece estar pasando a ocupar un segundo plano en las responabilidades del Estasdo y de la política. La "realidad" -la economía- impone su norma con la fuerza de los hechos. Y esa realidad es el mercado y su lógica. Es también, sostiene el pensamiento neo-liberal, el único camino de una recuperación.

Pero es una recuperación que no acaba de llegar nunca en profundidad. O que, al menos, no llega a la vida cotidiana de la mayoría de la gente. El PIB no deja de crecer, pero no se sabe muy bien quien crece con el PIB. Y no porque esa recuperación no se confirme la receta se modifica; más de lo mismo: todavía menos política y más mercado.

No se ve otra solución. No obstante, si no se ve otra solución, no es porque no la haya, sino porque el único código de lectura de la realidad económica y social que ha logrado imponerse como legítimo es el neoliberal. "Los dioses (pueden estar) ocultando el sustento del hombre". La lectura de Polanyi servirá de ayuda para terminar con ese monopolio y reformular la ineludible responsabilidad del Estado en responder al modo como se plantea la "cuestión social" en este fin de siglo (Castel: 1995). Ese quiere ser el sentido último de este artículo.

BIBLIOGRAFIA CITADA

Aristóteles (1985), La política, Madrid, Espasa-Calpe
Attali Jacques (1981), Les trois mondes. Pour une théorie de l'après-crise, París, Fayard
Bienefeld Manfred (1991), Karl Polanyi and The Contradictions of the 1980s, en Mendell M. y Salée D., edits., The Legacy of Karl Polanyi, Londres, MacMillan
Castel Robert (1995), Les métamorphoses de la questión sociale. Une chronique du salariat, París, Fayard
Drucker Peter F. (1992), Mi vida y mi obra, Madrid, Ciencias de la Dirección
Ferrarese Maria Rosaria (1992), Immagini del mercato, en Stato e Mercato, Nº 35, Agosto, 1992, pp. 292-323
Godelier Maurice (1976), Antropología y economía, Barcelona, Anagrama
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Prieto Carlos (1993), Límites de la racionalidad económico-mercantil en la relación salarial, en Revista Española de Investigaciones Sociológicas, Nº 63, Julio-sept. 1993, pp. 53-70
Stanfield J. R. (1986), The Economic Thought of Karl Polanyi, Londes, MacMillan

RESUMEN

Karl Polanyi es un pensador difícilmente clasificable. No es exactamente un economista, ni un sociólogo, ni un historiador ni siquiera un antrológo. Y, a la vez, es todo ello a un mismo tiempo. En este sentido nos recuerda a los grandes pensadores modernos. Pero esta imposibilidad de clasificarlo no procede de ningún tipo de incapacidad o ignorancia por su parte, sino de todo lo contrario: la "interdisciplinaridad" era una exigencia de la complejidad de su proyecto moral y político. La reivindicación de una sociedad moderna en la que lo social y lo político marcaran la pauta de lo económico le llevaron a mostrar: a) cómo la economía de mercado es su antítesis, ya que supone la sumisión de toda la sociedad a la misma; b) cómo la economía política, clásica y neoclásica, es su sosten ideológico y c) cómo sólo es posible recuperar el predominio de lo social y lo político por medio de una superación de aquella economía y de su forma de pensarla. De ello trata este artículo.

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